El fin del principio-Adán: lo femenino es anterior a lo ma

Leonardo Boff

La vida ya existe en la Tierra desde hace 3.8 billones de años. El antepasado común de todos los seres vivos fue probablemente una bacteria unicelular sin núcleo que se multiplicaba de manera asombrosa por división interna o por clonación. En la clonación, si no hay control sobre la bacteria, en tres días podría dominar el planeta, tal es su impulso vital y de auto-multiplicación. Pero siempre prevalece un equilibrio que autolimita este proceso; de lo contrario, tendríamos graves desequilibrios ecológicos hasta el punto de que la vida se volvería imposible. Esto duró cerca de un billón de años.

Posteriormente surgió una célula con membrana y dos núcleos, dentro de los cuales se encontraban los cromosomas. En ella se identifica el origen del sexo. Cuando ocurría el intercambio de núcleos entre dos células binucleadas, se generaba un único núcleo con los cromosomas en pares. Antes, las células se subdividían por clonación; ahora lo hacen mediante el intercambio entre dos diferentes con sus núcleos. Así se revela la simbiosis —composición de elementos distintos— que, junto con la selección natural, representa una, aunque no la única, de las fuerzas más importantes de la evolución.

Lo que muchos biólogos sostienen —incluido el astrofísico Stephen Hawking, en su libro El universo en una cáscara de nuez (Mandarim, San Pablo 2001)— es que en la evolución y en el proceso biogénico no existe simplemente el triunfo del más apto, como pretendía Darwin. Tal visión es aún insuficiente, pues no toma en cuenta las interdependencias existentes entre todos los seres, incluso a nivel físico-químico, mucho antes del surgimiento de la vida. Es esta interdependencia, la cooperación de todos con todos, la que constituye la línea maestra del proceso evolutivo.

La competencia, con la posibilidad de que triunfe el más apto, solo es posible dentro de la interdependencia y la cooperación universal. El débil también posee su oportunidad y su lugar, y gracias a la interdependencia sobrevive. Este principio originario de interdependencia de todos con todos fundamenta la sostenibilidad y explica la biodiversidad y la fuerza de la vida.

Christian de Duve, premio Nobel de Medicina, llega a afirmar en su conocido libro Polvo vital: la vida como imperativo cósmico” (Campus 1997) “la vida es como una plaga tan violenta que jamás se ha conseguido exterminarla” (p.368). A lo largo de la historia de la Tierra ocurrieron quince grandes extinciones de especies vivas, pero ella, la Tierra viva, logró siempre reconstruir la biodiversidad e incluso enriquecerla.

Cuando surgió la sexualidad con la bipolaridad masculino/femenino, apareció también la gran diversidad y la singularidad de los seres vivos. El intercambio del material genético se da siempre bajo un principio cuántico, es decir, está vigente el principio de indeterminación de Werner Heisenberg. Nunca se sabe exactamente qué resulta de las conjunciones ni qué enriquecimientos surgen a partir de los dos tipos de capital genético, el femenino y el masculino.

Este hecho tiene consecuencias filosóficas: la vida está tejida más de intercambios, cooperación y simbiosis que de lucha competitiva por la supervivencia y la competencia, como ocurre en el ámbito de los negocios.

Cuando se alcanza el nivel consciente y libre, esta riqueza y este intercambio pasan de la exterioridad biológica a la interioridad subjetiva, es decir, al proyecto personal. La sexualidad puede transformarse en un propósito de vida, vivido en pareja y en libertad, expresado en el amor. Esta opción ya no está regida por el código genético descrito por la biología. Aquí intervienen otros principios ligados a la innovación, la libertad, la cooperación consciente, el cuidado y el amor, sobre los cuales se estructuran relaciones nuevas, creativas y libres, también entre hombre con hombre o mujer con mujer.

Retomando el hilo: durante los dos primeros billones de años, en los océanos o lagos de donde surgió la vida, no existían órganos sexuales específicos. Existía una existencia femenina generalizada que, en el gran útero de los océanos, lagos y ríos, generaba vida. En este sentido podemos decir que el principio femenino es primero y originario, y no el masculino. Así se invalida el mito bíblico y cultural de la primacía de Adán (lo masculino).

Solo cuando los seres vivos dejaron el mar, fue surgiendo lentamente el pene, elemento masculino que, al entrar en contacto con la célula femenina, le transmitía parte de su ADN, donde se encuentran los genes.

