El llanto de nuestras madres en plena Covid-19 y el llanto de la Madre de Dios

Son muchas las madres que lloran a sus hijos e hijas arrebatados por la Covid-19. El llanto de nuestras madres remite al llanto de María que acompañó a su hijo Jesús hasta el pie de la cruz (Jn 19,25).

Llega un soldado y perfora el costado y el corazón de Jesús. Dos conocidos suyos, cuya solidaridad superó el miedo, José de Arimatea y Nicodemo, desprenden su cuerpo de la cruz. Lo ungen y lo envuelven en vendas de lino con aromas. María recibe ahora en sus brazos el cuerpo del hijo herido y mutilado. La serenidad singular de su semblante pálido transfigura las llagas

El cuerpo estigmatizado recupera una rara hermosura. 

Mientras lo acaricia, María llora, y sollozando, dice:

Hijo mío, Hijo del alma, ¿qué te han hecho? 

Tú les anunciaste una gran liberación y ¡mira qué suerte te impusieron!

Tú curaste a tantos con tus manos ¡y cómo te traspasaron!

Hijo mío, Hijo de mi alma, ¿qué te han hecho? 

Tú restituiste la vida a tantos ¡y tantos se unieron para quitarte la vida!

Tú viviste haciendo el bien, solo el bien, ¡y mira el mal que te causaron! 

Hijo mío, Hijo de mi alma, ¿qué te han hecho? 

¿Qué más debías haberles hecho que no hiciste? 

¿No les diste el cuerpo, las túnicas y la vida? ¡Y ellos te levantaron en una cruz! 

¿Qué más debías haberles hecho que no hiciste? 

¿No les diste toda tu sangre? ¡Y ellos te perforaron el corazón

Hijo mío, Hijo de mi alma, cumpliste la voluntad del Padre que quería tu fidelidad hasta el fin: 

porque nunca te acomodaste a este mundo; porque no quisiste lo poco sino todo: el Reino de tu Padre, hecho de amor, de justicia y de fraternidad.

Descansa, Hijo mío, porque tu Padre por tu vida, por tu entrega y por tu muerte ya se apiadó y ofreció la salvación a todos. 

Así como engendró al Hijo de Dios y lo acompañó hasta la cruz (cf. Mc 15,4; Jn 19,25), María acompaña a sus hermanos y hermanas, todos nosotros, especialmente a nuestras madres ahora que está con cuerpo y alma en la gloria. Ella no es indiferente al drama de nuestras madres. Como en su Magnificat, tomó partido por los humildes contra los orgullosos, por los pobres contra los prepotentes (cf. Lc 1,51-53), y continúa suscitando mujeres valientes que se comprometen con la realización de la justicia y la superación de las discriminaciones impuestas a ellas secularmente. 

Hay una dimensión femenina y maternal en la salvación que Dios nos ofrece. Este carácter viene de María porque ella es madre de Cristo y madre de los hombres. La salvación divina es tierna como el amor materno; acogedora como el gesto de la magna mater que toma al hijito en sus brazos, lo acaricia y le da de comer (Jr 11,1-4); radical y entera como suele ser el amor de la mujer y de la madre (Is 49,15-16).

María sigue compadeciéndose de sus hermanas en la Tierra, las acompaña en su sufrimiento por las pérdidas que causa el virus letal, las reconforta con su mirada de comprensión, apoyo y empatía, como hizo con su hijo Jesús. 

Su cuerpo muerto, plantea una interrogación sin respuesta: ¿El sufrimiento injustamente infligido quién lo pagará? Dios no se desinteresa de los crímenes ni de las víctimas. “Se pedirán cuentas por la sangre de los profetas muertos desde el comienzo del mundo” (Lc 11,50) y por la sangre del profeta de los profetas que fue Jesús.

Y no solo eso, pedirá cuentas también por las dictaduras militares, como la nuestra de 1964, por las víctimas que hizo, como el periodista Vladimir Herzog en São Paulo, por las mujeres torturadas, violadas y muertas por el DOI-CODI de Río de Janeiro y por los descuartizados e incinerados de la Casa de la Muerte de Petrópolis. ¿Cómo alguien, a ejemplo de nuestro gobernante y de muchos militares, puede celebrar un crimen de lesa humanidad?

