Ser Papa en tiempos de “anticristos”

Leonardo Boff

       El Papa León XIV, en su visita a España, en junio, realizó claras declaraciones en las que contrapone a la IA la Inteligencia Emocional, que “nos da consuelo, sentido, esperanza y cercanía”, algo que la IA no hace. Critica también a los gobiernos autoritarios que producen guerras letales. En este contexto escribí este texto.

       San Juan, en su Primera Epístola, dice: “ya han aparecido muchos anticristos” (1 Juan 2,18). Efectivamente, vivimos tiempos en los que han surgido figuras con las características típicas de los “anticristos”. No soy yo quien lo afirma. Lo sostienen serios estudiosos de la Biblia, todos norteamericanos: The Fourth Beast: Is Donald Trump The Antichrist? de Lawrence R. Moelhauser (2016); Is Trump the Antichrist? de D. Xander Varo (2017); y Donald Trump Is the Antichrist de Drew Ponder (2025). Todos pueden verificarse en Google buscando sus nombres y el resumen de sus afirmaciones.

       Junto a la figura de Trump debemos agregar a Benjamin Netanyahu, el monstruoso Herodes, genocida de miles de niños inocentes en la Franja de Gaza y en el sur del Líbano.

       ¿Cuáles son las características de los “anticristos”, válidas principalmente para quien se presenta como el “Emperador del mundo”, Donald Trump? El primer atributo es presentarse como una divinidad, como lo hizo usando la figura de Jesucristo sanador. Otro rasgo es ser enemigo de toda vida, sugiriendo a su pueblo no vacunarse contra el Coronavirus y promoviendo guerras letales por el mundo, con total desprecio por la moral y la ética. Afirma claramente que es él quien definirá lo qué es moral y ético. Otro componente es desmontar mundialmente todo un orden económico-social basado en reglas, introduciendo el caos con efectos dañinos para todos y especialmente para los países más pobres. Otra característica es imponer la paz no mediante el diálogo y la diplomacia, sino por la fuerza, sea económica, comercial o militar; es decir, una pacificación forzada. El nuevo orden que pretende imponer no pasa por la paz, sino por la capitulación de quienes se le oponen. Y la última nota es la extrema arrogancia y el ilimitado narcisismo, que justifican la mentira como método y la eliminación de cualquier límite, incluso enfrentándose de manera mentirosa con la persona del Papa León XIV. Se hace dueño de la vida y de la muerte de las personas y de una de las culturas más venerables y antiguas, como la persa (Irán). Habría otras notas contenidas especialmente en el Apocalipsis, particularmente en la figura de los cuatro jinetes (cap. 6). Lo que vale para Trump puede trasladarse al criminal contra la humanidad Netanyahu.

       Para completar este escenario tenebroso, importa incluir las decenas de guerras que ocurren simultáneamente con gran letalidad. Ya se han hecho amenazas de utilización de armas nucleares tácticas (que destruyen menos) o estratégicas, capaces de amenazar toda la vida del planeta, dejando el sol blanquecino durante largo tiempo debido a las partículas atómicas. No habría fotosíntesis, ni oxígeno suficiente, ni producción de alimentos. Los que sobrevivieran envidiarían a quienes murieron antes.

       En estas condiciones, ¿cómo está ejerciendo su ministerio papal León XIV? No es un Papa con el carisma propio del Papa Francisco, de inmensa irradiación, libertad de espíritu y plena conciencia de lo que ocurre en el mundo. Francisco decía que estamos en una “tercera guerra mundial en pedazos”. Clarísima como el sol fue su advertencia: “Esta vez estamos en la misma barca, nadie se salva solo; o nos salvamos todos o no se salva nadie” (Fratelli tutti, nn. 32, 137, 138).

       El Papa León demuestra el carisma de la calma serena. No levanta la voz, no improvisa, pues escribe prácticamente todas sus intervenciones. Con esta serena calma se coloca frente a dos frentes: el interno de la Iglesia y el externo del mundo convulsionado. Pero en España mostró toda su emoción.