Con la aparición de los vertebrados, los reptiles, hace 370 millones de años, estos crearon el huevo amniótico lleno de nutrientes y consolidaron la vida en tierra firme. Con la aparición de los mamíferos, hace unos 125 millones de años, surgió una sexualidad definida de macho y hembra. Allí emergen el cuidado, el amor y la protección de las crías. Hace 70 millones de años apareció nuestro ancestro humano, que vivía en la copa de los árboles, alimentándose de brotes y flores. Con la desaparición de los dinosaurios, hace 67 millones de años, pudo descender al suelo y desarrollarse hasta llegar a nuestros días.

Conviene detallar mejor la complejidad implicada en la sexualidad.

El sexo genético-celular humano presenta el siguiente cuadro: la mujer se caracteriza por 22 pares de cromosomas somáticos más dos cromosomas X (XX). El hombre posee también 22 pares, pero con un cromosoma X y otro Y (XY). De ello se deduce que el sexo base es femenino (XX), mientras que el masculino (XY) representa una derivación por un único cromosoma (Y). Por tanto, no existe un sexo absoluto, sino uno dominante. En cada uno de nosotros, hombres y mujeres, existe “un segundo sexo”.

En cuanto al sexo genital-gonadal, es importante señalar que en las primeras semanas el embrión es andrógino, es decir, posee ambas posibilidades sexuales, femenina y masculina. A partir de la octava semana, si el cromosoma Y interviene mediante el andrógeno, la definición será masculina. Si no ocurre, prevalece la base común femenina. En  términos del sexo genital-gonodal podemos decir: el camino femenino es primordial. A partir de lo femenino se da la diferenciación, lo que desautoriza el fantasioso “principio-Adán” . La ruta de lo masculino es una modificación de la matriz femenina, por causa de la secreción del andrógenos.

Existe además el sexo hormonal. Todas las glándulas sexuales, tanto en el hombre como en la mujer, son reguladas por la hipófisis, que es sexualmente neutra, y por el hipotálamo, que sí está sexuado. Estas glándulas producen tanto andrógenos (masculinos) como estrógenos (femeninos). Son responsables por los caracteres sexuales secundarios. La predominancia de uno u otro determina características y comportamientos femeninos o masculinos. Así, un hombre con mayor presencia de estrógenos puede presentar rasgos femeninos, y lo mismo ocurre en la mujer respecto a los andrógenos.

Por último, la sexualidad posee una dimensión ontológica. El ser humano no “tiene” sexo. Él es sexuado en todas sus dimensiones, corporales, mentales y espirituales. Antes de la emergencia de la sexualidad, el mundo es el de lo idéntico; con ella surge la diferencia mediante el intercambio entre distintos, que permite la convivencia y la interrelación.

Esto tiene consecuencias antropológicas: la vida está más tejida de cooperación y simbiosis que de lucha competitiva.

Así ocurre con la sexualidad humana: cada persona, además de su impulso instintivo, siente la necesidad racional y afectiva de canalizarlo y sublimarlo. Quiere amar y ser amada, no por imposición, sino por libertad. La sexualidad florece en el amor, la fuerza más poderosa “que mueve el cielo y las estrellas” (Dante) y también nuestros corazones. Es la máxima realización a la que puede aspirar el ser humano. Pero conviene recordar: lo femenino es anterior, surge primero y es fundamental. Lo masculino apareció mucho más tarde en el proceso de la sexogénesis. Ambos, sin embargo, se encuentran para conformar la unidad diversa de la especie humana, de mujer y varón.

Leonardo Boff escreve para a revista LIBERTA (https:// www.revistaliberta.com.br); escreveu também com Rose-Marie Muraro: Feminino-masculino:uma nova consciência para o encontro das diferenças,Record RJ 2010; Epirito Santo y Maria, DABAR 2002. (https://www.leonardoboff.org).