Dios exige reparación de la injusticia, que se hace mediante el cambio de la mente y del corazón (conversión). El clamor de la injusticia perversa no se desvanecerá hasta que no se haga la justicia necesaria. Siempre habrá espíritus que no se resignarán al cinismo y al pragmatismo, a la opresión y al secuestro de la libertad para mantener un orden que produce y reproduce siempre personas empobrecidas, a las que odia porque ya se han organizado para salir de la exclusión y se comprometen a cambiar este tipo de sociedad. 

Soñarán como Jesús con un mundo amoroso y justo para todos. Asumirán todos los riesgos para construirlo. Seguirán siendo condenados y crucificados en nombre de esta esperanza. Los ideales no son sepultados con sus cadáveres. Antes por el contrario, sus cuerpos lacerados por la represión y la violencia, se trasforman en sementera de nuevos seguidores: “si el grano de trigo no muere, no producirá fruto” (Jn 12,24).

La Pasión de Cristo va siendo completada por cada generación con sus compromisos y sus luchas, y tendrá sus mártires cuya sangre seguirá clamando al cielo por la llegada del Reino de amor y de justicia.

María llora sobre todos ellos, por las mujeres luchadoras, como lloró sobre Jesús. En el llanto de la madre de Dios está el llanto de todas nuestras madres que han perdido a sus seres queridos sin poder despedirse de ellos ni guardarles el luto debido. ¡Que María enjugue sus lágrimas y las consuele! 
El interrogante de todos se alza como un clamor hasta Dios: ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo? Y el Señor, que es misericordioso, mantendrá viva nuestra esperanza, transformando la pregunta en súplica: “Venga a nosotros tu reino de vida de amor y de justicia, así en la tierra como en el cielo”.

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito: Tiempo de transcendencia: el ser humano como proyecto infinito, Sal Terrae 2009; Cristianismo: lo mínimo de lo mínimo, Trotta 2013.

Traducción de Mª José Gavito Milano

A ressurreição como insurreição: o verdugo não triunfa sobre a vítima

O que sustenta o Cristianismo, nas suas várias expressões históricas em diferentes igrejas, não é a referência a um grande profeta ou sábio, nem é a cruz imposta injustamente a alguém que passou pelo mundo somente fazendo o bem, nem o sangue derramado. É a ressurreição. Pierre Teilhard de Chardin que, um dos primeiros que articulou a fé cristã com a visão evolucionista do mundo, diz que a ressurreição é um “tremendous” de significação universal que vai além da própria fé cristã. Representaria uma revolução dentro da evolução. Em outras palavras, uma antecipação do fim bom de toda a criação e a realização de todas as virtualidades escondidas dentro do ser humano que, prisioneiro do espaço-tempo, não as consegue deixar irromper.Ele é um ser que ainda está nascendo. Eis que chega um momento, dentro do processo cosmogênico em curso, em que se dá esta oportunidade de acabar de nascer. Então implode e explode o homo revelatus o ser humano totalmente revelado e realizado em sua plena hominização. É a antecipação da esperança radical de que não a morte mas a vida em plenitude escreve a última página da história humana e universal.

A ressurreição é, para os portadores da fé cristã, a realização na pessoa de Jesus do que ele anunciava: o Reino de Deus. Este significa uma revolução absoluta de todas as relações,inclusive cósmicas, inaugurando o novo no mundo. Essa revolução implica a superação da morte e o triunfo definitivo da vida, não de qualquer tipo de vida, mas de uma vida totalmente plenificada. Em fim, o “novíssimo Adão” (1Cor 15,45) acaba de irromper dentro da história.

São Paulo, inesperadamente, teve uma experiência do Ressuscitado, quando estava a caminho de Damasco para prender cristãos. À  luz desta experiência, zomba da morte e exclama: “Oh morte, onde está a tua vitória? Oh morte, onde está o espantalho com o qual nos amedrontavas? A morte foi tragada pela vitória. Graças a Nosso Senhor Jesus Cristo”(1Cor 15,55-57).

