Una democracia que forzosamente tiene que venir

Todos estamos empeñados en salvaguardar una democracia mínima frente a un presidente desquiciado que continuamente la amenaza. Dado que vivimos una crisis general, paradigmática e ineludible, conviene ya desde ahora soñar con otro tipo de democracia.

Parto del supuesto de que, según datos científicos serios, dentro de pocos años debido al acelerado e imparable calentamiento climático, dentro de pocos años tendremos que hacer frente al grave peligro de la supervivencia humana. La Tierra será otra. Si queremos continuar sobre este planeta, primero tenemos que disminuir, con ciencia y técnica, los efectos dañinos, y finalmente elaborar otro paradigma civilizatorio, amigo de la vida, que nos haga sentirnos hermanos y hermanas de todos los otros seres vivos, pues tenemos el mismo código genético de base que ellos. 

Me dicen: “¡usted es pesimista!” Respondo con Saramago: “No soy pesimista, la realidad es la que es pésima”.

Ya en 1962 la bióloga estadounidense Rachel Carson en su famoso libro La primavera silenciosa (Silent Spring) advertía sobre la crisis ecológica en curso y concluía: “La cuestión consiste en saber si alguna civilización puede llevar adelante una guerra sin tregua contra la vida sin destruirse a sí misma y sin perder el derecho a ser llamada civilización”.

La gran mayoría no tiene conciencia de la real situación ecológica de la Tierra. Por eso, a pesar de ser incómodo, es urgente hablar de estas cosas para suscitar la conciencia de estar preparados y de acoger los cambios, si queremos continuar sobre el planeta Tierra.

Dentro de este contexto realista propongo la actualidad de otro tipo de democracia: la democracia socioecológica. Ella representaría la culminación del ideal democrático. ¿Es una utopía? Sí, pero necesaria.

Subyace también en ella la idea originaria de toda democracia: todo lo que interesa a todos y a todas debe ser pensado y decidido por todos y por todas. Esto se hará de varias maneras.

Hay una democracia directa en pequeñas comunidades. Cuando estas se hicieron mayores, se proyectó la democracia representativa. Como generalmente los poderosos la controlan, se propuso una democracia participativa y popular en la cual los del piso de abajo pueden participar en la formulación y seguimiento de las políticas sociales. Se avanzó más y descubrimos la democracia comunitaria vivida por los pueblos andinos, en la cual todos participan de todo dentro de una gran armonía ser humano-naturaleza, el famoso “bien vivir”. Se vio que la democracia es un valor universal (N. Bobbio) a ser vivido cotidianamente, una democracia sin fin (Boaventura de Souza Santos). Ante el peligro de colapso de la especie humana, todos, para salvarse, se unirían en torno a la superdemocracia planetaria(J.Attali).

Más o menos en esta línea pienso en una democracia socioecológica. Los supervivientes de los cambios de la Tierra, que estabilizaría su clima en los 38-40 grados centígrados, para poder sobrevivir tendrán forzosamente que relacionarse en armonía con la naturaleza y con la Madre Tierra. 

De ahí se propondrían constituir una democracia socioecológica. Social porque incluiría a toda la sociedad. Ecológica porque lo ecológico será el eje estructurador de todo. No como una técnica para garantizar la sostenibilidad del modo de vida humano y natural, sino como un arte, un nuevo modo de convivencia tierna y fraterna con la naturaleza. No obligarán más a la naturaleza a adaptarse a los propósitos humanos. Estos se adecuarán a los ritmos de la naturaleza, cuidando de ella, dándole reposo para regenerarse. Se sentirán no solo parte de la naturaleza sino la propia naturaleza, de manera que cuidando de ella estarán cuidando de sí mismos, cosa que los indígenas han sabido desde siempre. 

Este tipo de democracia socioecológica posee una base cosmológica. 

Sabemos por la nueva cosmogénesis, por las ciencias del universo, de la Tierra y de la vida que todos los seres son interdependientes. Todo en el universo es relación y no existe nada fuera de la relación. La constante básica que sustenta y mantiene el universo, en expansión todavía, está constituida por la simbiosis y por la inter-retro-relacionalidad de todos con todos. Incluso la comprensión de Darwin de la supervivencia de los más adaptados se inscribe dentro de esta constante universal. Por eso cada ser posee su lugar dentro del Todo. Hasta el más débil, por el juego de las interrelaciones tiene su oportunidad de sobrevivir.

