La crisis brasilera y los puntos de inflexión de la crisis mundial

Brasil debe decidir el 2 de octubre qué futuro quiere para el país: 

¿Quiere un futuro de barbarie y no de civilización, de atraso en vez de modernidad, de un protofascismo que, frente a la democracia, viene representado por el actual presidente Jair Bolsonaro? 

¿O apoya el proyecto contrario de dar continuidad a la refundación de Brasil de abajo hacia arriba, desde dentro hacia fuera, con una democracia que se abre a lo social, a la sociedad organizada, especialmente en los cientos de movimientos sociales cuyas luchas, generalmente, se centran en derechos históricamente a ellos negados, encarnado en el expresidente Lula? 

En este segundo proyecto ocupa el primer lugar la erradicación del hambre de 33 millones de brasileros y de otros 110 millones con insuficiencia alimentaria, la generación de empleos y de políticas sociales de salud, de educación, de seguridad, de ciencia y tecnología, entre otros objetivos.

Es la primera vez en la historia que nuestro destino está en juego. Las encuestas electorales están indicando que predominará la racionalidad, la conciencia cívica, eligiendo a Lula, librando al país de la ola de odio, de violencia, de fake news y de irresponsabilidad ante la pandemia que, debido al negacionismo oscurantista del presidente Bolsonaro, causó la muerte de por lo menos 300 mil personas que hoy podrían estar entre nosotros. 

La perversidad aliada a mentiras cotidianas y a una completa falta de decencia y de ética pública no puede prevalecer. Somos demasiado importantes para nosotros mismos y para el futuro del mundo, dada nuestra riqueza ecológica, que nos obliga políticamente a empeñarnos seriamente para infligir una clamorosa derrota al proyecto de Bolsonaro de desmantelamiento de la democracia y de las instituciones democráticas.

A la par que esta crisis nacional, se está produciendo otra crisis cuya gravedad excede en mucho a la nuestra: la crisis ecológico-social del sistema-Tierra y del sistema-vida. La crisis es global, afecta al ambiente, a la economía, a la política, a la sociedad, a la ética, a las religiones y al sentido de nuestro propio vivir. Puede poner en grave peligro de extinción a gran parte de la vida en la Tierra.

Dejando a un lado la peligrosa crisis derivada de una potencial guerra nuclear promovida por Rusia y por las potencias militaristas de Occidente, que pondría en peligro la supervivencia de nuestra especie, me restrinjo a los tippings points, a los puntos sociales de inflexión o de cambio provocados por el creciente calentamiento global. El cuadro es más que preocupante y, en cierta manera, desolador. 

A finales de febrero y en la primera semana de abril del presente año fueron publicados tres volúmenes del Sexto Informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC). El Informe de Evaluación 6 (Assesment Report 6) reveló una aceleración insospechada del calentamiento global. La Organización Meteorológica Mundial de la ONU confirmó tal evento. Advirtió que la subida de 1,5 grados centígrados que se imaginaba no alcanzar hasta 2030 se ha frustrado. Se hizo una proyección al 50% de que dicho calentamiento será alcanzado ya en el año 2026, por lo tanto dentro de 4 años. La temperatura podría subir 2,7 grados centígrados o más, dependiendo de las regiones del planeta, especialmente a causa de la entrada en masa del metano, 28 veces más dañino que el CO2, resultante del deshielo de Groenlandia, de los casquetes polares y del permafrost. 

La brasilera Patrícia Pinho, autora líder del estudio sobre los puntos de inflexión sociales causados por esta aceleración del calentamiento, revelada por el IPCC, afirma en su conclusión que «las emisiones de gases de efecto invernadero de origen humano han generado impactos adversos expresivos y significantes en todos los países del mundo, considerándose genuinamente como una amenaza para la humanidad»(cf. IHU del 25 de junio de 2022). En su informe revela que esta subida de temperatura produce puntos de inflexión sociales bastante negativos, provocando erosión del modo de vida de las poblaciones dependientes de la selva, sobre todo de los pueblos indígenas, los ribereños y la población urbana pobre, comprometiendo la agricultura, tanto la de supervivencia como la agroindustrial, y la disminución de los recursos pesqueros, además de aumentar los conflictos, la violencia, las migraciones y la crisis humanitarias.