O Cristianismo vive e sobrevive por causa da fé da ressurreição de Cristo e não pela crença na imortalidade da alma, tema que não é cristão mas platônico.  Aqui tudo se decide, a ponto de Paulo na sua Primeira Carta aos Coríntios  afirmar com todas as palavras:”Se Cristo não ressuscitou, vã é a nossa fé; somos também falsas testemunhas, somos os mais miseráveis de todos os homens”(1Cor 15,14-19).

A explosão de luz se transforma em explosão de alegria. Contra a experiência diuturna da mortalidade, especialmente agora sob a ação letal do Covid-119, podemos manter a fé e a esperança de que os que foram ceifados, vivem ressuscitados. Cristo, nosso irmão, é o primeiro entre os irmãos e as irmãs. Nós participamos de sua ressurreição, pois o que ocorre em sua humanidade, afeta a humanidade que está também em nós. Então podemos dizer: não vivemos para morrer. Morremos para ressuscitar.

Nos mortos dos quais nem pudemos nos despedir, prestar-lhes a última homenagem e fazer-lhes o velório, são apenas invisíveis. Eles, ressuscitados, não são ausentes mas bem  presentes. Isso pode enxugar nossas lágrimas e dar sossego ao nosso coração.

Por outro lado, a ressurreição representa uma insurreição contra a justiça dos homens, judeus e romanos, pela qual Jesus foi condenado ao suplício da cruz. Essa justiça estabelecida e legal foi refutada. Com a ressurreição de Jesus  triunfou a justiça do oprimido e injustiçado, venceu o direito do pobre. Cabe recordar, quem ressuscitou não foi um imperador com todo o seu poder político e militar, não foi um sumo sacerdote no alto de sua santidade, nem um sábio com a irradiação de sua sabedoria. Foi um crucificado, um assassinado, morto fora dos muros da cidade, o que significava uma suprema humilhação.

A ressurreição define o sentido de nossa esperança: por que morremos se ansiamos viver sempre? Que sentido tem a morte daqueles que sucumbiram na luta pela justiça dos humilhados e ofendidos? Quem dará sentido ao sangue dos anônimos, dos camponeses, dos operários, dos indígenas, dos negros, das mulheres e das crianças, derramado pelos poderosos em razão do único crime de reivindicarem seu direito negado? A ressurreição responde a estas interrogações inarredáveis do coração.Ela garante que o algoz não triunfa sobre a vítima. Significa o resgate da justiça e do direito dos fracos, dos subjugados e desumanizados como foi o Filho de Deus quando passou entre nós. Eles herdam a vida nova.

Como denominar a realidade ressuscitada que chegou à culminância antecipada da evolução? Os autores do Novo Testamento se embaraçam nos termos. Para um evento novo, nova linguagem. A mais pertinente, entre outras, é aquele de São Paulo: “o novíssimo Adão”ou “corpo espiritual(1 Cor 15,45). O primeiro Adão traz a morte consigo; o novíssimo, Jesus ressuscitado, deixou a morte para trás. A expressão “corpo espiritual” parece contraditória: se é corpo não pode ser espírito; se é espírito não pode ser corpo. Mas Paulo inteligentemente une os dois termos: é corpo, realidade concreta e não fantasmagórica, mas um corpo com qualidades do espírito. É próprio do espírito estar para além da matéria, como já viu Aristóteles. Pelo espírito habitamos as estrelas mais distantes e tocamos a realidade divina. O espírito possui uma dimensão transcendental e cósmica. Isso seria a ressurreição. Não sem razão, Paulo elabora em suas epístolas toda uma cristologia cósmica: o Ressuscitado enche o universo e nos acompanha nas tarefas mais cotidianas.

Por fim, cabe enfatizar que a ressurreição é um processo: começou com Jesus e se expande pela humanidade e pela história. Sempre que triunfa a justiça sobre as políticas de dominação,sempre que o amor supera a indiferença, sempre que a solidariedade salva vida sob risco como agora,obrigados ao isolamento social, aí está ocorrendo a ressurreição, vale dizer, a inauguração daquilo que tem futuro e será perenizado para sempre.