La singularidad del ser humano, y esto ha sido comprobado por neurólogos, genetistas, bioantropólogos y cosmólogos, es aparecer como un ser nudo-de-relaciones, de amorosidad, de cooperación, de solidaridad y de compasión. Tal singularidad aparece mejor cuando la comparamos con los simios superiores de los que solo nos diferenciamos en un 1,6% de carga genética. Ellos tienen también una vida societaria, pero se orientan por la lógica de la dominación y la jerarquización. Pero nosotros nos diferenciamos de ellos por el surgimiento de la cooperación y de la solidaridad. Concretamente, cuando nuestros antepasados humanoides salían a buscar sus alimentos, no los comían individualmente. Los traían para el grupo, vivían la comensalidad solidaria. Esta los hizo humanos, seres de amor, de cuidado y de cooperación.

La ONU ya ha admitido que tanto la naturaleza como la Tierra son sujetos de derechos. Son los nuevos ciudadanos con los cuales debemos convivir amigablemente. La Tierra es una entidad biogeofísica, Gaia, que articula todos los elementos para continuar viva y producir todo tipo de vida.

En un momento avanzado de su evolución y complejidad, ella empezó a sentir, a pensar, a amar y a cuidar. Surgió entonces el ser humano, hombre y mujer, que son la Tierra pensante y amante.

Ella se organizó en sociedades, también democráticas, de las más diferentes formas. Pero hoy, al haber sonado la alarma ecológica planetaria, debemos forjar con sabiduría una democracia diferente, la socioecológica, en los términos anteriormente mencionados.

Si queremos sobrevivir juntos, esta democracia se caracterizará por ser una cosmocracia, una geocracia, una biocracia, una sociocracia, en fin, una democracia ecológico-social o socio-ecológica. El tiempo urge. Debemos generar una nueva conciencia y prepararnos para los cambios y adaptaciones que no tardarán en llegar. 

*Leonardo Boff ha escrito con Jürgen Moltmann, ¿Hay esperanza para la creación amenazada? Vozes 2014.

Traducción de MªJosé Gavito Milano

Una democrazia che deve arrivare per forza

Siamo tutti impegnati a salvaguardare una democrazia minima di fronte a un presidente impazzito che continuamente la minaccia. Mentre stiamo vivendo una crisi generale, paradigmatica e irricevibile, è ora opportuno sognare un altro tipo di democrazia.

Parto dal presupposto, secondo i dati di seri scienziati, che tra pochi anni, a causa del riscaldamento climatico accelerato e inarrestabile, ci troveremo di fronte a un serio rischio per la sopravvivenza della specie umana. La Terra sarà un’altra. Se vogliamo continuare su questo pianeta, dobbiamo, prima, mitigare gli effetti dannosi, con la scienza e la tecnica, e infine, sviluppare un altro paradigma di civiltà, amico della vita e sentendosi fratelli e sorelle di tutti gli altri esseri viventi. Perché abbiamo con loro lo stesso codice genetico di base. Mi dicono: “sei pessimista”! Rispondo con Saramago: “Non sono pessimista; è la realtà che è pessima” Già nel 1962, la biologa americana Rachel Carson nel suo famoso libro Silent Spring (Primavera silenziosa) metteva in guardia sulla crisi ecologica e concludeva: La domanda è se una civiltà può portare avanti una guerra senza tregua contro la vita senza distruggere se stessa e perdere il diritto di essere chiamata civiltà». Da qui l’urgenza di cambiare paradigma e modello di democrazia.

In questo contesto realistico, propongo l’urgenza di un altro tipo di democrazia: quella socio-ecologica. Rappresenterebbe il culmine dell’ideale democratico.

Alla base c’è anche l’idea originaria di tutta la democrazia: tutto ciò che interessa a tutti e tutte deve essere pensato e deciso da tutti e tutte.

