Vivir la comensalidad incluso en tiempos de la Covid-19

El Jueves Santo, la Cena del Señor, nos hace recordar la comensalidad, negada a millones de personas que están pasando hambre hoy en Brasil y en el mundo, como consecuencia de la irrupción de la Covid-19. Notamos, lamentablemente, una ausencia dolorosa de solidaridad ante la multitud de hambrientos, impidiendo el comer juntos (comensalidad). Uno de los méritos del MST consiste en haberse organizado en todos sus asentamientos en torno a la ética de la solidaridad, entre sus miembros y con los de afuera. Están repartiendo ejemplarmente lo que tienen, con alimentos agro-ecológicos y con muchas marmitas distribuídas a miles de familias en las periferias de nuestras ciudades. Permiten que se realice uno de los más ancestrales sueños de la humanidad: la comensalidad, es decir, que todos puedan comer y comer juntos, sentados alrededor de una mesa, disfrutando de la convivencia y de los frutos de la generosa Madre Tierra.

Los alimentos son más que cosas materiales. Son sacramentos y símbolos de la generosidad de la Madre Tierra que nos da todo, junto con el trabajo humano. No se trata solo de nutrición sino de comunión con la naturaleza y con los otros con quienes repartimos el pan. En el contexto de la mesa común, el alimento es apreciado y objeto de comentarios. La mayor alegría de las cocineras es percibir la satisfacción de los comensales. Gesto importante en la mesa es servir o pasar la comida al otro. El comportamiento civilizado hace que todos se sirvan, cuidando de que la comida llegue para todos.

La cultura contemporánea ha modificado de tal forma la lógica del tiempo cotidiano en función del trabajo y de la productividad que ha debilitado la referencia simbólica de la mesa. La hemos reservado para los domingos o para los momentos especiales de fiesta o de aniversario cuando los familiares se encuentran. Pero por regla general ha dejado de ser el punto de encuentro permanente de la familia. 

La mesa familiar ha sido sustituída por otras mesas, absolutamente desacralizadas: mesa de negociación, mesa de juego, mesa de discusión y de debate, mesa de cambio y mesa de concertación de intereses, entre otras. Aun estando desacralizadas, estas mesas guardan una referencia imborrable: son lugar de encuentro de personas, poco importa los intereses que las llevan a sentarse a la mesa. Están a la mesa para el intercambio, la negociación, la concertación y definición de soluciones que agraden a las partes involucradas. O también abandonar la mesa puede significar el fracaso de la negociación y el reconocimiento de un conflicto de intereses. 

No obstante esta difícil dialéctica, es importante reservar tiempo para la mesa en su sentido pleno de convivencia y de satisfacción de poder comer juntos. Ella es una de las fuentes perennes para recuperar nuestra esencia como seres de relación. ¡Cómo se les niega hoy esto a los pobres y los hambrientos!

Rescatemos un poco la memoria de la comensalidad presente en todas las culturas y realizada por Jesús en la Última Cena con sus apóstoles.

Comencemos por la cultura judeocristiana, pues nos es más familiar. En ella hay una categoría central –la del Reino de Dios, contenido primero del mensaje de Jesús– representada por un banquete al cual estamos todos convidados. Todos, independientemente de su situación moral, se sientan a la mesa y son comensales. Cuenta el Maestro:

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete para la boda de su hijo. Envió a los criados a llamar a los invitados y les dijo: id a las encrucijadas de los caminos e invitad a la fiesta a todos los que encontreis. Salieron los criados por los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala se llenó de convidados” ( Mt 22,2-3;9-10).

Otro recuerdo nos viene de Oriente. En él, comer juntos, solidarios unos con otros, representa la suprema realización humana, llamada cielo. A la inversa, la voluntad de comer egoistamente, cada uno para sí, realiza la suprema frustración humana, llamada infierno. Cuenta la leyenda: 

Un discípulo preguntó al Vidente:

-Maestro, ¿cual es la diferencia entre el cielo, la comensalidad entre todos, y su contrario?

El Vidente respondió: -Es muy pequeña pero con enormes consecuencias.

