LEONARDO BOFF: OCHENTA Y TRES AÑOS EN CAMINO

JUAN JOSÉ TAMAYO

Autor de Leonardo Boff. Ecología, mística y liberación (Desclée de Brower, Bilbao, 1999)

            Querido Leonardo

No quiero faltar a tu fiesta del 83 cumpleaños el día 14 de diciembre. Lo recuerdo cada año y este he decidido escribirte una carta en la que quiero expresarte mi amistad y mi reconocimiento en este largo caminar ya octogenario. Antes de la pandemia nos encontramos varias veces en Ciudad de México, Puebla de los Ángeles y Monterrey. Llevamos todo este tiempo de lacovid-19 sin vernos. Hoy quiero compensar la distancia física en tan significativo efemérides con este mensaje solidario en plena sintonía. contigo haciendo un ejercicio de “razón anamnética” de tu vida y pensamiento. 

Durante los ochenta y tres años de vida has hecho un fecundo itinerario que se bifurca en múltiples sendas: la experiencia religiosa, la teología, la ecología, la política, la academia, el púlpito, la cátedra, la foresta, la ciudad, los foros sociales, los foros mundiales de teología y liberación, los congresos de Amerindia, el acompañamiento a las comunidades eclesiales de base, al MST, etc. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, decía Antonio Machado. Tú has hecho camino al andar dejando huella por donde has pasado y sigues pasando. Y siempre desde el pensamiento crítico y heterodoxo, desde la experiencia de la ternura, del corazón, desde el amor a la Pacha Mama y desde el seguimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador, sobre el que escribiste la primera cristología latinoamericana históricamente significativa en 1972. Luego vendrían otras de colegas y amigos, entre ellas las de Juan Luis Segundo y Jon Sobrino.

“Lo mejor de la religión -escribía Bloch en el frontispicio de su libro El ateísmo en el cristianismo– es que crea herejes”.Creo que tú eres un excelente ejemplo de este aforismo, cambiando quizá “hereje” por “heterodoxo”. Ahí radica tu creatividad en todos los campos de tu ser, del saber y del quehacer humano en los que has trabajado y sigues trabajando sin descanso. Tu vida y tu pensamiento demuestran que eres un intelectual que rompe esquemas (y algunos cráneos endurecidos de colegas, obispos y algún inquisidor, otrora mecenas tuyo), abres nuevos horizontes y propones alternativas donde parece que no hay salida o se cree que la salida es una sola. Te reconozco como uno de los teólogos más innovadores de la teología latinoamericana, que propones una ética centrada en las “virtudes para otro mundo posible”, en la construcción de una fraternidad sororal eco-humana y de una teología del cautiverio y de la liberación. 

            En tu quehacer teológico has sabido compaginar ejemplarmente, durante cinco décadas, el rigor metodológico y la denuncia profética, otra manera de hacer teología y el compromiso político con los pobres de la tierra y con la naturaleza oprimida, cuyos gritos has sabido escuchar y a los que has querido responder desde la razón cordial. El rigor metodológico lo demuestras con el recurso a la doble mediación de la teología de la liberación: socio-analítica y hermenéutica, que se aprecia en todas las páginas de tus libros y en los artículos con los que nos sorprendes a menudo por ser reflexiones a pie de página llenas de profundidad y de sabiduría vital.

Utilizas la mediación de las ciencias humanas y sociales para un mejor conocimiento de la realidad, para descubrir los mecanismos de opresión que atentan contra la vida de los pobres y de la naturaleza y para liberar a la teología de su -quizá falsa-, neutralidad social, de su -supuesta- neutralidad política y de su -sólo aparente- indiferencia ética.

