Un manto de tristeza y de desamparo se extiende sobre todo el planeta, especialmente sobre nuestro país. Somos víctimas de un gobierno cuyo jefe de Estado está dominado por una inequívoca pulsión de muerte que lo vuelve insensible a las casi trescientas mil víctimas de la Covid-19, e incapaz de palabras de solidaridad con los familiares y hasta con los auxiliares próximos fallecidos. Parece que hubiera sufrido una lobotomía, volviéndose indiferente al dolor y a la tragedia humana.
El día 19 de marzo se celebra en el mundo cristiano la fiesta de San José. Tuvieron que pasar cerca de 15 siglos para que la gran institución-Iglesia (Papa, obispos y sacerdotes) le concediesen algún valor y sentido. Ella no sabía qué hacer con San José, pues ella es una Iglesia de la palabra y él no dijo ninguna. Guardó siempre silencio y sólo tuvo sueños. Como los psicoanalistas nos enseñan, el sueño es también una forma de comunicación de las dimensiones de la profundidad humana, de los arquetipos más ancestrales donde anidan los “Grandes Sueños” (C.G.Jung), los miedos, las preocupaciones y esperanzas de la existencia humana. Sólo en 1870 fue proclamado Patrono de la Iglesia Universal, no por el Papa Pío IX sino por la Congregación de Ritos.
A decir verdad, él es más patrono de la Iglesia-pueblo-de-Dios, de los humildes, de los anónimos, de la “gente buena” trabajadora que de la Iglesia-gran-institución. Aquellos son los que viven, sin mucha reflexión, los ideales de su hijo Jesús de buena voluntad, de amor, de solidaridad y de reverencia ante el misterio de la vida y de la muerte. Ellos dieron el nombre de José a hombres y también a mujeres (como por ejemplo, María José, la traductora de mis textos al espanol), a ciudades, a calles, a instituciones públicas y a escuelas.
El Papa Francisco convocó a los fieles para reflexionar durante todo este año sobre larelevancia de la figura de San José, especialmente como padre en una sociedad sinpadre o con padre ausente. Publicó una Carta Apostólica “Patris corde” (corazón de padre o padre de corazón) en la cual delinea en siete rasgos sus principales características: “un padre amable, padre de ternura, padre de obediencia, padre de acogida, padre de valor creativo, padre trabajador y padre en la sombra”.
En el contexto actual cabe recordar una devoción muy popular, la de San José, patrono de la buena muerte, ya que la muerte se extiende por el mundo y en Brasil, junto con Estados Unidos, está haciendo el mayor número de víctimas.
Las informaciones sobre la muerte de San José se encuentran solo en un evangelio apócrifo (no canónico) “La historia de José, el carpintero” escrito entre los siglos IV yV en Egipto (edición de Vozes de 1990). Se trata de una larga narración en la cual Jesús cuenta a los Apóstoles cómo era su padre José y cómo murió.
El apócrifo contextualiza su vida y su muerte, testimoniando que al volver del exilio forzado en Egipto, fue a vivir en Nazaret, donde “mi padre José, el anciano bendito, siguió ejerciendo la profesión de carpintero y, así, con el trabajo de sus manos, pudimos mantenernos; nunca jamás se podrá decir que comió su pan sin trabajar” (capítulo IX). Narra también que “yo llamaba a María, mi madre y a José, mi padre; les obedecía en todo lo que me ordenaban, sin permitirme replicarles ni una palabra; al contrario, les dedicaba siempre gran cariño”(c. XI).
Pero llegó un momento, ya en edad avanzada, que José enfermó: “perdió las ganas de comer y de beber, y sintió vacilar su habilidad en el desempeño de su oficio” (c.XV). Narra con pormenores que, echado en la cama, “se puso extremadamente agitado” y empezó a quejarse, profiriendo muchos ayes (c. XV e XVI). A oir tales ayes Jesús dice: “entré en el aposento en que se encontraba y lo saludé: salve, José, mi querido padre, anciano bondadoso y bendito”. A lo que José respondió: “Salve, mil veces, querido hijo! Al oír tu voz, mi alma recobró su tranquilidad (c.XVII).
No mucho después ocurrió el desenlace: “mi padre exhaló su alma con un gran suspiro” (c.XXI). Y concluye: “entonces yo me eché sobre el cuerpo de mi padre José; cerré sus ojos, cerré su boca y me levanté para contemplarlo” (c.XXIV). En el momento en que era llevado al túmulo, comenta Jesús: “Me vino a la mente el recuerdo del día en que me llevó a Egipto y las grandes tribulaciones que soportó por mí. No me contuve, me lancé sobre su cuerpo y lloré largamente” (c.XXVII).