A quem crê na ressurreição, não lhe é mais permitido viver triste, não obstante a obscuridade da história como atualmente. A sexta-feira santa é uma passagem que culmina da ressurreição; é, mais que o triunfo da vida; comparece como a plena realização da vida em  todas as suas virtualidades.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu: A nossa ressurreição na morte, Vozes 2012. Vida para lém da morte, Vozes, 26.edic. 2012.

O pranto da mãe de Deus e o pranto de nossas mães face ao Covid-19

São muitas as mães que choram seus filhos e filhas ceifados pelo Covid-19. O pranto de nossas mães nos remete ao pranto de Maria que acompanhou seu filho Jesus até ao pé da cruz (Jo 19,25).

Um soldado vem e perfura o lado e o coração de Jesus. Dois, seus conhecidos, cuja solidariedade superou o medo, José de Arimatéia e Nicodemos, desprenderam da cruz seu corpo. Ungiram-no e envolveram-no em faixas de linho com aromas.

Maria recebe agora em seus braços o filho todo ferido e mutilado. A serenidade singular de seu semblante pálido transfigura as chagas.

O corpo estigmatizado recupera uma rara formosura. Enquanto o acaricia Maria chora e, soluçando, fala:

Filho meu, meu Filho, o que te fizeram?

Tu lhes anunciaste uma grande libertação e eis a sorte que te impuseram!

Tu curaste a tantos com tuas mãos e eis que as transpassaramo !

Filho me, meu Filho, que te fizeram?

Tu restituíste a vida a tantos e eis que tantos se uniram para tirar-te a vida!

Tu viveste fazendo só o bem e eis o mal que te causaram!

Filho meu, meu Filho,o que te fizeram?

Que mais devias ter-lhes feito e não o fizeste?

Não lhes deste o corpo, as vestes e a vida? e eis que te elevaram numa cruz!

Que mais devias ter-lhes feito e não o fizeste?

Não lhes deste o sangue todo? e eis que perfuraram o teu coração!

Filho meu, meu Filho, cumpriste a vontade do Pai que queria tua fidelidade até o fim: porque nunca te acomodaste a este mundo; porque não quiseste o pouco mas o todo: o Reino de teu Pai, feito de amor, de justiça e de fraternidade.

Repousa, Filho meu, porque teu Pai por tua vida, por tua entrega e por tua morte já se apiedou e ofereceu a salvação a todos.

Como gerou o Filho de Deus e o acompanhou até à cruz (cf.Mc 15,4; Jo 19,25), Maria acompanha seus irmãos e irmãs, todos nós, especialmente as nossas mães agora que está com corpo e alma na glória. Ela não fica indiferente ao drama de nossas mães. Como em seu Magnificat, tomou partido pelos humildes contra os orgulhosos, pelos pobres contra os prepotentes (cf.Lc 1,51-53), continua a suscitar mulheres corajosas que se empenham na realização da justiça e na superação das discriminações impostas secularmente à elas.

Há uma dimensão feminina e maternal na salvação que Deus nos oferece. Este caráter vem de Maria porque ela é mãe de Cristo e mãe de todos. A salvação divina é terna como o amor materno; aconchegante como o gesto da magna mater que toma o filhinho em seus braços, acaricia-o e dá-lhe de comer (Jr 11,1-4); radical e inteira como sói ser o amor da mulher e da mãe (Is 49,15-16).

Maria continua se compadecendo de suas irmãs na terra, acompanha-as em seus sofrimentos com as perdas pelo vírus letal, reconforta-as com seu olhar de compreensão, de apoio e de empatia como fez com seu filho Jesus.

O  seu corpo de Jesus morto, coloca uma irretorquível interrogação: O sofrimento injustamente infligido quem o pagará?

Deus não se desinteressa pelos crimes e pelas vítimas. “Serão pedidas contas pelo sangue dos profetas mortos desde o começo do mundo” (Lc 11,50) e pelo sangue do profeta dos profetas que foi Jesus. Mas não só, pedirá contas também das ditaduras militares, como a nossa de 1964, pelas vítimas que fez como o jornalista Vladimir Herzog em São Paulo, pelas mulheres torturadas, estupradas e mortas pelo DOI-CODI do Rio de Janeiro e os esquartejados e incinerados da Casa da Morte em Petrópolis. Como alguém, a exemplo de nosso governante e de muitos militares, podem celebrar um crime  de lesa-humanidade?