C’è una democrazia diretta nelle piccole comunità. Quando sono più grandi, si è progettata la democrazia rappresentativa. Poiché, di solito, i potenti la controllano, è stata proposta una democrazia partecipativa e popolare, nella quale coloro che sono ai piani bassi possono partecipare alla formulazione e al monitoraggio delle politiche sociali. Si è avanzato ancora di più e abbiamo scoperto la democrazia comunitaria, vissuta dai popoli andini, in cui tutti partecipano a tutto in una grande armonia tra gli esseri umani e la natura. Si è visto che la democrazia è un valore universale (N.Bobbio) da vivere quotidianamente, una democrazia senza fine (Boaventura de Souza Santos). Di fronte al rischio dell’eclissi della specie umana, tutti si unirebbero per salvarsi attorno alla superdemocrazia planetaria (J.Attali).

Più o meno in questo senso, penso a una democrazia socio-ecologica: i sopravvissuti alle mutazioni della Terra, stabilizzando il suo clima medio intorno ai 40 gradi centigradi o più, come mezzo di sopravvivenza, per forza, dovranno relazionarsi in armonia con la natura e con la Madre Terra. Da qui si propongono di costruire una democrazia socio-ecologica. È sociale in quanto coinvolge l’intera società. È ecologica perché l’ecologico sarà l’asse strutturante di tutto. Non come una tecnica per garantire la sostenibilità del modo di vivere umano e naturale, ma come un’arte, un nuovo modo di tenera e fraterna convivenza con la natura. Non costringeranno più la natura ad adattarsi agli scopi umani. Questi si adatteranno ai ritmi della natura, prendendosi cura di essa, dandole riposo per rigenerarsi. Si sentiranno non solo parte della natura, ma la natura stessa, così che prendendosi cura di essa, si prenderanno cura di se stessi, cosa che gli indigeni già conoscevano.

Questo tipo di democrazia socio-ecologica ha una base cosmologica. Sappiamo dalla nuova cosmogenesi, dalle scienze dell’universo, della Terra e della vita che tutti gli esseri sono interdipendenti. Tutto nell’universo è relazione e nulla esiste al di fuori della relazione. La costante di base che sostiene e mantiene l’universo ancora in espansione è costituita dalla sinergia, dalla simbiosi e dall’inter-retro-relazionalità di ognuno con tutti. Anche la comprensione di Darwin della sopravvivenza del più adatto rientra in questa costante universale. Pertanto, ogni essere ha il suo posto all’interno del Tutto. Anche il più debole grazie al gioco delle interrelazioni ha una possibilità di sopravvivere.

L’unicità dell’essere umano, e questo è stato dimostrato da neurologi, genetisti, bio-antropologi e cosmologi, è quella di apparire come un essere-nodo-di-relazioni, di amorevolezza, di cooperazione, di solidarietà e di compassione. Tale unicità ci appare meglio quando la compariamo con le scimmie superiori dalle quali differiamo solo per l’1,6% del carico genetico. Anche loro possiedono una vita societaria. Ma sono guidati dalla logica del dominio e della gerarchia. Ma noi ci distinguiamo da loro per l’emergere della cooperazione. Concretamente, quando i nostri antenati umanoidi uscivano a cercare i loro alimenti, non li mangiavano individualmente. Li portavano al gruppo e consumavano un pasto solidale. Questo li ha resi umani, esseri di amore, di cura e cooperazione.

L’ONU ha ammesso che sia la natura che la Terra sono soggetti di diritti. Sono i nuovi cittadini con i quali dobbiamo vivere amichevolmente. La Terra è un’entità bio-geofisica, Gaia, che articola tutti gli elementi per rimanere viva e produrre ogni tipo di vita. Ad un punto avanzato della sua evoluzione e complessità, lei iniziò a sentire, pensare, amare e prendersi cura. Emerse, allora, l’essere umano, uomo e donna che sono la Terra pensante e amante.

Lei si organizzò in società, anche democratiche, nelle forme più differenti. Ma oggi, poiché è suonato l’allarme ecologico planetario, dobbiamo con saggezza forgiare una democrazia diversa, la socio-ecologica.

Se vogliamo sopravvivere insieme, questa democrazia si caratterizzerà dall’essere una biocrazia, una geocrazia, una sociocrazia, una cosmocrazia, in breve, una democrazia ecologico-sociale o socio-ecologica. Il tempo stringe. Dobbiamo generare una nuova coscienza e prepararci ai cambiamenti e all’adattamento che non tarderanno ad arrivare.