Este cambio de situación es poco conocido y ni siquiera es tomado en consideración por los planificadores de los nuevos gobiernos de los estados ni de la Unión. Deben elaborarse estrategias mínimas, como, por ejemplo, no construir viviendas en la laderas (recordemos los desastres de Petrópolis y de Angra dos Reis este año), acomodar a las personas en espacios más llanos y que no están amenazados por las inundaciones.

A la Bolsa Familia hay que agregar la Bolsa Floresta, plantar árboles en todos los rincones, junto con la agricultura del campo introducir la agricultura urbana en los espacios entre edificios, la arborización de las calles y la preservación de las mínimas fuentes de agua, allí donde surgieren, rodeadas de plantas que garanticen su perpetuidad.

De todas formas, tenemos que prepararnos para eventos extremos cada vez más frecuentes y nocivos, usando sistemas de alerta-prevención para la población, y utilizar la ciencia y la tecnología para disminuir los efectos dañinos inevitables.

Termino con la observación de un científico norteamericano, vinculado al tema del calentamiento global: «Nuestra generación tiene que pasar por un camino lleno de peligros. Es como conducir de noche: la ciencia son los faroles, pero la responsabilidad de no salirse de la carretera es del conductor, que también tiene que tener en cuenta que los faroles tienen un alcance limitado». Es decir, no bastan la ciencia y la técnica, necesitamos asumir colectivamente la responsabilidad por nuestro futuro. Ojalá encontremos medios que garanticen nuestra supervivencia como especie sobre este planeta que nos gestó y al cual tenemos que reaprender a cuidar y hacerlo nuestra Casa Común.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y escritor y ha escrito: En busca de la justa medida: el pescador ambicioso y el pez encantado, Vozes 2022; Habitar la Tierra, Vozes 2021.

Rescatar la democracia ante la amenaza de golpe

Oímos con frecuencia las amenazas de golpe a la democracia por parte del actual presidente. Él ha realizado aquello que Aristóteles llama kakistocracia: “la democracia de los peores”. Se rodeó de milicianos, colocó en los cargos públicos a algunas decenas de militares de espíritu autoritario, ligados todavía a la revolución empresarial-militar de 1964, hizo alianza con los políticos del grupo Centrão que, en vez de representar los intereses generales del pueblo, viven de privilegios y de sobornos y hacen de la política profesión para el enriquecimiento propio.

No he visto una mejor descripción realista de nuestra democracia que esta de mi compañero de estudios, inteligencia brillante, Pedro Demo. En su Introducción a la sociología (2002) dice enfáticamente: «Nuestra democracia es una escenificación nacional de hipocresía refinada, repleta de leyes “bonitas”, pero hechas siempre en última instancia por la élite dominante para que le sirva a ella de principio a fin. El político es alguien que se caracteriza por ganar mucho, trabajar poco, hacer negocios sospechosos, emplear a parientes y apaniguados, enriquecerse a costa de los dineros públicos y entrar en el mercado por arriba. Si ligásemos democracia con justicia social, nuestra democracia sería su misma negación» (p.330.333).

Lógicamente, hay políticos honrados, éticos y orgánicamente articulados con sus bases, con los movimientos sociales y con el pueblo en general. En su mayoría, los políticos siguen el ideal clásico de Max Weber: la política como misión con vistas al bien común y no como profesión en busca del bien individual. Hace decenios que estamos discutiendo y tratando de enriquecer el ideal de la democracia: pasar de la democracia representativa a la participativa y popular, a la democracia económica, a la democracia comunitaria de los andinos (del bien vivir), a la democracia sin fin, a la democracia ecológico-social y finalmente a una democracia planetaria.