Al final, terminando su narración, Jesús hace una petición a los apóstoles: “Cuandoseáis revestidos de mi fuerza y recibáis el Soplo de mi Padre, es decir, del EspírituParáclito y seáis enviados a predicar el evangelio, predicad también sobre mi querido padre José” (c.XXX).
Con esta pequeña reflexión estamos cumpliendo el mandato de Jesús. Ojalá San José acompañe con su fuerza y su cariño paterno a los miles de personas que están en las UCIs luchando por sus vidas, contra este terrible ataque que la Madre Tierra halanzado contra la humanidad, mandándonos la Covid-19 como señal: no prolonguenel estilo de vida consumista y devastador de los bienes y servicios limitados de la naturaleza; asuman un nuevo modo sostenible de vida y establezcan un lazo de amor y de respeto con la naturaleza y con todos sus seres, nuestros hermanos y hermanas, dentro de la Casa Común, el planeta Tierra, nuestra grande y bondadosa madre.
*Leonardo Boff ha escrito San José: el padre, el artesano y el educador, Vozes 2012
Um manto de tristeza e de desamparo se estende sobre o inteiro planeta, especialmente, sobre o nosso país. Somos vítimas de um governo cujo chefe de Estado é dominado por uma inequívoca pulsão de morte que o torna insensível aos trezentos mil vitimados pelo Covid-19 e incapaz de palavras de solidariedade aos familiares e até aos auxiliares próximos falecidos. Parece que sofreu uma lobotomia, tornando-se indiferente à dor e à tragédia humana.
Hoje, dia 19 de março, se celebra no mundo cristão a festa de São José. Demorou cerca de 15 séculos para a Grande Instituição-Igreja (Papa, bispos e padres) conceder-lhe algum valor e sentido. Ela não sabia o que fazer com São José, pois ela é uma Igreja da palavra e ele não proferiu nenhuma. Guardou sempre silêncio e só teve sonhos. Como nos ensinam os psicanalistas, o sonho também é uma forma de comunicação, das dimensões do profundo humano, dos arquétipos mais ancestrais onde se aninham os “Grandes Sonhos”(C.G.Jung), os medos, as preocupações e esperanças da humana existência.Só em 1870 foi proclamado Patrono da Igreja Universal, não pelo Papa Pio IX mas pela Congregação dos Ritos.
Na verdade, ele é mais o patrono da Igreja-povo-de-Deus, dos humildes, dos anônimos, da “gente boa” e trabalhadora do que da Igreja-Grande-Instituição. São eles que vivem, sem muita reflexão, os ideais de seu filho Jesus, de boa vontade, de amor, de solidariedade e de reverência face ao mistério da vida e da morte. Eles deram o nome de José a homens e à mulheres (com por exemplo, Maria José), à cidades, à ruas, à instituições públicas e à escolas.
O Papa Francisco convocou os fiéis para, durante um ano, refletirem sobre a relevância da figura de São José, especialmente como pai numa sociedade sem pai ou do pai ausente. Publicou uma Carta Apostólica “Patris corde” (coração de pai ou pai de coração) na qual em sete pontos delineia suas principais características:“um pai amável, pai de ternura, pai de obediência, pai de acolhida, pai de coragem criativa, pai trabalhador e pai na sombra”.
No atual contexto, cabe recordar uma devoção muito popular, a de São José, padroeiro da boa morte, já que a morte se alastra no mundo e no Brasil faz as maiores vítimas junto com os EUA.
As informações sobre a morte de São José se encontram apenas num evangelho apócrifo (não canônico) “A história de José, o carpinteiro” escrito entre o século IV e V no Egito (edição da Vozes de 1990). Trata de uma longa narração na qual Jesus conta aos apóstolos como era seu pai José e como morreu.
O apócrifo contextualiza sua vida e sua morte, testemunhando que, ao voltar exílio forçado no Egito, foi viver em Nazaré, onde “meu pai José, o ancião bendito, continuou exercendo a profissão de carpinteiro e, assim com o trabalho de suas mãos, pudemos nos manter; jamais se poderá dizer que comeu seu pão sem trabalhar” (capítulo IX). Narra ainda que “eu chamava a Maria de minha mãe e a José de meu pai; obedecia-lhes em tudo o que me ordenavam, sem me permitir replicar-lhes uma palavra; ao contrário, dedicava-lhes sempre grande carinho”(c. XI).
Mas chegou um momento, já em avançada idade, que adoeceu:”perdeu a vontade de comer e de beber; e sentiu vacilar a habilidade no desempenho de seu ofício”(c.XV). Narra com pormenores que, deitado na cama, “ficou extremamente agitado” e começou a se lamentar proferindo muitos ais (c. XV e XVI). Ao ouvir tais ais Jesus “penetrou no aposento em que se encontrava e saudou-o: salve, José, meu querido pai, ancião bondoso e bendito”. Ao que José retrucou:”Salve, mil vezes, querido filho! Ao ouvir tua voz, minha alma cobrou a sua tranquilidade (c.XVII).