Leonardo Boff

(traduzione in italiano di Gianni Alioti)

L’umanità è responsabile per il suo futuro

Il Covid-19, nel colpire tutti gli esseri umani, ci ha dato un segnale che dobbiamo interpretare. In natura nulla è casuale. La visione meccanicistica che la natura e la Terra non hanno scopo è superata. Essendo vivi, sono portatori di significato e s’inseriscono nel quadro generale del processo cosmogònico che ha già 13,7 miliardi di anni. Se tutti gli elementi non fossero stati sottilmente coordinati per miliardi di anni, non saremmo qui a scrivere di queste cose.

Qual è il significato più immediato che la natura ci sta rivelando con l’intrusione del coronavirus? Il significato ci arriva sotto forma di una domanda:

”Fermate l’assalto sistematico e devastante verso gli ecosistemi, le foreste, i suoli, le acque, la biodiversità. Le vostre mega-corporazioni industriali ed estrattive, le compagnie minerarie, l’agro-business imprenditoriale in collaborazione con l’industria dei pesticidi, gli emettitori di giga-tonnellate di gas serra nell’atmosfera, quelli che causano l’erosione della biodiversità, stanno distruggendo le fondamenta che sostengono la vostra stessa vita. Vi stanno scavando la fossa in un tempo prevedibile. Non l’agricoltura contadina e famigliare o i poveri della terra, siete voi che state distruggendo gli habitat di migliaia di virus presenti negli animali; cercando di sopravvivere, hanno trovato negli umani l’accoglienza per la loro sopravvivenza a costo della vostra stessa vita. Il falso progetto di crescita-sviluppo illimitato della vostra cultura consumistica non è più sostenuto dalla natura e dalla Terra, un pianeta vecchio e limitato nei beni e nei servizi. Come reazione alla violenza contro di me – natura e Madre Terra – vi ho già inviato diversi virus che vi hanno attaccato; ma non avete visto in loro un segno; non avete imparato a leggerlo, né avete imparato la lezione in loro contenuta; voi pensate solo a tornare alla vecchia e perversa normalità. Io vi dico: o cambiate il vostro rapporto con la natura e con la Madre Terra, una relazione di cura, di rispetto ai suoi limiti, di auto-limitazione della vostra voracità, sentendovi effettivamente parte della natura e non più i suoi presunti padroni, o sarete devastati da virus ancora più letali. Vi avverto: uno di loro potrebbe essere così resistente da mostrare la totale inefficacia degli attuali vaccini e gran parte dell’umanità verrebbe consumata dal ‘Next Big One’, il definitivo e il fatale. La Terra e la vita su di essa, specialmente quella microscopica, non periranno. La Terra vivente continuerà a girare intorno al Sole e a rigenerarsi, ma senza di voi. Pertanto, abbiate cura, perché il tempo trascorre inesorabilmente. La natura è una scuola, ma voi non avete voluto iscrivervi ad essa e per questo, irrazionalmente, state sedimentando il cammino che vi porterà alla vostra stessa autodistruzione. E non dirò altro”.

La pandemia ha colpito l’umanità a livello globale. Poiché la forma è globale, ovviamente, anche la soluzione dovrebbe essere globale: discussa e decisa globalmente. Dov’è un centro plurale e globale per pensare e proporre soluzioni ai problemi globali? L’ONU non realizza i suoi obiettivi fondamentali, poiché è diventata un’agenzia che difende gli interessi delle nazioni potenti che hanno il diritto di veto, in particolare nell’organismo più importante che è il Consiglio di Sicurezza. Siamo ostaggi di una visione obsoleta di sovranità nazionale, che non si è ancora resa conto della nuova fase della storia umana, la planetização che rende interconnesse tutte le nazioni e che tutte hanno lo stesso destino comune. Siamo tutti sulla stessa barca: o ci salviamo tutti o nessuno si salva, ha avvertito papa Francesco. Questo è il vero significato della globalizzazione o della planetização. Il tempo delle nazioni è passato. Dobbiamo costruire la Casa Comune all’interno della quale s’inseriscono le varie nazioni culturali, sempre intrecciate, formando un’unica Casa Comune, natura inclusa.