Recurres a la hermenéutica, necesaria para el estudio y la interpretación de los textos fundantes del cristianismo y para no caer en el fundamentalismo, una de las manifestaciones más perversas de las religiones que, siguiendo el refrán latino corruptio optimi pessima, convierten el vino espumoso de los orígenes en vinagre imbebible. A través de la hermenéutica analizas el pre-texto y el con-texto de dichos textos, descubres su sentido primigenio emancipador y preguntas por su significación y sentido hoy a la luz de los nuevos desafíos y de las nuevas preguntas que nos plantea la dura realidad. Una realidad que hemos construido nosotros y nosotras, en la que no podemos instalarnos cómoda y acríticamente, sino que estamos llamados a de-construirla para re-construirla de manera creativa e inclusiva. Un mundo en el que quepan todos los mundo. Desmentimos el viejo adagio conformista del pensamiento conservador: “las cosas son como son y no pueden ser de otra manera” y compartimos la afirmación del filósofo de la esperanza y de la utopía, Ernst Bloch, que inspiró buena parte de nuestra teología: “Si los hechos no coinciden con el pensamiento, peor para los hechos”.

Eres considerado, y con razón, uno de los principales cultivadores de la teología de la liberación (TL). A ella accediste a partir del impacto que te produjo el gran basurero que formaban las favelas de Petrópolis, donde llevaste a cabo un intenso trabajo socio-pastoral desde comienzos de la década de los setenta del siglo pasado. Tu reflexión teológica en clave liberadora nació, asimismo, de la necesidad de dar respuesta a las preguntas que te planteó un grupo de sacerdotes comprometidos con el mundo indígena de la selva amazónica hace ahora cinco décadas:

-¿Cómo anunciar la muerte y la resurrección de Jesús a indígenas que están siendo exterminados y muriendo por las enfermedades de los blancos?

– ¿Cómo anunciar la buena noticia de la salvación a las poblaciones explotadas?

– ¿Cómo hablar de Dios inteligiblemente, y no de manera cínica, a personas indígenas que viven la experiencia de lo sagrado en contacto con la naturaleza?

Las experiencias vividas en el mundo de la pobreza extrema y de la marginación cultural, por una parte, y la necesidad de responder a las preguntas que surgían de ahí, por otra, te llevaron a dedicarte por entero, profesional y vitalmente, a fundamentar la nueva metodología de la teología de la liberación, que comenzaste haciendo en tiempos del cautiverio, vivido durante la dictadura brasileña y los regímenes militares del continente latinoamericano.

La teología apenas ha mostrado interés por la ecología, desde Francisco de Asís hasta nuestros días. Tú ha llenado ese vacío llevando a cabo una reflexión teológica en perspectiva ecológica, que cuestiona la supuesta – ¡y falsa!- fuerza emancipadora del paradigma científico-técnico de la modernidad. Un paradigma selectivo, centrado en el ser humano, que ni es universalizable ni integral, ¡ni siquiera humano!

Como alternativa propones un nuevo paradigma en el que el ser humano no compita con la naturaleza, sino que esté en diálogo y comunicación simétricos con ella, con relaciones de sujeto a sujeto, y no de sujeto a objeto. El ser humano y la naturaleza conforman un entramado de relaciones multidireccionales caracterizadas por la interdependencia y no por la autosuficiencia, por la fragilidad del mundo y la vulnerabilidad humana, y no por la omnipotencia, la insolencia y la arrogancia. Se establece, entonces, un pacto entre todos los seres del cosmos regido por la solidaridad cósmica, la fraternidad-sororidad sin fronteras, ni gremialismos o tribalismos y el cuidado, virtud de la ética eco-humana. Es “la opción Tierra”, título de uno de sus libros más bellos.

Muchos somos los discípulos que seguimos tus lecciones de ecología integral, entre ellos el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si’. Sobre el cuidado de la casa común, de 2015, que se inspira en tus textos y en tu testimonio de amor a la tierra y se inicia con el Cántico de las criaturas: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba… Esta hermana llama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella”. Encíclica que se hace eco de tus críticas al antropocentrismo, incluido el antropocentrismo cristiano.   