Não demorou muito e ocorreu o desenlace:”meu pai exalou sua alma com um grande suspiro”(c.XXI). E conclui: “eu então, me atirei sobre o corpo de meu pai José; fechei seus olhos, cerrei sua boca e levantei-me para contemplá-lo”(c..XXIV). No momento em que é levado ao túmulo, comenta Jesus:”Veio-me à mente a recordação do dia em que me levou ao Egito e das grandes tribulações que suportou por mim. Não me contive e lancei-me sobre seu corpo e chorei longamente”(c.XXVII).
Por fim, Jesus terminando sua narrativa, faz um pedido aos apóstolos:”Quando fordes revestidos de minha força e receberdes o Sopro de meu Pai, isto é, do Espírito Paráclito e fordes enviados a pregar o evangelho, pregai também a respeito de meu querido pai José”(c.XXX).
Com esta pequena reflexão estamos cumprindo o mandato de Jesus. Oxalá São José acompanhe com sua força e carinho paterno os milhares que estão nas UTIs lutando por suas vidas, contra este terrível ataque que a Mãe Terra desferiu contra a humanidade, mandando-nos o Covid-19 como sinal: não prolonguem o estilo de vida consumista e devastador dos bens e serviços limitados da natureza; assumam um novo modo sustentável de vida e estabeleçam um laço de amor e de respeito para com a natureza e para com todos os seus seres, nossos irmãos e irmãs, dentro da Casa Comum, o planeta Terra, nossa grande e bondosa Mãe.
Leonardo Boff escreveu São José: o pai, o artesão e o educador, Vozes 2012.
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A intrusão do coronavírus desde 2019, afetando pela primeira vez todo o planeta e cada uma das pessoas, não nossos animais domésticos como gatos e cachorros, tem um significado que é importante decifrar. Nada na natureza e em Gaia, nossa Mãe Terra, é sem propósito.
Que lição devemos aprender com esta pandemia? Para isso, não basta falar em ciência, tecnologia e todos os outros insumos. Mas devemos nos perguntar qual é o contexto do vírus? Ele não pode ser considerado isoladamente. É preciso identificar as condições que permitiram sua irrupção e sua devastação da espécie humana.
O Antropoceno e o Necroceno como contexto do Covid-19
O contexto da irrupção do Covid-19 reside no Antropoceno e no Necroceno. Em outras palavras, o motivo é a agressão sistemática que os seres humanos exercem contra a natureza e a Mãe Terra. Como muitos cientistas afirmaram: inauguramos uma nova era geológica: o Antropoceno. Ou seja, a grande ameaça à vida e até mesmo à vitalidade da Terra não se deve a um meteoro rasante que caiu no planeta, mas a nós, seres humanos.
Como não possuímos nenhum órgão especializado que garanta nossa subsistência – somos um ser biologicamente deficiente (Mangelwesen do antropólogo Arnold Gehlen) e também pelo fato não termos um habitat específico, temos que trabalhar a natureza e assim criar nosso oikos (casa,habitat) de modo a assegurar nossa existência e subsistência.
Nesse processo que criar nosso habitat,trabalhando a natureza, identificamos várias etapas.Nas primeiras fases da antropogênese, há milhões de anos, o ser humano teve uma relação para com a natureza de interação harmoniosa, respeitando seus ritmos. Mais tarde no neolítico, há cerca de 10-12 mil anos, passou a uma relação de intervenção, com a gestão da água, com a irrigação e as culturas agrícolas e de animais, já rompendo a sinergia com a dinâmica da natureza; Depois, na era industrial, passou-se à agressão direta, explorando a natureza sem considerar suas possibilidades e limites, com a falsa premissa de que os recursos naturais são infinitos que permitiriam um desenvolvimento igualmente infinito. No entanto, uma Terra com bens e serviços finitos não suporta um projeto infinito. Apesar disso, continuamos a desconsiderar tais limites, querendo extrair da Terra o que ela já não pode mais nos dar (a Sobrecarga da Terra, o Overshoot).Esse processo de superexploração nos levou à fase atual de destruição da natureza. Não é mais o Antropoceno, mas o Necroceno, ou seja, a devastação massiva de formas de vida.
Estes são os dados aterrorizantes fornecidos por Edward Wilson, um dos maiores biólogos atuais: a cada ano, cerca de 100 mil espécies de seres vivos desaparecem, após milhões e milhões de anos de presença no planeta. Um milhão de outras espécies também correm grande risco de desaparecerem.