       Internamente, en la Iglesia, enfatiza la unidad. Existen fracturas en la Iglesia, particularmente entre quienes aún se resisten a asumir el nuevo estilo de ser cristiano propuesto por el Concilio Vaticano II (1962-1965). Otros no aceptaban a un Papa venido “del fin del mundo”, rompiendo con el estilo imperial y con las formas en que institucionalmente se organizó la Iglesia, con palacios y símbolos paganos en las vestimentas litúrgicas de obispos y cardenales. Francisco era un hombre entre los hombres, un Francisco de Roma inspirado en Francisco de Asís, particularmente en el cuidado de los pobres. El Papa León asumió este legado por su extrema sensibilidad hacia los pobres, mostrada especialmente en los países que visitó en África. Se esfuerza por crear puentes, acogiendo incluso la diversidad litúrgica dentro de la Iglesia.

       No quiere ejercer su ministerio como soberano con plenos poderes (cf. canon 331), sino en la forma de la sinodalidad. Es decir, quiere caminar junto con todos los fieles, sí, como confirmador de la fe común.

       La unidad apunta también a una humanidad tan desgarrada por los prejuicios y por las violentas exclusiones de inmigrantes, como ocurre en Estados Unidos y también en Europa. En el lavatorio de pies del Jueves Santo, realizado en una prisión, incluyó mujeres de todas las etnias y creencias.

       Frente al ámbito externo, muestra un inequívoco carisma de coraje. Siente su deber evangélico de Pastor de pronunciarse sobre la sangrienta y sombría situación del mundo. Aquí el gran tema es la paz. En sus palabras, “una paz desarmada y desarmante”. El presidente Trump amenazó con exterminar “toda la civilización” de Irán. El Papa León XIV, el 7 de abril, denunció esa amenaza como “verdaderamente inaceptable”. Convocó a todos a “contactar a las autoridades, a los líderes políticos, a los congresistas, para pedirles y decirles que trabajen por la paz y rechacen siempre la guerra”.

       Al ministro de Guerra estadounidense le dice: “no se puede hacer la guerra invocando el nombre de Dios”. Al presidente Trump, que lo consideró “débil” y “sin comprensión de la política mundial”, respondió serenamente: “No tengo miedo ni de la administración Trump ni de proclamar en voz alta el mensaje del Evangelio, que es lo que creo que es mi misión, aquello para lo cual  la Iglesia vino a hacer”.

       Con determinación enfatiza: “La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solamente a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable”. Como los Papas Francisco y Juan XXIII, el Papa León XIV sostiene: “Si permaneciéramos indiferentes ante el clamor del pobre, este clamaría al Señor contra nosotros y eso se convertiría para nosotros en pecado (cf. Dt 15,9) y, de este modo, nos alejaríamos del propio corazón de Dios” (Dilexi Te, n. 8).

       Mucho habría que decir sobre el actual Papa. Pero termino afirmando que es el único que se opone directamente a los “anticristos” que están llevando a la humanidad hacia un precipicio. Se transformó, sin quererlo, pero impulsado por la dramática situación del mundo actual, en portavoz de la humanidad, del compromiso con la solidaridad y con la fraternidad universal.

Convoca a la esperanza, como dijo en España: “la esperanza no se sostiene únicamente en las ideas ni en los proyectos, sino también en la capacidad de amar, de emocionarse y de creer”. Representa un grito por el cuidado de la Madre Tierra y de todo compromiso ecológico. Exige un respeto sagrado por cada persona humana. Y señala el multilateralismo como el camino a seguir para la humanidad. En ese sentido va su importantísima encíclica Magnifica Humanistas.

Leonardo Boff escribe para la revista virtual LIBERTA del ICL yn((https://www.revistaliberta.com.br); escreveu também para Religión Digital da Espanha 5/6/26 e escreveu Sustentabilidade e cuidado ICL/Contratempo 2025  https://www.leonardoboff.org).

Aprender a pensar con los pobres de la Tierra y los oprimidos

      Leonardo Boff

En esto se caracteriza alguien que practica la teología de la liberación: tiene un pie en la academia, en la facultad de teología, y otro en medio de los hijos e hijas de la pobreza, en las periferias. Este tipo de teología sostiene algo obvio: la pobreza significa éticamente una injusticia social y políticamente una opresión. Contra la opresión vale la liberación. Esta es llevada adelante por los propios pobres que toman conciencia de que son oprimidos, se organizan y comienzan desde las bases con prácticas orientadas a superar su situación.