Todo esto se ha esfumado ante los frecuentes ataques del actual presidente. Este pertenece, primeramente, al ámbito de la psiquiatría y, secundariamente, al de la política. Tenemos que vérnosla con alguien que no sabe hacer política, pues trata a los adversarios como enemigos a ser abatidos (recordemos lo que dijo en la campaña: hay que eliminar a 30 mil progresistas). Afirma descaradamente que torturar a las personas fue un error de la revolución de 1964 cuando deberían haberlas matado, defiende a torturadores, admira a Hitler y a Pinochet. En otras palabras, es alguien dominado psíquicamente por la pulsión de muerte, lo cual quedó claro por la forma irresponsable como se ocupó de la Covid-19. 

Por el contrario, la política en un régimen democrático de derecho supone la diversidad de proyectos y de ideas, divergencias que hacen del otro un adversario pero nunca un enemigo. El presidente no conoce nada de esto. Por no mencionar la falta de decoro que la alta dignidad del cargo exige, pues se comporta de manera grosera y avergüenza al país cuando viaja al extranjero. 

Nos vemos obligados a defender la democracia mínima, la representativa. Tenemos que recordar el mínimo del mínimo de toda democracia, que es la igualdad, a la luz de la cual ningún privilegio se justifica. El otro es un ciudadano igual a mí, un semejante con los mismos derechos y deberes. Esta igualdad básica funda la justicia societaria que debe ser efectiva siempre en todas las instituciones y en todas las relaciones sociales o comunitarias.. Este es un reto inmenso, el de la desigualdad, herederos como somos de una inmensa desigualdad, producto de una sociedad de la Casa-Grande y de la senzala de los esclavizados, caracterizada precisamente por privilegios y negación de todos los derechos a sus subordinados.

Incluso así, tenemos que garantizar un estado de derecho democrático en contra de las más diferentes motivaciones que el presidente inventa para negar la seguridad de las urnas, para no aceptar una derrota electoral, pronosticada por las encuestas, como Datafolha, a la cual él contrapone la fantasiosa Datapovo. 

La elección actual viene a ser un verdadero plebiscito: ¿qué forma de Brasil deseamos? ¿Qué tipo de presidente queremos? Por todo lo que ha desmantelado durante su gestión se trata de un enfrentamiento de la civilización contra la barbarie. Si fuera reelegido conducirá al país a situaciones oscuras del pasado superadas desde hace mucho por la modernidad. Es tan obtuso y enemigo del desarrollo necesario que combate directamente la ciencia, desmonta la educación y desregula la protección de la Amazonia.

La presente situación supone un desafío para todos los candidatos, sin importar su filiación de partido: hacer una declaración clara y pública en defensa de la democracia. Diría más, sería un gesto de patriotismo, poniendo a la nación por encima de los intereses partidarios y personales, si los candidatos que, según las encuestas, claramente no tienen posibilidad de ganar o de ir a la segunda vuelta, proclamasen su apoyo al mejor situado en términos electorales y que se propone, como ya lo ha hecho, rescatar la democracia y atender a los millones de hambrientos y a muchos otros millones de desheredados.

Tenemos que demostrarnos a nosotros mismos y al mundo que hay gente de bien que son solidarios con las víctimas de la Covid-19, en particular el MST, que sigue haciendo cultura e investigación. Este será un legado sagrado para que no olvidemos nunca que, incluso en condiciones adversas, existió bondad, inteligencia, cuidado, solidaridad y finura de espíritu.

Personalmente me es incómodo escribir sobre esa democracia mínima, cuando me he comprometido con una democracia socioecológica. Frente a los peligros que nos tocará enfrentar, especialmente el calentamiento global y sus efectos dañinos, nuestra generación tiene que decidir si todavía quiere continuar sobre este planeta o tolerará destruirse a sí misma y a gran parte de la biosfera. La Tierra, sin embargo, continuará, pero sin nosotros.

*Leonardo Boff es ecoteólogo, filósofo y ha escrito: Cuidar la Tierra-proteger la vida: cómo evitar el fin del mundo, Record 2010. Próximo a salir: En busca de la justa medida: cómo equilibrar el planeta Tierra, Vozes 2022.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

La próxima elección, un plebiscito: biofilia versus necrofilia

En la misa de Pascua se canta uno de los himnos más bellos del gregoriano, en el cual se dice: “la muerte y la vida se enfrentaron en un duelo” (mors et vita duello conflixere mirando). Y se termina: “el señor de la vida, reina vivo” (dux vitae, regnat vivus).