Aqui reside a causa da intrusão do coronavírus: a relação agressiva e danosa do ser humano com seu meio vital, destruindo as bases físicas, químicas, ecológicas que sustentam a vida. Por isso é válida a afirmação da Laudato Si do Papa Francisco: “Nunca maltratamos e prejudicamos a nossa casa comum como nos últimos dois séculos” (n.53). E continua: “As previsões catastróficas não podem mais ser vistas com desprezo e ironia … ultrapassamos as possibilidades do planeta, de tal forma que o atual estilo de vida insustentável só pode terminar em catástrofe”(n.161). Na outra encíclica Fratelli tutti que é um aprofundamento do Laudato Si, ele enfaticamente afirma “Estamos no mesmo barco: ou não salvamos todos ou ninguém salva”(n.32). Por isso, cobra “uma conversão ecológica radical” (n.5).
Na mesma direção vai a Carta da Terra de 2003, um dos documentos mais importantes nascidos de baixo, a partir de uma consulta a milhares de pessoas de todas as partes do mundo e de todas as classes sociais e assumida pela UNESCO como uma contribuição para uma nova educação, que afirma em seu primeiro parágrafo: “Estamos diante de um momento crítico na história da Terra, numa época em que a humanidade deve escolher seu futuro… Nossa escolha é: ou formamos uma aliança global para cuidar da Terra e uns dos outros, ou arriscamos nossa destruição e a destruição da diversidade da vida”.
Para encerrar esse cenário ameaçador convém citar a última frase de um dos maiores historiadores do século XX, o inglês Eric Hobsbawn, em seu conhecido livro-síntese “A era dos extremos” (1994). «O futuro não pode ser a continuação do passado … O nosso mundo está em perigo de explosão e implosão … Não sabemos para onde vamos. No entanto, uma coisa é certa: se a humanidade deseja um futuro que valha a pena, não pode se basear no prolongamento do passado ou do presente. Se tentarmos construir o terceiro milênio nesta base, falharemos. E o preço do fracasso, isto é, da alternativa à mudança da sociedade, é a escuridão »(p.562). Em outra parte do livro, ele fala sobre nossa autodestruição.
O que nos está salvando diante da intrusão do Covid-19
Como se há de interpretar o Covid-19 neste contexto dramático? Ele representa um sinal enviado pela Mãe Terra para nos dizer:”vocês não podem mais continuar com essa agressão e com esse espírito de destruição contra mim, caso contrário lhes enviarei severos e danosos sinais”. O Covid-19 é um contra-ataque da Terra contra o tipo de civilização humana que criamos, que implica uma perigosa devastação do sistema da vida e do sistema da Terra. Caso não mudarmos, poderemos ir ao encontro do pior ou de um caminho sem retorno.
Por outro lado, ficou claro: o que nos está salvando não são os mantras do sistema vigente: o lucro ilimitado, a competição desenfreada,o individualismo generalizado, a exploração feroz dos bens e serviços da natureza, o Estado mínimo e o mercado acima da sociedade.
O que nos está salvando são os valores ausentes ou vividos apenas privadamente na cultura do capital: a vida em sua centralidade, a solidariedade, a interdependência de todos com todos, o cuidado uns dos outros e da natureza, um Estado suficientemente apetrechado para atender às demandas humanas e da sociedade dos humanos e não das mercadorias. Todos esses valores são aqueles que não fazem humanos enquanto humanos. Na encíclica recente Fratelli tutti esses valores são universalizados com alternativa ao paradigma vigente.
A partir deste quadro dramático coloca-se claramente a questão: Como deve ser nossa educação diante desses desafios, radicalizados pela presença letal do coronavírus? Podemos continuar como antes? O pior que nos pode acontecer é voltar à situação anterior, com uma dupla e perversa injustiça: uma ecológica com a devastação dos ecossistemas e com as ameaças que pesam sobre o nosso futuro, e outra social por um pequeno grupo que controla quase toda a riqueza e os fluxos financeiros fazendo com que grande parte da humanidade viva na pobreza até na miséria, morrendo antes do tempo. A consequência lógica é que temos que mudar se quisermos sobreviver. Ou então, dar razão a Sigmunt Bauman que nos advertiu pouco antes de sua morte: “ou damo-nos as mãos e todos colaboramos ou então vamos aumentar o cortejo daqueles que caminham na direção de seu própria sepultura”.
A nova situação da humanidade desafia a educação
Se isso for verdade, significa que nossa educação deve assumir também mudanças e novas diretrizes, princípios e valores para estar à altura dos desafios do momento presente. A Carta da Terra diz bem: “Como nunca antes na história, o destino comum nos conclama a buscar um novo começo” (Conclusão). Repare-se: não se fala simplesmente em melhorar, mas em buscar um novo começo. “Isso requer” – continua a Carta da Terra, na mesma linha da Laudato Si e Fratelli tutti ”mudanças na mente e no coração; requer um novo sentido de interdependência global e responsabilidade universal … só assim chegaremos a um modo de vida sustentável (note-se não se diz um desenvolvimento sustentável, mas um modo de vida sustentável) a nível local, nacional, níveis regional e global ”.