  • Vi comensales sentados a la mesa donde había una montaña muy grande de arroz. Todos estaban hambrientos, casi muriendo de hambre. Todos intentaban, pero no conseguían acercarse al arroz. Con sus palillos de más de un metro de largo cada uno trataba de llevarse el arroz a la boca, pero por más que se esforzaban no lo conseguían, porque los palillos eran demasiado largos. Y así hambrientos y solitarios se iban agotando por causa del hambre insaciable y sin fin. Esto era el infierno, la negación de toda comensalidad. 

-Vi otro escenario maravilloso, dijo el Vidente. Personas sentadas a la mesa alrededor de una montaña de arroz humeante. Todos estaban hambrientos. Pero, cosa maravillosa, con sus palillos de un metro de largo cada uno cogía el arroz y lo llevaba a la boca del otro. Se servían mutuamente con inmensa cordialidad. Juntos y solidarios. Se saciaban unos a otros, sintiéndose como hermanos y hermanas en la gran mesa del Tao. Y esto era el cielo, la plena comensalidad de los hijos e hijas de la Tierra”.

Esta parábola no necesita comentarios. Lamentablemente hoy, en tiempos de la Covid-19, gran parte de la humanidad está hambrienta y desesperada porque son poquísimos los que les extienden los palillos para saciarse mutuamente con los alimentos abundantes de la mesa de la Tierra. Los ricos se apropian privadamente de ellos y los comen solos sin mirar quién está excluido. Prevalece una criminal falta de comensalidad entre los humanos. Por eso estamos tan carentes de humanidad. Pero el aislamiento social nos da la oportunidad de revisar nuestras prácticas individualistas y descubrir la fraternidad sin fronteras y la comensalidad: todos pudiendo comer y comer juntos.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito: Comer y beber juntos y vivir en paz, Vozes 2006.

Traducción de Mª José Gavito Milano

O Crucifado se solidariza com as vítimas do Covid-19

Um manto de tristeza se estende sobre toda a humanidade  e não há lenços suficientes para enxugar tantas lágrimas por causa da vítimas do Covid-19. O vírus não poupa ninguém,pois, invisível, pode atacar os que não tomam os devidos cuidados. Ele pôs de joelhos as nações militaristas que se encheram de armas, capazes de exterminar toda a vida no planeta, inclusive a humana.Elas são absolutamente inúteis diante do pequeníssimo coronavírus. Alexandre, o Grande (356-323 A.C) formou um império que ia do Adriático ao rio Indo, morreu picado,provavelmente,por um mosquito que produz uma febre viral (a febre do Nilo ocidental). Quem aqui  é mais forte? O jovem conquistador de 23 anos ou o mosquito? Estamos morrendo por um vírus invisível, arrasando com toda a nossa arrogância, sem dizer que ele é consequência de nossa sistemática agressão à natureza (o antropoceno e o necroceno) que se defende com sua arma letal e imperceptível, o Covid-19 e uma gama de outros vírus.

Todos tememos e sofremos, assistindo,impotentes, à dizimação de milhares, já cerca de dois milhões de vítimas. No Brasil a situação é dramática,porque um governante ensandecido e negacionista, sem qualquer sentimento de empatia, tolera que morram já mais de 300 mil pessoas e cerca de 13 milhões sejam infectados.

Não poder despedir-se dos mortos queridos, nem dizer-lhe um último adeus, e sem poder viver o luto imprescindível causa uma dor silenciosa de romper corações. É a nossa via-sacra de estações sem fim, de lamentos e choros. Celebramos  a sexta-feira santa da morte na cruz do Filho do Homem no contexto desta paixão mundial e nacional.Quem nos consolará? Quem nos sustenta a esperança de que a vida ainda uma vez irá triunfar e que poderemos viver livres e sadios, desfrutando da alegria estarmos junto com nossos entes queridos, amigos, amigas  e próximos?