“La razón no puede florecer sin esperanza. La esperanza no puede hablar sin razón” escribe Ernst Bloch en su magna obra El principio esperanza, que leíste en alemán durante tus estudios en Munich y citas con frecuencia. Razón y esperanza o, mejor, optimismo militante, docta spes, es lo que mejor define tu vida, tu personalidad, tu obra. A tus 83 años sigues practicando la “esperanza contra toda (des)esperanza”.

Termino ya. No quiero alargar más esta epístola, que solo quiere una expresión de amistad y una manifestación de agradecimiento. A veces has sido acusado de utópico, acusación que comparto contigo. No se dan cuenta nuestros acusadores de que esa acusación, más que un insulto, es un elogio. Como en el poema de Eduardo Galeano, la utopía te sirve para caminar, que no es poco teniendo las piernas tan quebradas, razón por la cual, como dije en tu presentación en el Congreso de Amerindia de 2017 en la Ciudad de México, no puedes ni quieres arrodillarte ante el poder, cualquiera fuera este, incluido el del Vaticano. ¡Todo un milagro! El milagro de la esperanza y la utopía. Ad multos annos, Leonardo.

Tu amigo en la tribulación y la esperanza,

Juan José Tamayo teólogo español de la liberación

Los derechos de la naturaleza y de la Tierra

Leonardo Boff*

Con la irrupción de la Covid-19 y el aumento de los eventos extremos, la naturaleza y la Tierra han entrado en el radar de las preocupaciones humanas. El hecho es que nos encontramos dentro de la sexta extinción en masa, agravada por el antropoceno y por el necroceno de los últimos decenios. Por eso, se impone otro tipo de relación con la naturaleza. y con la Tierra, nuestra Casa Común, para que mantengan su biocapacidad.

Eso solo ocurrirá si rehacemos el contrato natural con la Tierra y si consideramos que todos los seres vivos, portadores del mismo código genético de base (los mismos 20 aminoácidos y las 4 bases fosfatadas), forman la gran comunidad de vida como lo entiende la Carta de la Tierra. Esta afirma taxativamente que todos ellos tienen valor intrínseco, independiente del uso que hagamos de ellos, y por eso merecen respeto y son sujetos de dignidad y de derechos. Repetidamente en su encíclica ecológica Laudato Si el Papa Francisco recalca que “cada criatura tiene un valor y un significado propio” (n.76).

Todo contrato se hace a partir de una reciprocidad, del intercambio y reconocimiento de derechos de cada una de las partes. De la Tierra recibimos todo: la vida y los medios de vida. En correspondencia tenemos un deber de gratitud, de retribución y de cuidado. Pero hace mucho que nosotros rompimos ese contrato natural. Hemos sometido a la Madre Tierra a una verdadera guerra, en el afán de arrancarle, sin ninguna consideración, todo lo que nos parecía útil para nuestro uso y disfrute. 

Si no restablecemos ese lazo de mutualidad duradera, ella puede eventualmente no querernos más sobre su faz. Por eso la sostenibilidad aquí es esencial, por ser la base de una reedición del contrato natural. 

El Presidente de Bolivia, el indígena aymara Evo Morales Ayma, en su alocución en la ONU el 22 de abril de 2009, al discutir si el día 22 de abril seguiría siendo el Día de la Tierra o si debería ser el Día de la Madre Tierra, enumeró algunos de esos derechos:

“Derecho a la vida y a existir;

Derecho a ser respetada;

Derecho a regenerar su biocapacidad y a continuar sus ciclos y procesos vitales libre de las alteraciones humanas;

Derecho a mantener su identidad e integridad como seres diferenciados, autorregulados e interrelacionados;

Derecho al agua como fuente de vida;

Derecho al aire limpio;

Derecho a la salud integral;

Derecho a estar libre de contaminación, polución y residuos tóxicos o radioactivos;

Derecho a no ser alterada genéticamente ni modificada en su estructura, amenazando así su integridad o funcionamiento vital y saludable;

Derecho a una plena y pronta restauración después de violaciones a los derechos reconocidos en esta Declaración y causadas por las actividades humanas”.

Su propuesta fue acogida unánimemente por la Asamblea de los Pueblos. 