O que significa mudar de mente? É ver a Terra, não como um baú de recursos para nosso uso e desfrute, mas como um super-organismo vivo que organiza sistemicamente todos os fatores para se manter vivo e produzir permanentemente vida a toda a comunidade da vida. É a Mãe Terra, conforme foi decidido pela ONU em importante sessão de 22 de abril de 2009: este dia já não é mais o Dia da Terra, mas o Dia da Mãe Terra, uma mãe que devemos tratar com amor, carinho e com cuidado.
O que significa mudar seu coração? Significa, como bem diz Laudato Si: “escutar ao mesmo tempo o grito da Terra e o grito dos pobres” (n.49). Não basta a razão instrumental-analítica,fria e calculista; é preciso sentir no coração a realidade circundante; é preciso “ter ternura, compaixão e preocupação pelos seres humanos” (n.91) e por todos os seres, “como o sol, a lua, o cedro e a florzinha, a águia e o pardal e outros seres”(n.86).
O que significa ter um novo senso de interdependência global? A Laudato Si esclarece belamente:” Tudo está relacionado e todos os seres humanos estão juntos como irmãos e irmãs em uma peregrinação maravilhosa que une também com ternura afeição o irmão sol, a irmã lua, o irmão rio e a mãe terra (n.92). A afirmação básica da física quântica é: tudo é relação; nada existe fora do relação porque todos estão relacionados uns com os outros em todos os momentos e circunstâncias. O universo não é feito pelo conjunto dos corpos celestes, mas pelo tecido das relações que eles mantêm entre si.
O que significa nutrir uma responsabilidade universal? Para a Laudato Si significa “a consciência amorosa de não estar desligado das outras criaturas, de formar com os outros seres do universo uma preciosa comunhão universal … é sentir que precisamos uns dos outros, que temos uma responsabilidade pelos outros e pelo mundo ”(nº 229). Terra e humanidade têm o mesmo destino comum que pode ser bem-aventurado ou trágico, dependendo das práticas dos seres humanos.
Tudo isso tem a ver com o tipo de educação que deve ser desenvolvida, enriquecida e reinventada para ajudar a criar um mundo necessário e não só possível, no qual coexistam os diversos mundos culturais, com seus valores, tradições e caminhos espirituais, na mesma e a única Casa Comum, a natureza incluída.
Jacques Delors, anos atrás, então secretário geral da UNESCO propôs alguns marcos para a educação no século 21. Ele dizia que “é preciso aprender a conhecer, aprender a pensar, aprender a fazer, aprender a ser e aprender a conviver”. Tudo isso é irrenunciável. Mas temos que ir mais longe em face dos desafios que nos são apresentados pela realidade global profundamente mudada.
Como dizia a filósofa Hannah Arendt:”podemos nos informar ao longo e toda vida sem nunca nos educar”, ou seja, não basta acumular informações. Hoje praticamente tudo se encontra no Google. Temos que nos educar com esssas informações para sermos mais humanos, mais sensíveis, mais fraternos e cuidadosos para com todas as coisas e garantir um futuro bom para todos, para a nossa civilização, para a vida e, portanto, para a Mãe Terra.
Marcos para uma educação adequada para o tempo atual
Alguns pontos são importantes e decisivos para uma educação adequada à situação da humanidade e da Terra. Não é o lugar aqui para aprofundá-los, mas para colocá-los como um desafio à reflexão.
O primeiro é o resgate da razão cordial ou sensível. Somos seres fundamentalmente de sensibilidade mais do que de racionalidade. É por isso que devemos desenvolver, como diz LaudatoSsi, “uma paixão pelo cuidado do mundo, uma mística que nos encoraje, que dê ânimo e sentido à ação pessoal e comunitária” (n. 216).Ajudam-nos as reflexões que estão sendo feitas atualmente sobre o resgate desta dimensão cordial que enriquecerá a inteligência racional (cf.o meu Os direitos do coração, Paulus 2015).
Em segundo lugar, sentir-se parte viva e consciente da natureza, criando laços de amor, afeto, comunhão e cuidado com cada ser da natureza: não queimar nada, não derrubar florestas, não poluir o ar e os solos, permitir a regeneração da natureza dando-lhe descanso e cuidado. Nisso os povos originários são nossos mestres, pois sentem-se parte da natureza e a tratam com reverência e sumo cuidado.