Deus exige reparação da injustiça que se faz pela mudança da mente e do coração (conversão). O clamor da injustiça perversa não esmorece enquanto não impere a justiça necessária.

Haverá sempre espíritos que não se resignarão ao cinismo e ao pragmatismo, à opressão e ao sequestro da liberdade em função de manter uma ordem que produz e sempre reproduz empobrecidos, odiando-os porque  já se organizam para sair da exclusão e se comprometem a mudar este tipo de sociedade. Sonharão como Jesus com um mundo amoroso e justo para todos. Assumirão todos os riscos para construí-lo. Continuarão a ser condenados e crucificados em nome desta esperança.

Os ideais não são sepultados com seus cadáveres. Antes pelo contrário, seus corpos lacerados pela repressão e pela violência se transformam em sementeira de novos seguidores:”se o grão de trigo não morrer, não produzirá fruto”(Jo 12,24).

A Paixão de Cristo vai sendo completada por cada geração com seus compromissos e lutas, que terá seus mártires cujo sangue continuará clamando ao céu pelo advento do Reino de amor e de justiça.

 Maria chora sobre todos eles, pelas mulheres lutadoras, como chorou sobre Jesus. No pranto da mãe de Deus está o pranto de todas as nossas mães que perderam seus entes queridos, sem poder despedir-se deles e fazer o seu devido luto.  Que Maria enxugue suas lágrimas e as console!

A interrogação de todos se ergue como um clamor até Deus: Até quando, Senhor, até quando? E o Senhor que é misericordioso manterá viva a nossa a esperança, transformando a interrogação em súplica: “Venha a nós o vosso Reino de vida, de amor e de justiça,  assim na terra como no céu”.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu: Tempo de transcendência: o ser humano como projeto infinito, Vozes 2009; Cristianismo: o mínimo do mínimo,Vozes 2011.

El Crucificado se solidariza con las víctimas de la Covid-19

Un manto de tristeza se extiende sobre toda la humanidad y no hay suficientes pañuelos para enjugar tantas lágrimas por las víctimas de la Covid-19. El virus no exceptúa a nadie, pues, invisible, puede atacar a quienes no toman los debidos cuidados. Él ha puesto de rodillas a las naciones militaristas, que se llenaron de armas capaces de exterminar toda la vida del planeta, inclusive la humana. Son absolutamente inútiles delante del pequeñísimo coronavirus. Alejandro el Grande (356-323 A.C), fundador de un imperio que iba del Adriático al río Indo, murió probablemente picado por un mosquito que produce una fiebre viral (la fiebre del Nilo occidental). ¿Quién es aquí el más fuerte? ¿El joven conquistador de 23 años o el mosquito? Estamos muriendo a causa de un virus invisible, que arrasa toda nuestra arrogancia, sin decir que él es consecuencia de nuestra sistemática agresión a la naturaleza (el antropoceno y el necroceno), que se defiende con su arma letal e imperceptible, la Covid-19 y una gama de otros virus.

Todos tememos y sufrimos, presenciando, impotentes, la desaparición de miles de personas, cerca ya de dos millones de víctimas. En Brasil la situación es dramática, porque un gobernante enloquecido y negacionista, sin ningún sentimiento de empatía, tolera que mueran más de 300 mil personas y cerca de 13 millones estén infectados.

No poder despedirse de los muertos queridos, ni darles el último adios, ni poder vivir el luto imprescindible causa un dolor silencioso que rompe los corazones. Es nuestro viacrucis de estaciones sin fin, de lamentos y llantos. Celebramos el Viernes Santo de la muerte en la cruz del Hijo del Hombre en el contexto de esta pasión mundial y nacional. ¿Quién nos consolará? ¿Quién nos mantiene la esperanza de que la vida una vez más va a triunfar y que podremos vivir libres y sanos, disfrutando de la alegría de estar con nuestros seres queridos, amigos, amigas y próximos?