Del 19 al 23 de abril de 2009 se celebró en Cochabamba, convocada por Evo Morales, la Cúpula de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, en la cual yo estuve presente con el encargo de fundamentar teóricamente tales derechos. De ahí surgió la Carta de los Derechos de la Madre Tierra con los puntos afirmados por él en la ONU, 

Esta visión permite renovar el contrato natural con la Tierra que, articulado con el contrato social entre los ciudadanos, acabará por reforzar la sostenibilidad planetaria y garantizar los derechos de la naturaleza y de la Tierra.

Hoy sabemos por la nueva cosmología que todos los seres poseen no solo masa y energía. También son portadores de información, que resulta de las permanentes interacciones entre sí y que va creciendo hasta irrumpir como autoconciencia. Tal hecho implica niveles de subjetividad y de historia. Aquí reside la base científica que justifica la ampliación de la personalidad jurídica a la Tierra viva.

Desde los años 70 del siglo pasado, como hipótesis, y a partir de 2002 como teoría científica se acogió la visión de que la Tierra es un SuperEnte vivo que se comporta sistémicamente, articulando los factores físicoquímicos y ecológicos de tal forma que continúa siempre viva y productora de vida.

Al afirmar que es un SuperEnte vivo, le corresponde la dignidad y el respeto que toda vida merece. Cada vez crece más la clara conciencia de que todo lo que existe merece existir y todo lo que vive merece vivir. Y a nosotros nos toca acoger su existencia, defenderla y garantizarle las condiciones para continuarr evolucionando.

Además nadie duda de que el ser humano es sujeto de derechos inalienables y goza de subjetividad y de historia. Pues bien, este ser humano, como sostienen muchos cosmólogos y antropólogos, es la Tierra misma que en un momento avanzado de su complejidad empezó a sentir, a pensar, a amar y a cuidar. Esos derechos humanos, por el hecho de ser nosotros Tierra, deben ser atribuidos también a la Tierra. Los modernos la llamaron Gaia, los antiguos Gran Madre y los andinos, Pacha Mama.

Esta subjetividad posee historia, es decir, se encuentra dentro del inmenso proceso cosmogénico haciendo que la Tierra viva, a través de los seres humanos, se vea a sí misma, contemple el universo y represente el estadio más avanzado del cosmos conocido hasta ahora.

Michel Serres, filósofo francés de las ciencias, afirmó con propiedad: «La Declaración de los Derechos del Hombre tuvo el mérito de decir “todos los hombres tienen derechos” y el defecto de pensar “solo los hombres tienen derechos”».

Ha costado mucha lucha el reconocimiento pleno de los derechos de las mujeres, de los indígenas, de los negros, así como ahora está exigiendo mucho esfuerzo el reconocimiento de los derechos de la naturaleza y de la Madre Tierra, formada por el conjunto de todos los ecosistemas.

Por causa de su imbricación mutua, Tierra y Humanidad tienen el mismo destino. Toca a nosotros, su porción consciente y sus cuidadores, hacer que este destino común tenga éxito a condición de respetar la dignidad y los derechos de la Madre Tierra.

*Leonardo Boff ha escrito: Dignidad de la Tierra: ecología, grito de la Tierra-grito de los pobres, Vozes 1999/2015.

Traducción de Mª José Gavito Milano

El futuro depende ahora de nosotros

La COP26 en Glasgow decepcionó en el punto central: en el consenso sobre la mitigación del calentamiento global, pues todavía admitió el uso del carbón, aunque para ser abolido gradualmente como fuente energética. Pero tuvo el mérito que nunca habían tenido las sesiones de las 25 COPs anteriores. Esta vez, sin excepción, se admitió la existencia antropogénica de los disturbios climáticos. Se han producido eventos extremos, la irrupción del metano, debido al deshielo del permafrost y de los cascos polares, 20 veces más dañino que el CO2, la erosión creciente de la biodiversidad, la gama de virus como el de la Covid-19, la Sobrecarga de la Tierra (Earth Overhoot) que nos llena de temor cada año, pues el consumo actual necesita más de una Tierra y media (1,75), lo que impide su biocapacidad y la superación de algunas de las Nueve Barreras Planetarias (9 Planetarian Bounderies) que pueden poner en peligro nuestro ensayo civilizatorio. Tdo ello ha duplicado los negacionistas, que preferían defender sus fortunas y su capital antes que la vida del planeta y nuestro futuro común.