Em terceiro lugar, aprender a conviver com a diversidade. Através da mídia global, entramos em contato com inumeráveis culturas e valores humanos diferentes que vão além dos nossos da cultura ocidental. Então: não permitir que as diferenças se transformem em desigualdades, mas entender que podemos ser humanos de maneiras diferentes e aceitá-las, como válidas e não apenas tolerá-las. Assim, podemos aprender uns dos outros e construir uma verdadeira fraternidade sem fronteiras. Como se canta entre nós: “a alma não tem fronteira, nenhuma vida é estrangeira”.
Em quarto lugar é incorporar uma ética do cuidado necessário. O cuidado pertence à essência da vida e principalmente do ser humano. Sem cuidado, não sobrevivemos (veja-se o meu Saber cuidar, Vozes 1999 e O cuidado necessário, 2013) Tudo o que amamos, nós também cuidamos e tudo o que cuidamos, também amamos. O cuidado deve ser incorporado não como um ato, mas como uma atitude fundamental em todas as áreas da vida, cuidando de si, do outro, do nosso espírito, do tipo de sociedade que queremos, cuidando dos ecossistemas, cuidando da Mãe Terra.
Finalmente, desenvolver uma dimensão espiritual da vida. Vivemos dentro de uma cultura que cultiva excessivamente os valores materiais para o consumo humano. Pouco desenvolvemos o que é especificamente humano: a nossa dimensão espiritual, feita de valores intangíveis mas que são essenciais como o amor incondicional, a solidariedade, a compaixão, a capacidade de perdão e reconciliação, a abertura ao sagrado da natureza, a Deus que está continuamente criando e sustentando tudo. O ser humano pode abrir-se a esta dimensão e acolher de forma consciente o Ser que faz ser todos os seres. O resultado é que nos tornamos mais humanos, mais sensíveis, mais solidários, mais comprometidos com a salvaguarda da vida e da justiça especialmente dos mais empobrecidos e feitos injustamente invisíveis, sentindo-nos filhos e filhas da Mãe Terra e irmãos e irmãs de todos os outros humanos. Igualmente de todos os seres da criação.
Tudo começa com a educação. Sua tarefa essencial é construir a identidade do ser humano e hoje reinventá-la para poder enfrentar os desafios colocados pelas mudanças na própria Terra e na humanidade globalizada. Como disse o grande educador Paulo Freire: “A educação não muda o mundo. A educação muda as pessoas que vão mudar o mundo ”.
Este é o desafio de toda educação: transformar as pessoas e o mundo a salvar. Para isso temos que cultivar a esperança profundamente descrita na Fratelli tutti: “uma realidade enraizada no profundo do ser humano, independentemente das circunstâncias concretas e dos condicionamentos históricos em que vive” que nos permite sonhar com outros mundos e formas sociais (n.55).
São inspiradoras as palavras finais do Papa Francisco na Laudato Si: “Irmãos e irmãs, caminhemos cantando; que nossas lutas e nossa preocupação com este planeta não tirem a alegria da esperança ”(n. 244).
Esta foi um palestra ministrada em espanhol via internet aos Irmãos Maristas de Compostela da Espanha e de Portugal no dia 16/03/2021 tendo como referência a ecologia integral da encíclica Laudato Si do Papa Francisco.
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La figura del francescano francese Éloi Leclerc, autore del best-seller “La sapienza di un povero”, morto nel 2016 all’età di 95 anni nella casa di riposo delle Piccole Sorelle dei Poveri a Saint-Servan, in Francia, è evocata da Leonardo Boff, il più grande teologo brasiliano, in un saggio sulla fraternità umana nell’ottica dell’enciclica Fratelli tutti di Papa Francesco, ospitato da RaiNews nel blog Confini di Pierluigi Mele.
Nel testo, Boff propone una vera e propria etica della fraternità universale. È l’utopia di Francesco d’Assisi, di cui frate Éloi si è fatto cantore sino agli ultimi giorni della sua vita, che è stata come spezzata in due parti ben distinte: una prima, quella della giovinezza e della formazione francescana, culminata nell’esperienza del dolore e della crudeltà, con l’internamento nei lager tedeschi sino alla fine della guerra; la seconda totalmente consacrata alla testimonianza di un mondo diverso, che nasce dal riconoscere la bontà originaria della creazione di Dio: un riconoscimento che diventa chiamata per l’uomo ad accogliere la fraternità che gli è donata e che chiede di essere accolta con gratitudine. La seconda parte della riflessione di Boff sarà pubblicata nei prossimi giorni sempre dal blog Confini. Di seguito le prime pagine del saggio di Boff
Il tema della fraternità universale è stata la preoccupazione insistente di uno dei migliori conoscitori degli ideali di Francesco di Assisi: il francese Eloi Leclerc in molte delle sue opere, specialmente nella “Saggezza di un povero” (Parigi 1959) e “Il Sole nasce ad Assisi” (Parigi 1999). Non parla in modo teorico ma da una terrificante esperienza personale. Giovane frate francese, anche se non ebreo, fu portato in Germania precipitando nell’inferno dei campi di sterminio nazisti a Buchenwald e Dachau. Ha conosciuto la banalità del male, le uccisioni compiute dalle SS per il semplice gusto di uccidere, le torture e le umiliazioni che segnavano la sua anima come ferro rovente.