Refiero este texto litúrgico como metáfora de lo que va a realizarse en las próximas elecciones: un plebiscito en el cual se libra efectivamente un duelo político entre dos proyectos de Brasil y dos modelos de presidente. Un proyecto tiene como representante y promotor a un presidente claramente aliado al dominio de la muerte. No lo digo yo, lo afirma una de las inteligencias jurídicas más brillantes de nuestros país, exgobernador de Río Grande del Sur, exministro de justicia, Tarso Genro:

“Para Jair Bolsonaro no hay adversarios, sólo hay enemigos a ser abatidos por las armas. ¿Cómo un político que defende la ejecución de sospechosos, el fusilamiento de “30 mil compatriotas”, el asesinato de un presidente pacífico y democrático, la tortura como método inquisitorial, el fin de la democracia política, que sostiene que el error de la dictadura no fue torturar, sino que fue “no matar”, que explicita públicamente su admiración por Hitler y se burla de la tortura sufrida por una mujer digna –que estaba siendo retirada de la presidencia–, cómo este político fue cobardemente naturalizado por el “establishment” neoliberal y por las grandes cadenas de comunicación, después de haber cometido y repetido muchos crímenes bárbaros y de haber hecho una consciente propaganda genocida contra la vacunación?”

Aquí queda claro un proyecto de muerte que, en el caso de que Bolsonaro sea reelegido, lo llevará a cabo. Es el dominio de la necrofilia, de la promoción de la muerte y sus derivados, como el odio y la mentira.

En el otro lado del duelo hay otro representante, Luis Inácio Lula da Silva. No quiero ser maniqueísta que sólo considera el bien de un lado y el mal del otro. El bien y el mal se mezclan. Pero hay que reconocer que en Lula el bien alcanza más expresión. Presenta un proyecto cuya centralidad reside en la vida, empezando por los que menos vida tienen: los treinta millones de hambrientos, los 110 millones con insuficiencia alimentaria, los millones de desempleados o subempleados, los trabajadores y los pensionistas que han visto disminuir sus derechos, con el salario mínimo congelado. Para resumir, lo primero que hay que hacer es garantizar los mínimos: comida, salud, trabajo, educación, casa, tierra para producir alimentos para el pueblo, seguridad y oportunidad para aquellos que históricamente son los descendientes de la senzala (el 54% de la población), que puedan acceder a la enseñanza superior, universitaria o técnica. Gobernar es cuidar de todos, pero siempre a partir de los humillados y ofendidos. La inspiración viene de Gandhi que decía: hacer política es tener un gesto amoroso para con el pueblo y cuidar de las cosas comunes. O en las palabras del Papa Francisco en su Fratelli tutti: la política tiene que ser hecha con ternura “que es el amor hecho próximo y concreto, un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos y a las manos” (n.196). Es el reino de la biofilia, del amor a la vida.

Estos dos proyectos, como en un duelo, se están enfrentando en esta elección. Toca a los ciudadanos hacer su discernimiento: em definitiva, ¿qué país queremos? ¿Qué presidente es más portador de vida, de medios de vida, de esperanza y de gusto de vivir? No somos piedras que solamente existen. No queremos solo existir, queremos vivir y convivir en paz unos con otros.

Lo que experimentamos en el gobierno del presidente actual ha sido el decrecimiento de nuestra humanidad, el abandono de miles de personas entregadas a la virulencia de la Covid-19, que murieron cuando podrían haberse salvado si no hubiese sido por el tenaz negacionismo oficial. 

Lo que más nos duele y avergüenza es la falta de compostura de la más alta autoridad de la nación, que debería vivir las virtudes que le gustaría ver realizadas en el pueblo como la solidaridad, el cuidado de unos a otros y de nuestras riquezas naturales y la promoción de nuestra ciencia y cultura, agredidas por él de forma vejatoria. Al contrario, predominó la difusión del odio, de las fake news, la grosería, el lenguaje soez y todo tipo de discriminación hacia los afrodescendientes, los indígenas, los quilombolas, las mujeres, los pobres y los LGBT+ entre otros. 