La pandemia ha messo in chiaro quanto possiamo essere disumani e crudeli: i ricchi hanno approfittato della situazione e si sono arricchiti molto di più mentre i poveri sono diventati molto più poveri. La cultura attuale è competitiva e molto poco cooperativa. Il profitto conta più della vita. I vaccini sono stati distribuiti in modo disuguale, lasciando i poveri esposti al contagio e alla morte. Un intero continente, con più di un miliardo di persone, l’Africa, è stato dimenticato. Solo il 10% della sua popolazione è stata vaccinata. La morte è particolarmente diffusa tra i bambini a causa dell’insensibilità e della disumanità della nostra civiltà globalizzata. È l’impero della barbarie che nega ogni senso di civilizzazione mondializzata. Gli analisti, in particolare i biologi, giustamente si chiedono: abbiamo ancora il diritto di vivere su questo pianeta? I nostri modi di essere, di produrre e di consumare minacciano tutte le altre specie. Abbiamo inaugurato una nuova era geologica, l’antropocene e persino il ‘necrocene’, vale a dire: la grande minaccia mortale alla vita sul pianeta non viene da una meteora radente, ma dall’essere umano barbarizzato specie tra gli strati più opulenti della popolazione. Tra i poveri e gli emarginati, si conserva ancora umanità, solidarietà, mutuo appoggio, cura delle cose comuni come si è dimostrato durante questo periodo di pandemia mondiale.

L’intrusione del Covid-19 rappresenta un invito a riflettere: perché siamo arrivati ​​a questo punto, minacciati da un virus invisibile che ha messo in ginocchio le potenze militariste e il loro fantasioso slancio imperiale? Dove stiamo andando? Quali cambiamenti dobbiamo attuare se vogliamo garantire un futuro per noi e per i nostri discendenti? I multi-miliardari globali (0,1% dell’umanità) sognano una radicalizzazione totalizzante dell’ordine del capitale, imponendo a tutti un dispotismo cibernetico che veglierà e reprimerà tutti gli oppositori e che garantirà le loro fortune. Lo stomaco della Madre Terra non digerirà una tale mostruosità. Insieme alla resistenza umana, indispensabile, annullerà le loro pretese, negando loro le basi ecologiche, da loro incontrollabili, per questo progetto perverso.

Come mai prima nella storia il destino delle nostre vite dipende dalle decisioni che dobbiamo prendere collettivamente. In caso contrario conosceremo il cammino già intrapreso dai dinosauri. Non vogliamo questo. Ma siamo a un bivio.

(Traduzione dal Portoghese di Gianni Alioti)

“Eu só sou eu através de você”:Ubuntu: uma saída da barbárie

A pandemia mostrou uma abissal desigualdade mundial e uma falta cruel de solidariedade para com aqueles que não podem fazer o distanciamento social e deixar de trabalhar senão não têm o que comer.Para sermos concretos: não abandonamos ainda o mundo da barbárie e se já a havíamos deixado, retornamos a ele. O nosso mundo não pode ser chamado de civilizado porque um ser humano não reconhece e acolhe outro ser humano,independente do dinheiro que carrega no bolso ou tem depositado no banco ou de sua visão de mundo e de sua inscrição religiosa. A civilização surge quando os seres humanos se entendem iguais e decidem conviver pacificamente. Se isso é assim, estamos ainda na antessala da civilização e navegamos em plena barbárie. Esse cenário é dominante no mundo de hoje, agravado ainda mais pela intrusão do Covid-19.Ele ganhou sua mais perversa expressão pela cultura do capital,competitiva,pouco solidária, individualista, materialista e sem nenhuma compaixão para com a natureza.

Neste contexto vexaminoso duas alternativas nos podem salvar: a solidariedade e o internacionalismo.

A solidariedade pertence à essência do humano, pois se não tivesse havido um mínimo de solidariedade e de compaixão, ninguém de nós estaria aqui falando destas coisas. Foi necessário que nossas mães nos tivessem solidariamente acolhido, nos abraçado, alimentado e amado para podermos existir. Sabemos pela bioantropologia que foi a solidariedade de nossas ancestrais antropoides que se tornaram humanos e, com isso, civilizados, quando começaram a trazer a comida ao grupo, repartirem-na solidariamente entre si e exercerem a comensalidade. Esta ação continua ainda hoje, quando muitos grupos, especialmente os Sem Terra, se mostraram solidários distribuindo dezenas de toneladas de agro alimentos e muitas centenas de marmitas para saciar a fome de milhares nas ruas e periferias de nossas cidades.