Dopo la Shoah è possibile la fraternità umana?
Scosso nella fede nell’essere umano e dubitando dell’intero ideale di una fraternità umana, cercò disperatamente un raggio di luce che provenisse dal nulla. Anche dopo la sua liberazione per opera degli Alleati nel 1945, iniziò ad avere paura di ogni essere umano. Confessa: “di notte, mi svegliavo di soprassalto, il sudore colava e la mia anima si riempiva di paura; quelle immagini di orrore ritornavano sempre e mi perseguitavano; non potevo cancellarle” (p.33). E continua: “Che il Signore mi perdoni, se a volte di notte, questo vecchio che sono diventato, alza gli occhi inquieti al cielo, cercando un poco di luce” (p.31).
Caricava dentro di se i carnefici nazisti che lo perseguitavano e li suscitavano terrificanti domande sul destino umano e la sua capacità di distruggere vite indifese. Lo stesso trauma, più che psicologico, che invade e distrugge ogni essere umano dentro e fuori, è stato vissuto dal domenicano brasiliano padre Tito Alencar, che è stato barbaramente torturato dal delegato di polizia Fleury. Ha interiorizzato la sua immagine perversa in una forma tale da sentirsi sempre perseguitato da lui fino a quando, non sopportandolo più, ha posto fine alla sua vita, preferendo morire piuttosto che vivere una tortura permanente. Questa terribile esperienza è stata vissuta anche da padre Eloi Leclerc che, dopo una lunga e dolorosa riflessione, ci ha donato una piccola luce tremula indicando la possibilità di una fraternità universale, ispirata nei poverelli di Assisi.
In mezzo all’agonia: il Cantico delle Creature
È stato l’incontro con questa figura e con il suo esempio che ha fatto sì che alcuni raggi di sole apparissero nella sua anima ossessionata, facendogli sopportare le immagini dell’inferno umano. Narra di un fatto misterioso accaduto sul treno scoperto e carico di prigionieri che per 28 giorni da Buchenwald viaggiò da un luogo a un altro fino a fermarsi a Dachau, alla periferia di Monaco. C’erano tre confratelli, uno dei quali agonizzante. Nel mezzo dell’inferno irruppe qualcosa dal cielo. Senza sapere perché, mossi da un impulso superiore, iniziarono a cantare con voci quasi impercettibili il Cantico delle Creature di San Francesco. La fitta oscurità non poteva impedire la luce del Signore e del fratello Sole e la generosità della madre e della signora Terra. Nel Cantico si celebrano l’incontro dell’ecologia interiore con l’ecologia esteriore e il rapporto tra Cielo e Terra, da cui nascono tutte le cose. La domanda che sempre attraversava la sua gola: è possibile la fraternità tra gli esseri umani e con gli altri esseri della creazione? Questa esperienza tra agonia e abbaglio non potrebbe contenere un’eventuale risposta piena di speranza? Almeno si è aperto un tremulo lampo. Tale shock esistenziale lo motivò a studiare e ad approfondire quella che sarebbe stata la singolarità di questa figura assolutamente eccezionale nell’insieme delle agiografie.
La scoperta della fraternità nel volto del Crocifisso
Leclerc descrive, allora, il processo di costruzione della fraternità universale nella storia di Francesco di Assisi. Figlio di un ricco mercante di stoffe, considerato il re della gioventù dorata della città che viveva di feste e abbuffate, cominciò improvvisamente a rendersi conto della futilità di quella vita. Passava ore nella cappella di San Damiano, contemplando il volto dolce e tenero di un crocifisso bizantino. Qualcosa di simile faceva Dostoievsky: una volta l’anno viaggiava fino a Dresda in Germania per contemplare in una chiesa, per ore, la bellezza di un quadro di Maria straordinariamente sbalorditivo. Aveva bisogno di questa contemplazione per placare la sua anima tormentata. Nel romanzo I fratelli Karamasov ha lasciato questa frase stimolante: “la bellezza salverà il mondo”.
Così fu la dolcezza e lo sguardo misericordioso del Cristo bizantino che, similmente a Dostoevskij, conquistò quel giovane in profonda crisi esistenziale, cambiando il destino della sua vita. Lo convinse la fede nel Creatore che creò una fraternità fondamentale, facendo sì che tutti gli esseri, piccoli e grandi, inclusi gli umani e lo stesso Gesù di Nazareth, fossero tutti originati dalla polvere, dall’humus della Terra. Tutti hanno la stessa origine, formano una fraternità terrena.