Solo podremos superar este flagelo político-social y necrófilo si, en este duelo, optamos por el proyecto de la biofilia. Aquí me valgo otra vez del exgobernador Tarso Genro: “Una semana antes del plebiscito hay que conseguir un gran acuerdo político de gobernanza y gobernabilidad, derrotando a Jair Bolsonaro en la primera vuelta, unidos en torno al nombre más fuerte para vencer y conducir la nación al destino democrático y social que nuestro pueblo merece”.

Ese nombre está emergiendo como el preferido de los electores: Lula da Silva. Es un superviviente de la gran tribulación nacional, mostró que fue capaz de humanizar la política, sacando a Brasil del mapa del hambre, creando políticas sociales y populares que dieron oportunidades a los excluidos, a muchos otros y principalmente devolvieron a los empobrecidos su dignidad.

El destino de nuestra nación está en nuestras manos. Depende de que tomemos la opción que saque a Brasil del foso en el cual lo han metido, nos permita disminuir la nefasta desigualdad social y, por fin, nos conceda la alegre celebración de la vida. La próxima elección-duelo del 2 de octubre será el gran test: qué Brasil y qué presidente, de hecho, queremos. 

Ojalá triunfe el proyecto de la biofilia, del amor a la vida, especialmente la vida sufrida de las grandes mayorías.

*Leonardo Boff es teólogo, filósofo y escritor, ha publicado: Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia, Vozes 2018.

Traducción de Mª José Gavito Milano

La independencia inconclusa de Brasil,pero promesa de un futuro para toda la humanidad.

El día 7 de septiembre de cada año celebramos el día de la Independencia de Brasil. Pero se trata de una independencia inconclusa. Fue proclamada por Don Pedro I montado encima de un burro, no como épica y falsamente lo pinta Meireles montado en un hermoso caballo.

Al independizarse se mantuvieron en Brasil las mismas relaciones de la época colonial, de los señores de la Casa Grande y de los esclavizados de la senzala. No olvidemos el hecho de que la Independencia se hizo todavía en el marco de la esclavitud, que fue brutal y cruel para millones de personas traidas de África y esclavizadas aquí. Incluso después de la Ley Áurea de 1888, los esclavizados no tuvieron ninguna compensación en tierras, trabajos u oportunidades. Fueron lanzados al dios-dará sin absolutamente nada. 

Hoy los afrodescendientes son el 54% de nuestra población; nunca saldaremos nuestra deuda por todo lo que sufrieron y ayudaron a construir esta nación.

Como país, siempre fuimos dependientes. Primero de Portugal, después de Inglaterra, luego de USA y actualmente de los países opulentos con sus megacorporaciones que explotan nuestras riquezas.

Nunca hubo un proyecto de nación. Predominó siempre, como ha sido demostrado ampliamente por los historiadores, una política de conciliación de las clases adineradas entre sí y de espaldas al pueblo, excluido y cobardemente despreciado y odiado. Ellas ocuparon el Estado y sus aparatos para garantizar sus privilegios, usufructuar los beneficios de los grandes proyectos, los sobornos y la corrupción simplemente naturalizada. Por eso tenemos un país profundamente dividido entre un pequeño número de millonarios y multimillonarios, una porción de clase media y grandes mayorías marginalizadas y excluidas de los bienes de la civilización.

En la época colonial hubo resistencias y revueltas de gente del pueblo, de negros e indígenas, todas violentamente aplastadas con ahorcamientos, fusilamientos o, en el mejor de los casos, con el exilio, y con golpes y dictaduras en la época republicana.

A decir verdad, aquí la democracia fue y sigue siendo de baja y hasta de bajísima intensidad, con una libertad puramente formal y jurídica pero sin su insustituible complemento, la igualdad. Por eso existe una desigualdad vergonzosa, de las mayores de mundo, que es una injusticia social tan grave que clama al cielo por las víctimas que produce. 