Se pueden sacar muchas lecciones de la crucifixión de Jesús, resultado de un doble proceso, religioso y político, seguramente de sentido trascendental como redención/liberación de los seres humanos. Esta tal vez sea la más profunda. Pero hay otros sentidos, humanitarios, que, en la situación actual, nos pueden fortalecer en nuestro desamparo y en las horas penosas del aislamiento social, este que nos roba la alegría de encontrarnos con los familiares y amigos y poder abrazarlos y besarlos. Nos consuela pensar que, para los que consiguen creer, no estamos solos en nuestra pasión. El Crucificado sufre con nosotros y va a seguir sufriendo hasta el fin de los tiempos, mientras haya pobres y desamparados. 

San Pablo lo expresó adecuadamente en una versión simplificada: “él no hizo caso de su condición divina, se presentó como un simple hombre, en solidaridad se hizo siervo y no tuvo miedo de morir en la cruz” (cf. Carta a los Filipenses 2,6-8). No fue ingenuamente al encuentro de la muerte. Al saber que sus opositores habían decidido matarlo, da testimonio de ello el evangelio de San Juan, se escondió en la ciudad de Efraín cerca del desierto (11,54). Sabemos que Efraín era una ciudad-refugio. Quien estuviera perseguido y amenazado por cualquier razón, en la ciudad de Efraín no podía ser preso y estaba protegido. Hacia allá se fue Jesús con sus seguidores. 

La Epístola a los Hebreos testifica: “entre lágrimas suplicó a Áquel que podía salvarlo de la muerte”. Versiones más antiguas dicen: ”y no fue atendido; a pesar de ser Hijo de Dios, tuvo que aprender a obedecer por medio del sufrimiento” 5,7-8). En el Monte de los Olivos, en Getsemaní su temor ante la muerte inminente lo lleva a suplicar: “Padre, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lucas 22,42). 

El evangelista Lucas relata “lleno de angustia, el sudor se volvió como gruesas gotas de sangre que caían hasta la tierra” (22,44). Más que de miedo, Jesús fue invadido de pavor, hasta el punto de sudar sangre, como se atestigua en personas a punto de ser ahorcadas o fusiladas. Pero el paroxismo fue alcanzado en la cruz: sintiéndose abandonado por sus seguidores y absolutamente sólo se enfrentó a la mayor tentación por la que puede pasar un ser humano: la tentación de la desesperanza. “¿Será que todo ha sido en vano? Pasé por el mundo haciendo el bien y heme aquí crucificado”. Expresa su desamparo gritando: “Dios mío, oh Dios, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15,34). Finalmente, desnudo por dentro y por fuera, se entrega al Misterio que se esconde pero que conoce todos nuestros destinos. La última palabra de Jesús, no resignada sino libre, fue: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lucas 23,46). San Marcos todavía recuerda: “dando un inmenso grito, Jesús expiró” (15,37).

Jesús mostró ser el prototipo de ser humano fiel a Dios y a la causa de Dios en el mundo, la predilección por los pobres, el amor incondicional y la misericordia ilimitada, causa esta llevada hasta el extremo, entregando libremente su propia vida. El rechazo humano de su persona y su mensaje puede decretar su crucifixión, pero no puede definir el sentido que Jesús da a esta vergonzosa condenación: ser solidario con todos los crucificados y sufrientes del mundo.

La resurrección tras su destino trágico vino a mostrar de qué lado estaba Dios, al lado de él, de su vida y de su causa. Revela la justicia divina contra el ajusticiamiento perpetrado por sus opositores.

Una lección que podemos sacar del Viernes Santo de pasión es seguramente esta: nadie sufriendo y postrado de dolor tiene que sentirse solo. El Crucificado, ahora Resucitado y hecho el Cristo cósmico, estará siempre a su lado, sufriendo con quien sufre, dando esperanza a quien casi se desespera y mostrando que la página más importante del libro de la vida viene escrita no por el odio y la muerte impuesta, sino por la vida, llevada a su plenitud por la resurrección. Dice un discípulo tardío de San Pablo, Timoteo: “Es cierta esta afirmación: si padecemos unidos a Cristo, también viviremos con él” (Segunda Carta, 2,11). Esta es nuestra consolación. 

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito Pasión de Cristo – pasión del mundo, Vozes 2012 y Viacrucis para quien quiere vivir, Vozes 2003.

Traducción de Mª José Gavito Milano