Há muitas lições que se podem tirar da crucificação de Jesus, resultado de um duplo processo, religioso e político, seguramente de sentido transcendental como redenção/libertação dos seres humanos. Esta talvez seja a mais profunda. Mas há outros sentidos, humanitários, que podem, na atual situação, nos fortalecer no nosso desamparo e nas horas pesarosas do isolamento social, este que nos rouba a alegria de encontrar os familiares e amigos e poder abraçá-los e beijá-los. Consola-nos pensar que, para os que conseguem crer, não estamos sós em nossa paixão. O Crucificado sofre junto e irá sofrer até o final dos tempos enquanto houver sofredores e desamparados.

São Paulo o expressou adequadamente, numa versão simplificada:”ele não fez caso de sua condição divina, apresentou-se como um simples homem, em solidariedade se fez servo e até não temeu morrer na cruz”(cf.Carta aos Filipenses 2,6-8). Não foi ingenuamente ao encontro da morte. Ao saber que seus opositores decidiram matá-lo, testemunha-o o evangelho de São João, escondeu-se na cidade de Efraim perto do deserto (11,54). Sabemos que Efraim era uma cidade-refúgio. Quem fosse perseguido e ameaçado por qualquer razão, na cidade de Efraim não podia ser pego e estava protegido.Para lá rumou Jesus com seus seguidores.

A Epístola aos Hebreus testemunha:”entre lágrimas suplicou Àquele que o podia salvar da morte”. Versões mais antigas dizem:”e não foi atendido; apesar de ser Filho de Deus, teve que aprender a  obedecer por meio do sofrimento”5,7-8).No monte das Oliveiras, no Getsêmani seu temor face à morte iminente o leva a suplicar:”Pai, afasta de mim este cálice; mas não se faça a minha mas a tua vontade”(Lucas 22,42).

O evangelista Lucas relata” cheio de angústia, o suor tornou-se como grossas gotas de sangue a escorrer por terra”(22,44). Jesus foi tomado mais do que pelo medo, mas pelo pavor a ponto de suar sangue, como é atestado em pessoas na iminência de seu enforcamento ou fuzilamento. Mas o paroxismo foi alcançado na cruz: sentindo-se abandonado pelos seguidores e absolutamente só enfrenta a maior tentação pela qual um ser humano pode passar: a tentação da desesperança. “Será que foi tudo em vão? Passei pelo mundo fazendo o bem e eis que me encontro crucificado”. Expressa seu desamparo gritando:“Deus,oh Deus, por que me abandonaste?”(Marcos 15,34). Finalmente, nu por dentro e por fora, entrega-se ao Mistério que se esconde mas  que conhece todos os nossos destinos. A última palavra de Jesus, não resignada mas livre, foi:”Pai, em tuas mãos entrego o meu espírito”(Lucas 23,46). São Marcos ainda lembra:”dando um imenso brado, Jesus expirou”(15,37).

Jesus se mostrou o protótipo do ser humano fiel a Deus e a causa de Deus no mundo, a predileção pelos pobres, o amor incondicional e a misericórdia ilimitada, causa essa levada até ao extremo, entregando livremente a própria vida. A recusa humana de sua pessoa e mensagem pode decretar sua crucificação, mas não pode definir o sentido que Jesus conferiu a esta vergonhosa condenação: ser solidário com todos os crucificados e sofredores do mundo.

A ressurreição após seu destino trágico veio mostrar de que lado estava Deus, ao lado dele e de sua vida e causa.Revela a justiça divina contra o justiciamento perpetrado pelo seus opositores.

Uma lição que podemos tirar da sexta-feira da paixão é seguramente  esta: nenhum sofredor e prostrado de dor precisa sentir-se só. O Crucificado, agora Ressuscitado e feito o Cristo cósmico, estará sempre junto, sofrendo com quem sofre, dando esperança a quem quase se desespera e mostrando que a página mais importante do livro da  vida vem escrita não pelo ódio e pela morte matada, mas pela vida, levada à sua plenificação pela ressurreição. Diz um discípulo tardio de São Paulo, Timóteo:” verdadeira é esta palavra: se padecermos unidos a Cristo, com ele também viveremos”(Segunda Carta,2,11). Eis nossa consolação.