Die Auferstehung inmitten eines verlängerten Karfreitags

Leonardo Boff

Nicht einmal die größten Optimisten können leugnen, dass wir in düsteren und bedrohlichen Zeiten leben. Wir befinden uns in einer Welt ohne Regeln, inmitten des Chaos, ohne die Gewissheit, dass dieses Chaos nicht nur zerstörerisch, sondern auch schöpferisch sein kann. Wir stehen unter der Herrschaft des zerstörerischen Chaos. Es gibt etwa 18 Kriegsgebiete, zahlreiche Völkermorde und die Drohung mit dem Einsatz von Massenvernichtungswaffen. Vielleicht finden diese Angriffe nicht einmal auf der Erde statt, sondern im Weltraum, wo Hunderte von Satelliten kreisen, von denen einige tödliche Waffen tragen. Hinzu kommt die Bedrohung durch einen globalen Cyber-Shutdown, orchestriert von einer der Kriegsmächte. Alles könnte zum Erliegen kommen: Handys, Flugzeuge, Autos, die Strom- und Kommunikationssysteme. Wir alle würden in die Knie gehen und unsere Niederlage eingestehen.

Wir sind etwa vier bis fünf Personen ausgeliefert, die in einem Anfall von Wahnsinn oder unter existenzieller Bedrohung – wie im Fall des amtierenden US-Präsidenten – einen Atomkrieg mit strategischen (nicht taktischen) Atomwaffen entfesseln könnten, der einen nuklearen Winter zur Folge hätte. Die Partikeldichte in der Atmosphäre wäre so hoch, dass kein Sonnenlicht mehr eindringen könnte. Die verheerenden Folgen für Menschheit und Natur (Pflanzen würden keinen Sauerstoff mehr produzieren) wären unvorstellbar und grenzten an das Aussterben der Menschheit.

Wir fragen uns: Wie können wir in diesem Kontext Ostern und das Fest der Auferstehung feiern? Die meisten Menschen sind sich dieser Bedrohungen nicht bewusst, sei es, weil die Medien der hegemonialen Länder des herrschenden Systems Informationen verweigern oder weil sie es nicht wissen oder es ihnen gleichgültig ist. Wie dem auch sei, mit oder ohne Bedrohungen muss das Leben seinen gewohnten Gang gehen und die Arbeit erfüllen, die den Menschen Nahrung sichert. Es geht darum, ohne Verzweiflung zu leben.

Zunächst müssen wir klären, was unter Auferstehung zu verstehen ist. Wir dürfen sie nicht mit der Wiederbelebung eines Leichnams verwechseln, wie es bei Lazarus geschah (Johannes 11,1–44; dem Sohn der Witwe von Nain, Lukas 7,15; der Tochter des Jairus, Lukas 8,41). Sie kehrten in ihr früheres sterbliches Leben zurück und starben schließlich. Auferstehung bedeutet etwas anderes: eine radikale Transformation der historischen Existenz Jesu von Nazareth, des Gekreuzigten, Toten und Begrabenen. Vielleicht hat der heilige Paulus am besten ausgedrückt, was Auferstehung bedeutet: das Hervortreten des „neuesten Adam“ (1. Korinther 15,45). „Neuester Adam“ bedeutet, dass in diesem Gekreuzigten, in Erwartung des neuen Menschen, die Zukunft des Lebens offenbart wurde: die vollständige Entfaltung der in jedem Menschen schlummernden Möglichkeiten, sodass er als „der neue Mensch in der Fülle seiner Menschlichkeit“ gelten kann. Dieses neue Wesen nimmt die Gestalt von Gottes eigener Existenz an: Allgegenwart, Befreiung von den Fesseln der Raumzeit, mit einer Art unsterblichem und ewigem Leben, niemals vom Tod bedroht. Es ist reines Leben in seinem höchsten Ausdruck, im Ebenbild des lebendigen Gottes.

Moses starb, Jesaja starb, Sokrates starb, Buddha starb, Zarathustra starb, Konfuzius starb, Laotse starb, Zhuangzu starb. Jesus ist auferstanden und lebt unter uns als der kosmische Christus, gegenwärtig in allen Bereichen des Himmels und auf Erden. Von Moses stammen die Zehn Gebote, von Buddha die fünf Tugenden, von Konfuzius die Tugenden des guten Dieners und so weiter. Wir denken weniger an die Personen selbst und mehr an die Lehren, die sie hinterlassen haben und die ihre Anhänger vermenschlichen. Bei Jesus denken wir an die Person, die auferstanden ist und unter uns lebt. Wichtiger als die Texte des Neuen Testaments, die 30–40 Jahre nach seiner Kreuzigung und Auferstehung gesammelt wurden (und das Neue Testament bilden), ist die Person Jesu, die zählt und mit der wir in Gemeinschaft treten wie mit einem lebendigen und gegenwärtigen Wesen. Wir haben Anteil an der Ganzheit Jesu (im Hebräischen: Leib und Blut) durch die Eucharistie. Und wir verinnerlichen seine kosmische Gegenwart in allen Dingen.