In questo contesto di umiltà vale la pena ricordare ciò che San Paolo scriveva ai lettori della sua lettera agli Efesini: “Abbiate gli stessi sentimenti che aveva Cristo. Essendo Dio, non faceva caso alla sua condizione divina; si fece ultimo e assunse la condizione di servo per solidarietà con gli esseri umani; si presentò come un uomo semplice; si umiliò obbedientemente fino alla fine e alla morte in croce” (la più umiliante delle pene imposte ai sovversivi: Flp 2,5-8).
Alla luce di queste intuizioni, Francesco dimenticò la sua condizione di figlio di un ricco mercante, scoprì l’origine comune di tutti gli esseri, dalla polvere della terra, dal suo humus e contemplò l’umiltà di Cristo ritratto nel sereno e dolce volto del crocifisso bizantino. Siccome era concreto e risoluto in tutto ciò che si proponeva, ne trasse subito una conclusione: mi unirò solidariamente a coloro che sono più vicini al Crocifisso: i lebbrosi e con loro vivrò quello che ci fa, per la creazione, fratelli e sorelle e creerò una fraternità radicale con loro. Confessa nel suo testamento: “quella che prima mi sembrava amarezza ora emerge come dolcezza”. Conosciamo il resto della saga del Sole di Assisi come la chiama Dante nella Divina Commedia.
Tuttavia, Eloi Leclerc non si accontentò con l’esperienza illuminante del Cantico delle Creature. Una domanda angosciante non gli dava tranquillità: qual è l’ostacolo maggiore che impedisce la fraternità umana e con tutte le creature? Quale energia perversa è questa che produce i massacri e l’eliminazione sommaria di persone, considerate inferiori o subumane, come avvenne nei campi di sterminio? È giunto a questa conclusione: è la volontà di potenza.
Dove predomina il potere, non c’è né amore né tenerezza
Come aveva già percepito C.G. Jung, questa volontà di potenza costituisce l’archetipo più pericoloso dell’essere umano, perché gli dà l’illusione di essere come Dio, disponendo a suo piacimento della vita e della morte degli altri. E concludeva: “dove predomina il potere non c’è tenerezza né amore”. Quando diventa assoluto, il potere si rivela micidiale ed elimina tutti quelli che fanno sentire un’altra voce (p.30). Ora, le nostre società storiche (con l’eccezione dei popoli originari) sono strutturate intorno alla volontà del potere-dominio e di sottomissione di tutto ciò che si presenta: l’altro, i popoli, la natura e la vita stessa. Egli introduce la grande divisione tra quelli che hanno potere e quelli che non l’hanno.
Finché prevarrà il potere-dominio come asse strutturante di tutto, non ci sarà mai fraternità tra gli esseri umani e con il creato. Poiché quest’archetipo è umano, è latente dentro ciascuno di noi. In noi si nascondono un Hitler, uno Stalin, un Pinochet e un Bolsonaro. Lo stesso Leclerc confessa: “Mi sono sentito risvegliare in me stesso, la bestia assetata di vendetta” (p.32). Dobbiamo mettere sotto un severo controllo questa figura funesta che vive in noi, se vogliamo mantenere la nostra umanità. Se ci consegniamo alla seduzione del potere-dominio, rompiamo tutti i legami e l’indifferenza, l’odio e la barbarie possono occupare l’intero spazio della coscienza, come sta accadendo in diversi paesi del mondo, specialmente tra noi in Brasile. Allora emergono le sinistre figure, persino necrofile, menzionate.
Questo fatto drammatizza ulteriormente la domanda audacemente proposta da Papa Francesco in Fratelli tutti: l’urgenza della fraternità universale e dell’amore senza frontiere. Saranno possibili o costituiscono una mera e santa ingenuità? O forse sia un appello tra disperante e speranzoso, comprensibile di fronte a quanto più volte ripetuto da Papa Francesco: “O ci salviamo tutti o nessuno si salva”. Può darsi che ci sia offerta dalla Terra stessa, chissà, dall’universo stesso, una definitiva chance: o cambiamo e così ci salveremo o la Terra continuerà a girare intorno al sole, ma senza di noi.
Due anni fa, nel febbraio 2019, Papa Francesco, in visita negli Emirati Arabi Uniti, firmò ad Abu Dahbi un importante documento con il Grande Imam Al Azhar Amad Al-Tayyeb “Sulla fraternità umana in favore della pace e della comune convivenza”. In seguito, l’ONU ha stabilito il 4 febbraio come la Giornata della fraternità umana.
Sono tutti sforzi generosi che mirano, se non a eliminare, almeno a minimizzare le profonde divisioni che prevalgono nell’umanità. Aspirare a una fraternità universale sembra essere un sogno lontano, ma sempre desiderato.