Leonardo Boff é teólogo e escreveu Paixãa de Cristo- paixão do mundo, Vozes 2012 e Via-sacra para quem quer viver, Vozes 2003.

Viver a comensalidade mesmo em tempos de Covid-19

A Quinta-feira Santa, a Ceia do Senhor, nos faz lembrar a comensalidade, negada aos milhões passando fome hoje no Brasil e no mundo, como consequência da intrusão do Covid-19. Notamos, infelizmente, uma ausência dolorosa de solidariedade face à multidão de esfomeados, impedindo o comer juntos (comensalidade). Um dos méritos do MST consiste em ter se organizado em todos os seus assentamentos ao redor da ética da solidariedade entre seus membros e com os de fora. Estão exemplarmente repartindo o que têm com alimentos agro-ecológicos e com muitas marmitas distribuídas a milhares de famílias nas periferias de nossas cidades. Permitem a realização de um dos mais ancestrais sonhos da humanidade: a comensalidade, vale dizer, todos podendo comer e comer juntos, sentados ao redor de alguma mesa e desfrutando da convivência e dos frutos da generosa Mãe Terra.

Os alimentos são mais que coisas materiais. São sacramentos e símbolos da generosidade da Mãe Terra que tudo nos dá, junto com o  trabalho humano. Não se trata de nutrição mas de comunhão com a natureza e com os outros com quem repartimos o pão. No contexto da mesa comum, o alimento é apreciado e feito objeto de comentários. A maior alegria das cozinheira é perceber a satisfação dos comensais. Gesto importante na mesa é servir ou passar a comida ao outro. O comportamento civilizado faz com que todos se sirvam, zelando para que a comida chegue suficiente a todos.

A cultura contemporânea modificou de tal forma a lógica do tempo cotidiano em função do trabalho  e da produtividade que enfraqueceu a referência simbólica da mesa. Ela foi reservada para os domingos ou para os momentos especiais de festa ou de aniversário quando os familiares se encontram. Mas, via de regra, deixou de ser o ponto de convergência permanente da família.

A mesa familiar foi substituída por outras mesas, absolutamente dessacralizadas: mesa de negociação, mesa de jogos, mesa de discussão e de debate, mesa de câmbio e mesa de concertação de interesses entre outras. Mesmo dessacralizadas, estas várias mesas guardam uma referência inapagável: são lugar de encontro de pessoas, pouco importa os interesses que as levam a sentarem-se à mesa. Estar à mesa para a troca, negociação, concertação e definição de soluções que agradem as partes envolvidas. Ou também abandonar a mesa pode significar o fracasso da negociação e o reconhecimento do conflito de interesses.

Não obstante esta difícil dialética,importa reservar tempos para a mesa em seu sentido pleno de convivência e a satisfação de poder comer juntos. Ela é uma das fontes perenes de refazimento de nossa essência como seres de relação. Como isso é negado hoje aos pobres e famintos!

Resgatemos um pouco a memória da comensalidade presente em todas as culturas e realizada por Jesus na Última Ceia com seus apóstolos.

Comecemos pela cultura judaico-cristã pois nos é mais familiar. Ai há uma categoria central – a do Reino de Deus, conteúdo primeiro da mensagem de Jesus – que  vem representada por um banquete para o qual todos são convidados. Todos, independentemente de sua situação moral, se sentam à mesa e são feitos comensais. Conta o Mestre:

         “O Reino dos céus é semelhante a um rei que preparou um banquete para o casamento de seu filho. Enviou os criados para chamar os convidados e lhes disse: ide às encruzilhadas dos caminhos e chamai a todos os que encontrardes para a festa. Sairam os criados pelos caminhos e reuniram todos os que encontraram, maus e bons e a sala ficou cheia de convidados”(Mt 22,2-3;9-10).

         Outra memória nos vem do Oriente. Nela o comer juntos, solidários uns com os outros, representa a suprema realização humana, chamada de céu. O inverso, a vontade de comer, mas egoisticamente, cada um para si, realiza a suprema frustração humana, chamada de inferno.Conta a lenda:

“Um discípulo perguntou ao Vidente:

         -Mestre, qual é a diferença entre o céu, a comensalidade entre todos e o seu contrário?