Dies ist die grundlegende Wahrheit des Christentums: die Auferstehung der Gekreuzigten. Viele wurden in der Geschichte gekreuzigt. Doch mit Jesus geschah etwas Unerhörtes, das Teilhard de Chardin, ein Paläontologe, der Evolution und Glauben miteinander zu verbinden wusste, als ein „gewaltiges“ kosmisches Phänomen bezeichnete. Andere sehen in der Auferstehung eine Revolution innerhalb der Evolution: das ersehnte, abenteuerliche und seligmachende Hervortreten des Guten für die Menschheit und das Universum, dessen Teil sie ist.

Niemand bezeugt die Auferstehung besser als der Apostel Paulus, der sagt: „Wenn Christus nicht auferstanden ist, ist unsere Predigt nutzlos, und euer Glaube ist es auch. Wir würden dann zu Lügnern werden… Aber Christus ist tatsächlich von den Toten auferstanden als Erstling der Entschlafenen… In Christus werden alle lebendig gemacht werden“ (1. Korinther 15,13-15.20.22).

Zum Schluss möchte ich Ihnen noch ein persönliches Zeugnis geben. Als ich 1976 die heiligen Stätten in Palästina besuchte, geschah etwas Merkwürdiges. Wir wissen, dass diese Orte stets von Menschen aus aller Welt besucht werden, die diese heiligen Stätten aufsuchen. Niemand ist dort jemals allein. Ich aber war 18 Minuten lang allein in der Grabeskirche, dem Ort der Auferstehung. Für mich war dies eine Belohnung dafür, dass ich fast tausend Seiten über Jesus und ein ganzes Buch über „Die Auferstehung, Christus und unseren Tod“ (Vozes) geschrieben hatte. In meinen Schriften kehre ich immer wieder zum Thema der Auferstehung zurück. Sie ist es, was das Christentum zu bieten hat, mehr als die wunderbaren Lehren des Meisters.

So dramatisch die gegenwärtige Lage der Menschheit auch erscheinen mag – sie hat sich selbst die Werkzeuge der Selbstzerstörung geschaffen –, dürfen wir nicht in Trauer verharren. Nachdem Christus auferstanden ist und uns unsere gute und gesegnete Zukunft gezeigt hat, können wir immer noch lächeln, spielen und tanzen, wie die kleinen Kinder im Gazastreifen, die dem Völkermord entkommen sind.

Das diesjährige Osterfest der Auferstehung schenkt uns eine bescheidene Freude und Zuversicht. Die letzte Seite unserer Geschichte wird nicht vom Tod geschrieben, sondern von der Auferstehung des Lebens – bis zu jenem Moment, in dem unser auferstandener Bruder Jesus auch uns in sein Ebenbild verwandeln wird.

Leonardo Boff, Theologe und Philosoph, schreibt für die Zeitschrift des ICL LIBERTA (https:// www.revistaliberta.com.br); er verfasste außerdem „Die Auferstehung Christi und unsere eigene im Tod“, Vozes 1972, zahlreiche Auflagen: „Das Evangelium des kosmischen Christus“, Record 1972, mehrere Auflagen (https://www.leonardoboff.org)

Deutsche Übersetzung von Bettina Gold-Hartnack

Wir fürchten die dunkle Nacht unserer Zeit nicht,denn wir lieben die Sterne

                             Leonardo Boff

Es gibt derzeit viele, die die Hoffnung verloren haben, dass wir angesichts der düsteren aktuellen Lage noch eine Zukunft haben. Es gibt zu viel Böses, Völkermord unter aller Augen und schamlos begangen von denen, die ihn verüben – Israel und die Vereinigten Staaten von Amerika –, die zudem noch skandalöserweise von einigen europäischen Ländern unterstützt werden, insbesondere von Deutschland, das den Holocaust der Nazis vergessen hat.