Esto se hace a partir de la lectura comunitaria de la Biblia: confrontan una página de la Biblia con otra página de su realidad sufriente. De allí extraen, después de mucha oración, cantos y reflexión, los pasos concretos que todos deben asumir. Los teólogos que se disponen a caminar con las comunidades cambian su visión de la sociedad y de la Iglesia.

Todo esto es tan cristalino que me asombra el hecho de que la teología de la liberación haya sufrido y aún sufra persecución y difamación. Si observamos bien, este procedimiento viene de grupos que nunca vivieron realmente los padecimientos del mundo de los pobres y oprimidos. Eso mismo me confesó personalmente el amigo Cardenal Joseph Ratzinger, aquel que, por oficio, presidió mi juicio en los espacios de la antigua ex Inquisición. Pero especialmente son los sectores conservadores de la Iglesia y de la sociedad los que ven en todo movimiento de los pobres algo peligroso para el orden vigente, algo propio de comunistas. Con ese argumento Jesús, acusado de subversivo por los religiosos de su época, como testimonia Lucas (cf. 23,5), nunca habría sido crucificado, sino que habría muerto en la cama rodeado de discípulos.

Lo que distingue a un teólogo de la liberación de otros colegas del Centro y también de la Periferia es la opción por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y de la liberación. Esta actitud implica un gran aprendizaje, cosa que no ocurre cuando el teólogo restringe su oficio al mundo académico. Pero con la inserción descubre la fuerza de los pobres, su resiliencia y su profunda fe en el Dios que escucha el grito de los oprimidos y muestra su ternura hacia los condenados de la Tierra. Sorprende la presencia de la gracia de Dios en las situaciones más inusuales, que nos obligan a pensar más allá del bien y del mal. Así lo sugiere el mensaje de Jesús, cuyo Abba (Papito querido) ama a todos, más allá de las categorías del bien y del mal, y muestra misericordia hacia los ingratos y malos (Lucas 6,35).

Voy a narrar dos experiencias vividas en la periferia pobre mientras enseñaba en la facultad el Tratado de la Gracia, uno de los más difíciles de la teología, pues encierra muchas condenas.

Me encontré con Raimundo en Canindé, quien enseguida me pidió: —Fray, vine a buscar agua bendita.—¿Para qué quieres el agua bendita? —pregunté. Respondió:
—Es para bendecir mi casa. —Pero eso yo, como sacerdote, puedo hacerlo e iré contigo. —No puede, fray. Hasta da vergüenza decirlo, pero voy a confesarle: vivo con una mujer sin haberme casado por la Iglesia. Tengo dos errores con ella: primero, porque es negra; segundo, porque la saqué de la prostitución. Quiero probar vivir con ella, darle cariño y comprensión. Si ella es capaz de vivir con un solo hombre, conmigo, entonces me casaré por la Iglesia. Ahora estoy en pecado. Por eso vine a buscar agua bendita para bendecirla y rezar para salir del pecado. Si todo sale bien, usted, fray, hará nuestro casamiento.

Tiempo después hice el casamiento con muchas palomitas de maíz y Coca-Cola.

Ese hombre, Raimundo, amó. Seguramente ni siquiera sabía que el verdadero nombre de Dios es amor. Y quien ama está con Dios, como dice san Juan en su epístola (1 Jn 4,16), y no con el pecado.

Encontré religiosas en Xapuri, en el corazón de la selva del Acre. Mantenían en una sala a un seringueiro que parecía tener lepra. Pasando por un callejón, una de las religiosas vio un cartel que decía: “Casa de la Caridad”. Fue a averiguar y supo que la casa pertenecía a doña Josefina. La religiosa la invitó a ir hasta el pequeño convento y ver a un enfermo de lepra. Apenas entró y miró largamente al enfermo, Josefina dijo:

—Hermanita, esto no es lepra, es solo una micosis. Déjelo, que voy a tratarlo en la Casa de la Caridad. Curiosa, la religiosa preguntó: —¿Para qué sirve esta Casa? Josefina respondió: —Es para todos los enfermos del interior de la selva y para quienes no tienen dónde dormir. —¿Y cómo mantiene usted la Casa de la Caridad? Josefina, algo avergonzada, respondió: —Tengo un cabaret. Necesito mantenerme. Las mujeres de aquí no tienen trabajo y casi todas son prostitutas. Necesitan alimentar a sus familias y yo al personal que se queda en la Casa. Solo tomo para mí lo necesario. Lo que sobra es para mantener la Casa de la Caridad. Cocino para ellos, les lavo la ropa y compro los remedios. Todo gratis. Para pagar mi pecado. Sé que está contra la ley de Dios. Pero ¿la ley de la vida no es también aceptada por Dios?