Tales eventos hicieron surgir escenarios apocalípticos y un verdadero terror metafísico, en el sentido de temer por nuestra supervivencia en este planeta. Son muchas las advertencias de esa eventualidad por parte de renombrados científicos y principalmente del Papa Francisco que en la última encíclica, paradigmática, Fratelli tutti (2020) afirmó taxativamente: “estamos en el mismo barco; o nos salvamos todos o nadie se salva” (nº 34).

Hay una acalorada disputa mundial sobre cómo continuará la historia en la pos-pandemia. Hay varios modelos en la agenda. Creo que deberían descartarse los más radicales, porque son demasiado crueles y anti-vida humana, como el Great Reset, “el Gran Reinicio” de un capitalismo despótico, sugerido por el príncipe parásito Charles y asumido por el 0,1% de los multibillonarios mundiales. También el tentador “Capitalismo verde” que busca cubrir de verde todo el planeta, pero no plantea nunca la cuestión de la desigualdad social que castiga y se cobra millones de vidas humanas. Aceptables y en cierto modo promisorios son el eco-socialismo y el bien vivir y convivir de los andinos. Ambos serían viables en el supuesto de una gobernanza global y pluralista, dispuesta a encontrar soluciones globales para problemas globales como el de la pandemia, y de un orden planetario mínimo que incluya a todos, también la naturaleza, en la única Casa Común.

Creo que el Papa Francisco en la Fratelli tutti presentó algunos valores fundamentales a partir de los cuales se podría proyectar un paradigma que garantice el futuro de la especie y de nuestra civilización: una biocivilización centrada en una fraternidad sin fronteras y una amistad social universal. 

Claramente se dio cuenta de que hay tres presupuestos necesarios: el primero, superar el paradigma vigente desde hace ya algunos siglos del ser humano como dominus (dueño y señor) que no se siente parte de la naturaleza sino que la domina con el instrumento de la tecnociencia. El segundo, asumir una alternativa al dominus, que sería el frater: el ser humano, hombre y mujer, hermanos y hermanas unos de otros y de todos los seres de la naturaleza, por tener todos un origen común, el húmus de la Tierra, por ser portadores del mismo código genético de base y por sentirnos parte de la naturaleza. El tercero, activar el “principio esperanza”, más profundo que la virtud de la esperanza, aquel impulso interior que no conoce tiempo ni espacio y que está presente siempre en el ser humano llevándolo a la indignación contra los desaciertos sociales y al coraje para transformarlos proyectando nuevos mundos, utopías viables y la autosuperación de sí mismo.

Los valores no serán tomados de las grandes narrativas ya ensayadas, la del iluminismo, la del capitalismo y la del socialismo que llevaron a la crisis sistémica actual, y que por tanto no realizaron sus propósitos. Va a beber del propio pozo, en la naturaleza esencial del ser humano. 

Ahí descubre que somos esencialmente seres de relación ilimitada, cuya mejor expresión reside en la amorosidad; seres de solidaridad que en los primeros tiempos de la hominización nos permitió dar el salto de la animalidad a la humanidad; seres de cooperación, pues solamente juntos podemos construir nuestro hábitat que se da en la convivencia, en la sociedad, en las civilizaciones, en una palabra, en el bien-común general; seres de cuidado, pues este define la naturaleza humana, de todos los seres vivos y emerge también como una constante cosmológica: todo existe porque todos los factores se combinaron sutilmente para que irrumpiese la vida, y como sub-capítulo de la vida, la vida humana y el propio universo, que sin el debido cuidado de todos los elementos no habría permitido que estuviésemos aquí escribiendo sobre estas cosas; seres espirituales, capaces de plantear las cuestiones más radicales sobre el por qué de nuestra existencia, absolutamente gratuita, cuál es nuestro lugar en el conjunto de los seres, a qué destino somos llamados y el hecho de intuir que detrás de todo lo que existe y vive subyace una Energía poderosa y amorosa (¿el Vacío cuántico, lEnergía de fondo del universo o el Abismo generador de todo lo que existe?) con la cual podemos relacionarnos con veneración y con silencio reverente.