 Entsetzt müssen wir mitansehen, wie eine große Nation – jene, die über die meisten Mittel zur Massenvernichtung und sogar zur Auslöschung des Lebens auf der Erde verfügt, nämlich Russland –, eine Nachbarnation mit großen kulturellen Traditionen und den berühmten, weisen rabbinischen Erzählungen, nämlich die Ukraine, dem Erdboden gleichmacht. Schrecklich ist der Krieg der USA und Israels gegen den Iran, der eine der ältesten Zivilisationen zerstört, mit einer Grausamkeit, die ihre Ziele nicht wählt – alles wird angegriffen, einschließlich Mädchenschulen.

Hinzu kommt die absurde Anhäufung von Vermögen in den Händen einiger weniger, denn acht Personen besitzen einzeln so viel Reichtum wie 4,7 Milliarden Menschen zusammen. Bei diesen ist keinerlei menschliches Mitgefühl gegenüber ihren Mitmenschen zu erkennen; sie behandeln diese wie wirtschaftliche Nullen, die entbehrlich sind und als Untermenschen betrachtet werden: die Millionen, die in den Vororten der Großstädte des Globalen Nordens leben (allein in den USA leben 30 Millionen Arme) und zu Millionen die Metropolen des Globalen Südens bevölkern.

Ich verzichte darauf, auf die gravierende Bedrohung durch die Überlastung der Erde einzugehen, die mit strengen Grenzen für die Produktion lebensnotwendiger Güter und Dienstleistungen einhergeht (wir benötigen bereits heute 1,7 Erden). Auch nicht von der zunehmenden globalen Erwärmung des Planeten Erde, die, wenn sie bis 2030–2035 nicht auf maximal 1,5 °C gegenüber dem Industriezeitalter (1850–1900) begrenzt wird, eine unaufhaltsame Dezimierung von Leben in der Natur und der Menschheit verursachen wird.

Wie kann man angesichts eines Dramas dieser Größenordnung noch Hoffnung haben? Wir verstehen die Bedenken der Weltpolitikexperten, die sagen: Es ist nicht ausgeschlossen, dass nun wir an der Reihe sind, aus dem Evolutionsprozess zu verschwinden, so wie bereits Hunderte und Aberhunderte von Arten verschwunden sind, nachdem sie Millionen von Jahren auf der Erde gelebt hatten.

Deshalb bin ich pessimistisch, denn die Realität ist pessimistisch Dennoch bezeichne ich mich als hoffnungsvollen Pessimisten. Hoffnungsvoll, weil wir, wenn wir die Erde sind, die fühlt, denkt, liebt und verehrt, die Widerstandsfähigkeit besitzen, die sie in den 15 Massenaussterben ihrer 4,5 Milliarden Jahre währenden Geschichte gezeigt hat. Das Leben ist nie untergegangen. Nach jedem Massenaussterben, wie zahlreiche Biohistoriker bezeugen, hat die Erde, beispielsweise Christian de Duve (Kosmischer Staub: Leben als kosmische Notwendigkeit, 1995), gleichsam zur Rache eine größere Artenvielfalt hervorgebracht als die, die verloren gegangen war.

Wie der deutsche Dichter Friedrich Hölderlin sagte: „Wo Gefahr ist, wächst auch das, was rettet.“ Unsere Gefahr ist unbestreitbar. Doch da der Mensch ein unendliches Geschöpf ist, ausgestattet mit tausend Möglichkeiten, wird er selbst angesichts größter Gefahr Wege zur Rettung finden.

Es ist bekannt, dass die Geschichte des Lebens nicht linear verläuft. Sie macht Sprünge. Das Unwahrscheinliche kann wahrscheinlich werden. Und das Unerwartete kann geschehen. Es war sicherlich unwahrscheinlich, dass ein Schwarzer, Barack Obama, angesichts der Diskriminierung, die er stets durch weiße Rassisten erlitten hatte, Präsident der USA werden würde. Und er wurde es. Wer hätte sich vorstellen können, dass in einer sexistischen Gesellschaft wie Brasilien eine Frau, Dilma Rousseff, Präsidentin Brasiliens werden würde? Und sie wurde es.