Al escuchar la historia quedé abismado y pensé para mí mismo: el amor de Josefina es lo que significa la gracia que yo enseño, es decir, el amor concreto de Dios en la situación concreta de las personas. Recordé a la mujer considerada prostituta que besó los pies de Jesús y los ungió con perfume; lloraba y secaba las lágrimas con sus cabellos (Lucas 7,38). Frente a quienes pensaban mal, Jesús dijo: “Dondequiera que en el mundo se predique la Buena Nueva, será recordado lo que ella hizo” (Marcos 14,9). Fue puro amor, gracia divina.

Estos dos hechos muestran el amor de Dios, que es lo que llamamos gracia: ella viene cuando quiere, sobre quien quiere y en cualquier situación. Hay flores que florecen en los pantanos. Y son las más blancas y bellas. Esa flor tiene un nombre: Josefina de la Casa de la Caridad. El amor generoso se llama Raimundo, aquel del agua bendita.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA. También escribió Gracia y experiencia humana, Vozes, varias ediciones, 2012; hay una edición en español; (https://www.leonardoboff.org).

Una tragedia humana: las actuales migraciones mundiales

Leonardo Boff

            En nuestros días hay millones de migrantes por tierra y mar en busca de mejores condiciones de vida. Según datos de la ONU, en 2025 había en el mundo 304 millones de migrantes. Hoy, con más de cien zonas de conflicto, como acaba de informar el coordinador de la Cruz Roja, serán muchos más, pues la humanidad está viviendo una ininterrumpida guerra civil. La mayoría huye de guerras que causan innumerables víctimas. Otros emigran porque sus tierras se han vuelto infértiles debido al exceso de calor. También están quienes buscan otros países debido a persecuciones religiosas o políticas.

            El mayor número proviene del África subsahariana y de Oriente Medio, ambos en dirección a Europa. Hay además muchos miles de latinoamericanos que emigran ilegalmente a Estados Unidos.

            Todos los inmigrantes indocumentados, bajo la presidencia de Donald Trump, están siendo expulsados del país. Esto fue realizado por una policía especial, el ICE, que utilizó la violencia e incluso la fuerza bruta para obligarlos a emigrar.

            Son inolvidables las escenas cobardes de aquellos agentes del ICE cazando inmigrantes indocumentados en las calles, en las escuelas, en las fábricas, en las explotaciones agrícolas e incluso en las iglesias. El presidente Donald Trump considera injusta y prejuiciosamente a esos inmigrantes como gente mala, ladrones y asesinos, cuando en su gran mayoría hacen funcionar los servicios en hoteles, restaurantes, fábricas, producción agrícola y muchos otros sectores, perjudicando con su expulsión los negocios de los propios estadounidenses.

            Resulta chocante la violencia aplicada a los inmigrantes detenidos y deportados, arrojados en grandes aeronaves, encadenados como si fueran ganado, sin ningún respeto por su dignidad. Revolucionó especialmente el arresto de un niño de 5 años, esposado como si fuera un adulto, como forma de atraer al padre y detenerlo. La indignación fue nacional e internacional, obligando a las autoridades responsables a liberar al niño y a su padre.

            En Europa, los migrantes son generalmente mal recibidos, tanto los provenientes de África como los de Oriente Medio. Muchos murieron en la travesía en embarcaciones sin ninguna seguridad. El Mediterráneo se transformó en una sepultura de cientos y cientos de personas que allí se ahogaron. La indiferencia y la falta de sensibilidad indignaron al Papa Francisco cuando estuvo en Lampedusa, lugar de llegada de muchos inmigrantes. Criticó duramente el hecho de que los europeos hubieran perdido la sensibilidad y la capacidad de llorar por el sufrimiento de sus semejantes.

            En algunos países fueron totalmente rechazados, como en Hungría bajo el hoy ex presidente Orbán, de extrema derecha y violento. En la muy cristiana Polonia se admite selectivamente solo a cristianos, negando hospitalidad a musulmanes o personas de otras denominaciones religiosas.