A partir de estos valores podrá forjarse otro mundo posible y ahora necesario. Lógicamente la travesía de un paradigma a otro no se hará de un día para otro, y no sin grandes dificultades, oposiciones y crisis. Pero no tenemos otra alternativa. Como escribió Eric Hobsbawn en “La era de los extremos” (1995) en su última página: “No sabemos hacia donde estamos yendo. Si la humanidad quiere tener un futuro significativo no puede ser mediante la prolongación de pasado y del presente. Si tratamos de construir el tercer milenio sobre esta base vamos a fracasar. Y el precio del fracaso, o sea, la alternativa al cambio de la sociedad es la oscuridad” (p.562). 

Esto vale especialmente para aquellos que anhelan volver a la antigua normalidad, perversa para la vida de la naturaleza y para la vida humana. Tenemos que cambiar o si no, como dijo el Secretario de la ONU, António Guterres, al abrir los trabajos de la COP26: “Si no actuamos ahora estaremos cavando nuestra propia sepultura”.

El futuro es hoy, como proclamaban las cien mil personas de la COP26 paralela en Glasgow. Si no empezamos ahora a orientarnos por los valores arriba mencionados, estaremos pavimentando el camino para un desastre ecológico-social de proporciones nunca antes habidas. Pero creo y espero, espero y creo que la pulsión de vida, más fuerte que la pulsión de muerte, nos llevará a los cambios necesarios. Viviremos y todavía vamos a brillar.

Leonardo Boff, filósofo y ecoteólogo ha escrito El doloroso parto de la Madre Tierra: una sociedad de fraternidad sin fronteras y de amistad social, Vozes 2020.


Basta de desgracias: el ex juez Moro, candidato

Como si no bastase el horror de la pandemia de Covid-19 que ha producido más de 600 mil víctimas y una crisis generalizada a todos los niveles en nuestro país, tenemos que presenciar ahora el lanzamiento de la candidatura a la presidencia nada menos que del ex juez Sérgio Moro, declarado parcial por el STF.

Él representa la estirpe derechista del Capitán que ha traído la mayor desgracia y vergüenza a nuestro país, por su incompetencia en el trato de la pandemia, porque le falta cualquier indicio de un proyecto nacional, por establecer la mentira como política de Estado, por su absoluta incapacidad para gobernar y por dar claras señales de comportamiento desviado. Miente tan perfectamente que parece verdad la mentira de la cual es consciente. La victoria del Capitán es fruto de un inmenso y bien tramado fraude para suscitar el antipetismo, poniendo la corrupción endémica del país como si fuese cosa exclusiva del PT, cuando sabemos que la del mercado (evasión fiscal de las empresas) es decenas de veces mayor que la política, defendiendo algunos valores de nuestra cultura tradicionalista, ligada a un tipo de familia moralista y a una comprensión deformada de la cuestión de género, alimentando prejuicios contra los indígenas, los afrodescendientes, los quilombolas, los pobres, los homoafectivos, los LGBTI, y divulgando millones de fake news, calumniando con difamación perversa al candidato Fernando Haddad. Informaciones seguras constataron que cerca del 80% de las personas que recibieron tales falsas noticias, las creyeron. 