O internacionalismo acompanha a solidariedade.Ele parece óbvio: se o problema é internacional,deveria haver também uma solução internacionalmente consertada. Mas quem cuida do internacional? Cada país cuida de sei mesmo como se não houvesse nada para além de suas fronteiras. Ocorre que atualmente inauguramos a fase nova da história da Terra e da Humanidade: a fase planetária, a da única Casa Comum. Os vírus não respeitam as fronteiras nacionais. O Covid-19 atacou a Terra inteira e ameaça a  todos os países sem exceção. As soberanias mostraram-se obsoletas. Que seria dos velhinhos da Itália, gravemente infectados pelo Covid-19, se não fosse a solidariedade de Angela Merkel da Alemanha que salvou a grande maioria deles? Mas isso foi uma exceção para mostrar que é pela superação do nacionalismo envelhecido em nome do internacionalismo solidário que poderá ser encontrado um caminho de saída para a nossa barbárie.

É nesta perspectiva que consideramos inspiradora uma categoria fundamental, vinda da África. Muito mais pobre que nós,  ela é  mais rica em solidariedade. Esta vem expressa pela palavra Ubuntu, que significa: eu só sou eu através de você. O outro, portanto, é essencial para que eu exista enquanto humano e civilizado. Inspirado pelo Ubuntu, o recém-falecido arcebispo anglicano Desmond Tutu encontrou, para a África do Sul, uma chave para a reconciliação entre brancos e negros, na Comissão da Verdade e da Reconciliação.

Como ilustração como o Ubuntu está enraizado na culturas africanas, consideremos este pequeno testemunho: um viajante europeu e branco  se extasiou com o fato de que, sendo mais pobres que a maioria, os africanos eram menos desiguais. Quis saber o porquê. Idealizou um teste. Viu um grupo de jovens jogando futebol num campo cercado de árvores. Comprou um bela cesta de diversos e coloridos frutos e a colocou no alto de um pequeno morro. Chamou os jovens e lhes disse: “Lá no alto há uma cesta cheia de saborosos frutos. Vamos fazer uma aposta: vocês se coloquem todos em fila e quando der o sinal, comecem  correr. Quem chegar primeiro lá no alto, ganhou a cesta de frutos e poderá comer sozinho quanto quiser”.

Deu o sinal de partida. Coisa curiosa: todos se deram as mãos e juntos correram para o alto, onde estava a cesta. Começaram a saborear solidariamente os frutos.

O europeu, estupefacto, perguntou: por que fizeram isso? Não era o primeiro a chegar e poder comer sozinho os frutos? Todos gritaram unanimemente: Ubuntu! Ubuntu! E um jovem, um pouco mais idoso, lhe explicou:“Como um de nós poderia ficar feliz sozinho se todos os demais ficariam tristes?” E acrescentou:

“Meu senhor, a palavra Ubuntu significa isso para nós: “Eu só posso ser eu por meio do outro”. “Sem o outro eu não sou nada e ficaria sempre sozinho. Sou quem sou porque sou através dos outros. Por isso que repartimos tudo entre nós, colaboramos uns com os outros e assim ninguém fica de fora e triste. Assim fizemos com a sua proposta. Comemos todos juntos. Todos ganhamos a corrida e juntos desfrutamos dos bons frutos que nos trouxe. Entendeu agora?

Este pequeno relato é o contrário da cultura capitalista. Esta imagina que alguém é tanto mais feliz quanto mais pode acumular individualmente e usufruir sozinho. Por causa desta atitude reina a barbárie, há tanto egoísmo, falta de generosidade e ausência de colaboração entre as pessoas. A alegria (falsa) é de poucos ao lado da tristeza (verdadeira) de muitos.Para viver bem, em nossa cultura, muitos têm que viver mal.

Entretanto, por todas as partes na humanidade, estão fermentando grupos e movimentos que ensaiam viver essa nova civilização da solidariedade entre os humanos e também para com a natureza. Cremos que começou a construção da Arca de Noé. Ela nos poderá salvar se o Universo e o Criador nos concederem o tempo necessário.Fora da solidariedade e o do sentido internacionalista pereceremos em nossa barbárie.

Leonardo Boff é eco-teólogo e escreveu Covid-19, a Mãe Terra contra-ataca a humanidade, Vozes 2020; Habitar a Terra: qual o caminho para fraternidade universal? Vozes 2121.