            Se teme que el cambio climático, acelerándose cada vez más y destruyendo vastas regiones con grandes inundaciones, severas sequías e inmensos incendios, termine creando oleadas de miles y miles de migrantes que buscan salvar sus vidas. Sus lugares de origen se han vuelto prácticamente inhabitables. La ONU ha advertido a los países centrales y desarrollados que preparen sus infraestructuras para acoger y dar hospitalidad a estos damnificados.

            La hospitalidad aparece como un valor de referencia para enfrentar este fenómeno mundializado. Las migraciones masivas podrán desestabilizar naciones enteras y las políticas sociales, dada la gravedad de la situación creada por los cambios en la geopolítica (la disputa por la hegemonía mundial entre Estados Unidos, Rusia y China), por los trastornos climáticos provocados por la crisis ecológica y por la corriente marítima de El Niño.

            Hoy, la capacidad de mostrar hospitalidad —considerada por todas las tradiciones culturales como uno de los más altos valores en las relaciones humanas— revela cuánto de sensibilidad y humanidad subsiste todavía entre nosotros, tanto como personas individuales y  como sociedades complejas. Las actuales desigualdades escandalosas, fruto de una acumulación inimaginable de riqueza por parte de unos pocos que explotan a muchos y devastan los bienes y servicios naturales, no ofrecen señales de esperanza de que prevalezcan la sensibilidad y la humanidad, base de la hospitalidad, frente a los millones de migrantes a nivel mundial.

            Aun así, vencidos y derrotados, jamás desistiremos del empeño en favor de los migrantes y refugiados, despreciados y rechazados, pues esa causa, por ser verdadera, es invencible. En ella se muestra lo mejor que existe en los seres humanos: compadecerse de los peregrinos forzados, de los migrantes; vivir la solidaridad concreta frente a su frágil situación; y el amor incondicional hacia esos humillados y ofendidos. Según los relatos bíblicos y el sentido de uno de los más conmovedores mitos griegos sobre la hospitalidad —el de los ancianos Báucis y Filemón— quien hospeda al peregrino y al desconocido está hospedando anónimamente al propio Dios.

            La familia del Hijo del Hombre fue inmigrante en Egipto y volvió sagrado todo empeño en favor de quienes viven penosamente una situación semejante. Por eso, una realidad parecida representa para la conciencia un llamado ético permanente, incluso en medio de dificultades, prejuicios y rechazos. Al fin y al cabo, todos somos migrantes y huéspedes en esta Tierra que pertenece tanto a los presentes como a las futuras generaciones. Todos pasamos. Solo ella, la Casa Común, permanece todavía por millones de años, girando alrededor del sol y gestando vida para la naturaleza y para la humanidad.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL y publicó también el libro Hospitalidad: derecho y deber de todos, Vozes, 2005.

La corrupción naturalizada, finalmente  es desenmascarada: el banco Master


         Leonardo Boff

            La liquidación oficial del Banco Master, cuyo principal propietario era Daniel Vorcaro, desenmascaró una cadena de corrupciones que involucra prácticamente a las principales instituciones nacionales, según algunos, incluso a la suprema corte judicial.

            Como el tema es de máxima actualidad, retomo un pequeño estudio realizado hace tiempo, con las actualizaciones necesarias.

            Consideremos el concepto de corrupción y su origen histórico-social. La palabra corrupción tiene su origen en la teología. Antes de hablarse de pecado original, expresión que no aparece en la Biblia, se decía que el ser humano concreto vive en una situación de corrupción. Pero fue San Agustín (354-430), obispo de Hipona, hoy Argelia, quien en el año 416, en un intercambio de cartas con San Jerónimo, creó la expresión pecado original, transmitido por el acto sexual, pecado que corrompe al ser humano desde su nacimiento. Allí utiliza la expresión corrupción general. Explica la etimología: corrupción es tener un corazón (cor) roto (ruptus) y pervertido. El filósofo Immanuel Kant no decía otra cosa: “somos una madera torcida de la cual no se pueden sacar tablas rectas”.

            En otras palabras: existe en nosotros una fuerza negativa que nos impulsa al desvío que es la corrupción. Ella no es fatal. Puede ser controlada y superada, según San Agustín, por las virtudes y por la gracia divina; de lo contrario sigue su tendencia.