Detrás del triunfo de esta extrema-derecha, han actuado fuerzas del imperio, particularmente de la CIA y de la Secretaría de Estado de Estados Unidos, como ha sido revelado por varios analistas del área internacional. Ahí también han actuado las clases pudientes, notorios corruptos por evadir mil millones de impuestos anuales, una parte del Ministerio Público, las operaciones del Lava-Jato, teñidas de intención política, para estremecimiento del derecho y de la exención necesaria, parte del STF, ycon expresiva fuerza el oligopolio mediático y la prensa empresarial conservadora, que siempre ha apoyado los golpes y se siente mal con la democracia.

La consecuencia es el actual descalabro sanitario, político, jurídico e institucional. Es falaz decir que las instituciones funcionan. Funcionan selectivamente para algunos. La mayoría de ellas ha estado y está contaminada por motivaciones políticas conservadoras y por el deseo de alejar a Lula y al PT de la escena política, por representar las reivindicaciones de las grandes mayorías explotadas y empobrecidas, colocadas siempre al margen.

La justicia ha sido vergonzosamente parcial, y lo ha sido especialmente por parte del justiciero ex juez federal de primera instancia, ahora candidato, que hizo de todo para meter a Lula en la cárcel, aun sin pruebas materiales para tanto. Él siempre se ha movido no por el sentido del derecho, sino por el law fare (distorsión del derecho para condenar al acusado), por el impulso de rencor y por convicción subjetiva. Se dice que estudió en Harvard. Allí estuvo solo cuatro semanas para en el fondo encubrir el entrenamiento recibido de los órganos de seguridad de Estados Unidos en el uso del law fare. Consiguió impedir que Lula fuese candidato a la presidencia, cuando contaba con la mayoría de las intenciones de voto, y hasta le secuestraron el derecho a votar.

Ahora Moro se presenta como candidato a la presidencia arrebatando al Capitán la bandera del combate contra la corrupción, cuando él se distinguió por actos corruptos y por conchabarse con los grandes contratistas para hacer delaciones forzadas que incriminasen a Lula y a miembros del PT.

La victoria fraudulenta del Capitán (principalmente mediante los millones de fake news) legitimó una cultura de la violencia. Esta ya existía en el país a niveles insoportables (los más de 30 a 40 mil asesinatos anuales), pero ahora se siente legitimada por el discurso de odio que el candidato y ahora presidente sigue alimentando. Tal realidad siniestra ha traído como consecuencia un fuerte desamparo y un angustioso vacío de esperanza.

Este escenario adverso al derecho y a todo lo que es justo y recto ha afectado nuestras mentes y nuestros corazones de forma profunda. Vivimos en un régimen militarizado y de excepción, en tiempo de pos-democracia (R.R. Casara). Ahora es importante rescatar el carácter político-transformador de la esperanza y de la resiliencia, las únicas que nos podrán sostener en el marco de esta crisis sin precedentes en nuestra historia.

Tenemos que superarla, no considerando la situación actual como una tragedia que no tiene remedio, sino como una crisis fundamental que nos obliga a resistir, a aprender de esta escabrosa situación y salir más maduros, experimentados y seguros, también de la pandemia, para definir un nuevo camino más justo, democrático y popular.

Urge aplicar el principio esperanza, que es ese impulso interior que nos lleva a movernos siempre y a proyectar sueños y proyectos viables. Son los que nos permiten sacar sabias lecciones de las dificultades y de los eventuales fracasos y nos hacen más fuertes en la resistencia y la lucha. Recordemos el consejo de Don Quijote: “no podemos aceptar la derrota sin dar antes todas las batallas”. Las daremos y venceremos.

Importa evitar, dentro de la democracia, la continuidad del actual y peor proyecto para el país, trenzado de odio, persecución, negacionismo de la ciencia y de la gravedad letal de la Covid-19, ejecutado actualmente por el Capitán y sus paniguados y, suponemos, prolongado por el ex juez candidato a la presidencia, cuyas características parecen confundirse con las del Innombrable. Esta vez no debemos errar.

*Leonardo Boff ha escrito: Brasil: concluir la refundación o prolongar la dependencia, Vozes 2018.

Traducción de Mª José Gavito Milano