Ich bin überzeugt, wie auch der Paläontologe und Mystiker Pierre Teilhard de Chardin, dass die Menschheit in einem kritischen Moment ihrer Geschichte, insbesondere im Bewusstsein ihrer möglichen Selbstzerstörung, zur Besinnung kommen und ihren Platz im Ganzen des Seins sowie ihre Verantwortung für die Zukunft des Lebens erkennen würde. Sie würde einen Quantensprung in ihrem Bewusstsein vollziehen und einen anderen Weg für ihre Geschichte einschlagen. Sie würde zum Hüter und Bewahrer des heiligen Erbes werden, das sie geerbt hat: die Erde und all ihre Ökosysteme mit ihren Bewohnern. Sie würde erkennen, dass sie untrennbar mit der Natur verbunden ist, vereint mit ihren Brüdern und Schwestern in ihr. Sie würde das gemeinsame Haus lieben und schmücken, in dem alle, mit ihren Unterschieden, aber in tiefer Einheit ihren Platz finden würden.

Dies liegt im Bereich menschlicher Fähigkeiten. Von Natur aus sind wir kooperative und einfühlsame Wesen, die sich besonders um die Schwächsten kümmern. Tief in unserem Inneren sind wir, wie die moderne Wissenschaft objektiv belegt, spirituelle Wesen, die fähig sind, jene Hintergrundenergie (das Wesen, aus dem alles Leben entsteht) zu erkennen, die alles durchdringt und erhält. James Watson bewies, dass die Liebe, die größte Kraft im Universum, in unserer DNA verankert ist (DNA: Das Geheimnis des Lebens, 2005). Trotz all dieser positiven Aspekte liegt noch ein schmerzhafter Weg vor uns, bis wir ein liebevolles und geschwisterliches Zusammenleben erreichen.

Wir stehen nicht vor einer vorhergesagten Tragödie, sondern vor dem Kern einer fundamentalen Krise, die uns läutern und reinigen wird und uns einen großen Schritt nach vorn ermöglicht, um gemeinsam eine nachhaltige Welt zu gestalten. Es liegt an uns, zu verhindern, dass die gegenwärtigen Krisen zu Tragödien werden.

Deshalb fürchten wir die dunkle Nacht unserer Zeit nicht, denn wir lieben die Sterne, unsere Schwestern. Wir erwarten die kommende Morgendämmerung.

Leonardo Boff schreibt für das LIBERTA-Magazin der ICL (https://www.revistaliberta.com.br); außerdem schrieb er „The Painful Birth of Mother Earth“, Vozes 2021 (https://www.leonardoboff.org).

La Cumbre de los Pueblos Originarios: el Cóndor y el Águila

Leonardo Boff

El conocido historiador y pensador de la cultura Emmanuel Todd, en un tono fuerte, denunciaba ya en 2024 “La derrota de Occidente” (La défaite de l’Occident). Mostraba con argumentos cómo Occidente fue derrotado por sí mismo, al no poder recrearse a partir de sus propias raíces ya necrosadas.

            Lo que Todd afirmó sobre Occidente podría decirse de toda la civilización planetaria, quizá con la excepción de China bajo Xi Jinping, que intenta rescatar las raíces éticas y espirituales de la ancestral tradición china. Pero el problema es la falta de libertad. La historia nos enseña que al ser humano le repugna verse privado de ese don mayor que es la libertad, con la cual puede moldear su destino y expresar su visión del mundo.

            Si casi la totalidad de la civilización globalizada está a la deriva, no puede decirse lo mismo de los pueblos originarios de Abya Yala, nombre kuna para la Amerindia, que significa “tierra madura”. El nombre ya ha sido incorporado por casi todas las etnias. Ha sido un largo camino. En el Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro (México) en 1940, todavía se sostenía la tesis colonialista de la homogeneización y asimilación de los pueblos originarios a la cultura dominante, de carácter occidental.

            Todo comenzó a cambiar a partir de los años sesenta, cuando surgió, especialmente entre los jóvenes, un espíritu libertario. En este contexto, en todos los países sudamericanos irrumpió también la conciencia indígena como indígena. Los pueblos originarios rechazaban ser llamados “naturales” para distinguirlos de los “civilizados”. Querían ser lo que son: verdaderos pueblos —mayas, incas, aztecas, olmecas, toltecas, tupí-guaraníes, pataxó, yanomami, y muchas otras decenas.