            ¿Cómo se explica la corrupción en Brasi y en general en el mundo? Identifico, junto con otros analistas, tres razones básicas entre otras: la histórica, la política y la cultural.

            La razón histórica: somos herederos de una perversa herencia colonial y esclavista que marcó nuestros hábitos. La colonización y la esclavitud son instituciones objetivamente violentas y deshumanas. Entonces las personas subordinadas, para sobrevivir, eran llevadas a corromper, es decir: sobornar, conseguir favores mediante intercambios, peculado o nepotismo.

            Por ejemplo, existe corrupción sistemática en la evasión de impuestos y en las contribuciones al INSS. El Sindicato Nacional de los Procuradores de la Hacienda Nacional, en su “Sonegômetro”, denunció que en los últimos años la evasión anual rondaría los 158 mil millones. Eso es mucho más que el “Petrolão” en apenas cinco meses (cf. Tomás Rigoletto Pernías en Brasil Debate del 25/04/2017). Muchos corrompen a los procuradores o estos se dejan corromper.

            La razón política: en palabras del sociólogo Jessé Souza: “La corrupción política es la legitimación de la élite brasileña para manipular a la sociedad y convertir al Estado en su banco particular. La captura del Estado por los propietarios, obviamente, es la verdadera corrupción”.

            Además, importa reconocer que el capitalismo, ahora bajo el nombre de neoliberalismo, pero siempre como modo de producción depredador de la naturaleza y opresor de los trabajadores y, peor aún, como cultura del capital, aquí y en el mundo es un sistema, en su lógica interna, corrupto, aunque socialmente aceptado. Simplemente impone la dominación del capital sobre el trabajo y de la tecnología sobre la naturaleza, devastándola sin tomar en cuenta las externalidades dejadas bajo la responsabilidad del Estado. El capitalismo instalado en Brasil es periférico y salvaje, aunque no en todos los casos, y nunca pasó por un proceso de humanización.

            Por eso el capitalismo es por naturaleza antidemocrático, pues la democracia supone una igualdad básica de los ciudadanos y derechos garantizados, aquí permanentemente violados.

            Queriendo ser representativa de los electores, en verdad representa los intereses de las élites atrasadas, dominantes, y de aquellos que financiaron sus campañas electorales, y no los intereses generales de la nación. Es el caso de la actual Cámara de Diputados, la peor de nuestra historia.

            Razón cultural: la cultura dicta reglas socialmente reconocidas. Roberto Pompeu de Toledo escribió en 1994 en la revista Veja: “Hoy sabemos que la corrupción forma parte de nuestro sistema de poder tanto como el arroz y los frijoles de nuestras comidas”.

            Los corruptos son vistos como astutos y no como criminales, que de hecho lo son. Como regla general podemos decir: cuanto más desigual e injusta es una sociedad, más se crea un caldo cultural que permite y tolera la corrupción y la impunidad.

            Especialmente en quienes poseen poder se manifiesta la tendencia a la corrupción. Quien vio claramente esta conexión entre poder y corrupción fue Lord John Emerich Edward Dalberg-Acton (1848-1902). Católico y de familia aristocrática anglo-italo-alemana, fue profesor de historia en Cambridge. El 5 de abril de 1887 escribió una carta a su colega Mandell Creighton en la que decía: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto tiende a corromper absolutamente”.

            No sé si por pesimismo o por realismo afirmaba también: “Mi dogma es la maldad general de los hombres con autoridad; son los que más corrompen”. En Brasil eso parece verificarse.

            El desarrollo del proceso contra Vorcaro y el ex Banco Master seguramente revelará una estremecedora cadena de corrupción, involucrando políticos de todos los matices y a la familia Bolsonaro en su intento de producir una película exaltatoria sobre el condenado golpista expresidente.

            ¿Cómo superar la corrupción? En principio, confiar siempre desconfiando del ser humano, porque nunca es inmune a abusar del poder del dinero. Nada de dar cheques en blanco. Después, evitar la concentración de poder. La división de poderes fue pensada para evitar la corrupción posible. A continuación, el control de la sociedad utilizando especialmente los multimedios. Exigir siempre transparencia en todos los procedimientos. Finalmente, castigar a los corruptos con penas severas por haber cometido un crimen grave que lesiona el bien común.

Leonardo Boff escribe para la revista ICL LIBERTA y también escribió Transparencia en las personas e instituciones, Vozes, 2025.