Mirando hacia atrás, nuestra historia patria está marcada por las oscuras sombras del genocidio indígena, de la colonización, de la esclavitud y de la dominación de las élites del atraso, como las califica el sociólogo Jessé Souza. Cuando alguien venido del piso de abajo, sobreviviente de la gran tribulación brasilera, llegó al poder, Luis Inácio Lula da Silva, con su sucesora Dilma Rousseff introdujeron políticas sociales de inserción de millones de personas pobres y hambrientas, pronto se armó contra ellos un golpe jurídico-parlamentario-judicial. De esta forma se salvó el viejo orden (del desorden social) que halló continuad en una figura insana e psicópata que sacó del armario de una parte importante de la población todo el odio y perversión que había reprimidos, fruto tardío del tiempo de la esclavitud.

Los esclavizados eran simplemente “piezas” a ser vendidas y compradas en el mercado y tratadas con las famosas tres pes: palo, pan y paño; palo como latigazos inhumanos, pan para que no muriesen de hambre y paño para esconder sus vergüenzas. La práctica era la violencia que continúa todavía hoy con la población negra y pobre. 

Fine finaliter: aquí nuestra independencia fue manca e inacabada, lo que nos quita cualquier sentido de celebración. Como nunca hubo una revolución que, como en los grandes países que dieron su salto de calidad, apease del poder-dominación a la clase del privilegio y del enriquecimiento fácil, nunca tuvimos la oportunidad de fundar una nación con un proyecto para todos, altivo y activo. Solo hemos prolongado el régimen de dependencia de varios otros poderes foráneos hasta el día de hoy. 

¿Cuál sería nuestra oportunidad y nuestro destino? Mirar hacia delante y al futuro. Somos una nación continental, con la mayor riqueza ecológica del planeta en términos de agua dulce, selvas tropicales, suelos fértiles, inmensa biodiversidad y un pueblo abierto, hábil e inteligente que ha conseguido sobrevivir a todo tipo de opresión. 

Sabemos que la Tierra ha llegado a su límite. El día 28 de julio de 2022 ocurrió el Día de la Sobrecarga de la Tierra (The Earth Overshoot Day) o sea, que ya hemos gastado todos los bienes y servicios naturales indispensables para la vida en este año. Estamos en números rojos. En los siete meses pasados hemos usado todas las aguas, minerales, vegetales y energía que el planeta puede producir y regenerar en el período de 365 días. 

Para poder seguir viviendo sería necesaria la biocapacidad de 1,75 Tierras, que no tenemos.

Con el aumento inesperado del calentamiento global y con el CO2  y el metanoque ya existen acumulados en la atmósfera, los eventos extremos serán inevitables. Hemos llegado con retraso. Con ciencia y técnica podemos solo mitigar los efectos extremos que vendrán con destrucción de ecosistemas y miles de vidas humanas. Según los datos de este año del IPCC esto podrá suceder en los próximos 3-4 años. Hay muchas naciones que no consiguen producir lo que su población necesita, situación agravada por la irrupción de la Covid-19.

Esta realidad sombría puede llegar a ser una catástrofe global. Y en este punto es donde entra la independencia posible y real de Brasil. Él puede ser la mesa puesta para las hambres y las sedes de toda la humanidad. Esta dependerá en gran parte de Brasil, de la humedad de nuestra Amazonia, de la proteína de nuestro ganado y aves, y de la producción de alimentos de nuestros suelos. Gran parte de los países, hoy independientes, serán dependientes de nosotros. Finalmente habremos alcanzado nuestra real independencia, no para nuestro orgullo y beneficio, sino como servicio para la vida en la Tierra y la supervivencia de la humanidad.

Finalmente podremos entonar la canción carnavalesca: “¡Libertad, Libertad! Abre tus alas sobre nosotros Y que la voz de la igualdad sea siempre nuestra voz” y de toda la humanidad.

*Leonardo Boff, teólogo, filósofo y escritor, ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra, Vozes 2021; Habitar la Tierra, Vozes 2022.

Traducción de MªJosé Gavito Milano