            A partir de 1990 se realizaron varios encuentros de pueblos originarios del Gran Sur y también del Gran Norte. Se buscaba una identidad propia que tuviera algo en común. Pronto se dieron cuenta de que era en la resistencia y en la salvaguarda de la propia cultura donde podían encontrar ese elemento común. Pero, para tener fuerza, necesitaban forjar juntos una articulación que uniera a todos, a los del Norte con los del Sur. Unidos podrían enfrentar la aplamadora de la cultura dominante de orientación occidental, que siempre intentó asimilarlos sacrificando su propia identidad: su cultura, su religión, sus fiestas y sus mitos ancestrales. Y además robarles sus tierras.

            En reacción a todo ello, en 2007 se creó la Cumbre de los Pueblos de Abya Yala. Muy importante fue el encuentro de Porto Alegre en 2012, cuando decenas de etnias y grupos de apoyo lanzaron el “Manifiesto de los Pueblos Indígenas de Abya Yala”. Venía acompañado de especificaciones:
“En defensa de la Madre Tierra, por el Buen Vivir, la Vida Plena y contra la mercantilización de la vida y de la Madre Naturaleza.”

            El texto es explícito: “Nuestra relación con nuestras tierras y territorios es la base de nuestra existencia como pueblos, la base de nuestro Buen Vivir y de la Vida Plena, en armonía con la Madre Naturaleza.”

            Comprendieron que el llamado “descubrimiento de América o de Brasil” fue en realidad una invasión y conquista de los europeos, que los colonizaron con una violencia inaudita, apropiándose de sus tierras y buscando, sobre todo, oro, plata y maderas nobles. Hoy todos se unen en torno a la resistencia y al rescate de sus identidades, lo que implica preservar las lenguas, las tradiciones, las religiones y la sabiduría de los ancianos y de los chamanes.

            Una sombra los acompaña: el exterminio de sus antepasados, infligido por los invasores europeos. Ocurrió uno de los mayores genocidios de la historia. Fueron muertos por guerras de exterminio, por enfermedades traídas por los blancos contra las cuales no poseían inmunidad, o por trabajos forzados, cerca de 60 millones de representantes de estos pueblos originarios.

            Los datos más recientes fueron recopilados por la educadora Moema Viezer y por el sociólogo e historiador canadiense radicado en Brasil Marcelo Grondin. El libro, con prólogo de Ailton Krenak, detalla región por región cómo ocurrió la matanza sistemática de indígenas e incluso de pueblos enteros, como sucedió en Haití. Lleva por título Abya Yala: genocidio, resistencia y supervivencia de los pueblos originarios de las Américas (Editora Bambual, Río de Janeiro, 2021).

            Consciente de esta tragedia sufrida por sus hermanos, un sabio de la nación yanomami, el chamán Davi Kopenawa Yanomami, percibiendo la continuidad de ese proceso mortal, advirtió en el libro La caída del cielo lo que los chamanes de su pueblo están presintiendo: “La carrera de la humanidad está caminando en dirección a su fin”(Companhia das Letras, 2015).

            Al final de uno de esos encuentros entre pueblos del Gran Sur y del Gran Norte, un chamán se levantó y dijo con voz fuerte y pausada: “Hermanos y hermanas, mis parientes. Escuchad esta profecía, dicha por un anciano de tiempos antiguos. Llegará un día en que el Águila del Norte, que había expulsado al Cóndor del Sur, volará hasta aquí. Encontrará al Cóndor. Ya no lo perseguirá. Lo invitará a volar juntos. Y así fue. Abriendo ambos sus grandes alas, los dos —el Cóndor y el Águila— comenzaron a volar juntos sobre aquellas tierras y valles. Y nunca más se separaron.”

            (No hace falta aclarar que el Águila representaba a los Estados Unidos de América y el Cóndor a Abya Yala, la Amerindia).

            Y concluyó el chamán: “Este día ha llegado: aquí estamos, venidos de todas partes, del Norte y del Sur. Somos todos parientes y tenemos a la Tierra como nuestra Gran Madre. Ayudemos a nuestros otros hermanos y hermanas, de diversas partes del mundo, a amar, respetar y revitalizar nuestra Gran Madre. Así podremos vivir todos juntos en la misma gran aldea común.”Y así habló.

            Esta profecía se está realizando entre los pueblos originarios. Ojalá se realice también en nosotros mientras todavía tengamos tiempo.

Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (www.revistaliberta.com.br). Es autor también de Cuidar la Casa común: cómo postergar el fin del mundo (Vozes, 2025).