         O Vidente respondeu: – Ela é muito pequena mas com graves consequênciasVi comensais sentados à mesa onde havia um monte muito grande de arroz. Todos estavam famintos, quase a morrer de fome. Todos tentavam mas não conseguiam se aproximar do arroz. Com seus longos palitos de mais de um metro de comprimento procuravam levar o arroz à própria boca, individualmente. Por mais que se esforçassem, não o conseguiam porque os palitos eram longos demais. E assim famintos e solitários permaneciam definhanho por causa de uma  fome insaciável e sem fim. Isso era o inferno, a negação de toda comensalidade.

         -VI outro cenário maravilhoso, disse o Vidente.  Pessoas sentadas à mesa ao redor de um monte de arroz fumegante. Todos estavam famintos. Mas coisa maravilhosa! Cada um apanhava o arroz e o levava à boca do outro. Serviam-se mutuamente numa imensa cordialidade. Juntos e solidários. Todos saciavam uns aos outros. Sentiam-se como irmãos e irmãs na grande mesa do Tao. E isso era o céu, a plena comensalidade dos filhos e filhas da Terra”.

         Essa parábola dispensa qualquer comentário.  Lamentavelmente hoje,em tempos de Covid-19 grande parte da humanidade está faminta e desesperada porque são pouquíssimos aqueles que lhes estendem os palitos para que se saciem mutuamente com os alimentos abundantes da mesa da Terra. Os ricos se apropriam privadamente deles e comem sozinhos sem olhar quem está excluido.Vigora uma falta criminosa de comensalidade entre os humanos. Por isso somos tão carentes de humanidade.Mas o isolamento social nos cria a oportunidade de revermos nossas práticas individualistas e descobrir a fraternidade sem fronteiras e a comensalidade: todos poderem comer e comer juntos.

Leonardo Boff é teólogo e filósofo e escreveu: Comer e beber juntos e viver em paz, Vozes 2006.

Durante a pandemia:o que ler e como ler:o Ocidente abraça o Oriente (III), Chuang-tzu e Tereza d’Avila

                                             Leonardo Boff

Por mais que o mundo moderno se tenha secularizado, o fato é que grande parte da humanidade encontra seu sentido de vida nos caminhos espirituais de suas respectivas culturas. São muitos os caminhos espirituais. Sem desmerecer outros, quero enfatizar dois que estão na base de duas grandes culturas : a do Ocidente e a do Oriente. Cabe recordar que espiritualidade não é saber sobre a Suprema Realidade, mas experimentá-la a partir da totalidade de nosso ser.

O Ocidente afirma: há o caminho da comunhão pessoal com a Suprema Realidade que inclui o Todo.

O Oriente sustenta: há o caminho da comunhão com o Todo que inclui a Suprema Realidade.

No Ocidente predomina a comunhão pessoal e dialogal com a Suprema Realidade que na tradição judaico-cristã e muçulmana se chama simplesmente Deus. Não se trata de uma experiência intelectual,da cabeça,mas amorosa, do coração  que sente, ama e vibra, envolvendo todo o ser. Mestres desta experiência, entre outros, são São Francisco de Assis, Santa Tereza d’Avila e São João da Cruz, Teilhard de Chardin.

Diz São João da Cruz em seu Cântico Espiritual referindo-se a Deus: “Mostra tua presença!/ Mata-me tua vista e formosura./Olha que a doença  de amor não se cura/Senão pela presença e a figura”(verso 11).

Santa Tereza d’Avila não é menos efusiva em sua Aspirações de vida eterna”:”Vivo já fora de mim depois que morro de amor / porque vivo no Senhor/que me quis para si/.Quando lhe dei o coração/coloquei nele esse letreiro/ que morro porque não morro”(verso 1).

Este modo de falar é do enamoramento, do encontro íntimo e profundo com Deus. A partir desta comunhão eu-tu, se entreve Deus no Todo e em cada ser como aparece na mística cósmica de São Francisco que emocionalmente chama as criaturas como minhas irmãs e meus irmãos. SãoJoão abre sua primeira epístola assim:”Aquele que nós tocamos, que nossos olhos viram, que nossos ouvidos ouviram,esse nós vos comunicamos”. É uma experiência concreta, tocar, sentir e ver.

No Oriente a experiência primeira reside no Todo. Nada está isolado.Tudo está relacionado formando o Grande Todo.O mestre yoga responde à pergunta: “Quem es tu? Ele aponta para o universo e diz: tu és tudo isso, toda a realidade, parte do Todo, tu és o Todo”. Nossa errância consiste em termos perdido a memória sagrada de que somos um elo da única e grande corrente da vida, parcela do Todo; não fazemos uma experiência de não-dualidade com todas as coisas: somos árvore, somos pássaro,somos as estrelas, estamos mergulhados no Todo. E o Todo se chama Tao, a Suprema Realidade presente em tudo.

Tomas Merton que no Ocidente viveu a experiência do Ocidente traduziu “A via de Chuang-tzu” (Vozes 1993). Alguém perguntou a Chuang-tzu:”Mostra-me onde o Tao pode ser encontrado? Ao que ele respondeu: Não há lugar onde o Tao não possa ser encontrado: ele está na formiga, na vegetação do pântano, no caco de ladrilho,no escremento; e arrematou: o Tao é grande em tudo, completo em tudo, integral em tudo. Estes aspectos são distintos, mas a Realidade é o Uno”(p.158-159). Como se depreende, as coisas são diversas mas todas desaguam no Uno, no Tao.

Como se processa uma experiência de não-dualidade? Os orientais propõe como primeiro exercício: a experiência da luz. Ela incide sobre nossas cabeças, pervade todo o organismo, atravessa as paredes da casa, o jardim, a cidade, o oceano,toda a Terra e se estende por todo o universo. A pessoa, feita luz, se sente unida à cada coIsa, ao Todo.

O caminho do Oriente e do Ocidente não são antagônicos mas complementares. Ambos visam, fundamentalmente, criar em nós o que tanto procuramos: um centro a partir do qual tudo se liga e re-liga e nos permite viver o Todo. Pouco importa o nome com o qual chamamos esse centro. Mas ele corresponde àquilo que significa Deus, Tao,  Alá, Javé. Olorum. Esse centro está em nós mas também nos desborda. É o mistério vivo e interior de nossa vida e do universo.

Temos também entre nós a experiência espiritual que sub-jaz às religiões afro-brasileiras ou outras que assimilam elementos africanos. Tudo gira ao redor do axé. Ele corresponde mais ou menos ao que é o Shi para os orientais ou o ruah, pneuma, spiritus  para os ocidentais: uma energia cósmica que pervade toda a realidade e tem nos seres humanos os principais portadores. O exu, não é o demônio que cabe exorcizar, mas a principal expressão do axé. O axé atua dentro de nós, como força de irradiação e de captação de boas energias, colocadas a serviço dos demais. Por não entenderem a profundidade até ecológica destas religiões de origem africana, são difamadas e até perseguidas por grupos neo-pentecostais que pouco têm de espiritual e de sentido do sagrado de  todas as coisas.

Somos seres espirituais quando mergulhamos  em nossa profundidade e nos damos conta de que somos parte de um Todo que nos transcende. Somos habitados pelo espírito, aquele momento da consciência pelo qual temos a percepção de sermos parte de um todo e que o Todo está em nós.

A espiritualidade ocidental ou oriental tem a ver com a experiência da Suprema Realidade,não com um saber, expresso em doutrinas, dogmas e ritos. Tudo isso é parte das religiões que nasceram de uma experiência espiritual mas que não são a espiritualidade. Podem fomentá-la como podem sufocá-la por excesso de doutrinas. Elas são água canalizada, não fonte de água cristalina. Dessa água todos temos sede. Ao bebe-la nos fazemos mas humanos e abertos uns aos outros e ao Todo.

Leonardo Boff escreveu Espiritualidade: um caminho de realização, Mar de Ideias, Rio 2016 e Meditação da luz: o caminho da simplicidade, Vozes 2010.