El clero de Nicaragua se convierte en un “enemigo terrible” de Ortega

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Silvio José Báez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, y el cardenal Leopoldo Brenes, a la izquierda de él, hablan con los habitantes de Masaya. Credit Marvin Recinos/Agence France-Presse — Getty Images

En medio de la puja, alguien hirió en el brazo al obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, Silvio José Báez, y arrancó la insignia de su sotana. Finalmente los empujones terminaron y los clérigos sacaron al grupo (paramédicos y misionarios franciscanos que estaban allí refugiándose de la turba).

Báez le restó importancia al incidente.

“Lo que la gente está viviendo es mucho más serio”, dijo a los reporteros que acompañaron a los clérigos.

La Iglesia católica está en el frente de batalla de un conflicto cada vez más radical entre el gobierno autoritario del presidente Daniel Ortega y una amplia oposición que quiere sacarlo del poder. En un país donde la Iglesia frecuentemente ha estado involucrada en la política, los sacerdotes son testigos y también parte en la crisis que ha sacudido a la nación durante los últimos tres meses y se ha cobrado la vida de alrededor de trescientas personas.

“Nosotros seguimos siendo pastores y un auténtico pastor de la Iglesia católica nunca estará con los verdugos”, dijo Báez. “Siempre estará con las víctimas”.

En los primeros días de las protestas, Ortega apeló a los obispos para que actuaran como mediadores en negociaciones con la oposición, una alianza heterogénea de grupos distintos: estudiantes, asociaciones de negocios y organizaciones agrícolas. Sin embargo, a medida que el gobierno intensificó su represión contra los opositores, Ortega ha dejado de tratar a los obispos como mediadores neutrales, y los simpatizantes del gobierno han desatado ataques contra los religiosos y las iglesias.

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Policías bloquearon el ingreso a la Parroquia de Jesús de la Divina Misericordia en Managua este mes. Paramilitares leales al gobierno atacaron la iglesia durante una noche de disparos con armas de fuego. Credit Oswaldo Rivas/Reuters

El gobierno “ya le declaró la guerra a la Iglesia”, dijo Juan Sebastián Chamorro, integrante de la alianza opositora.

“Un auténtico pastor de la Iglesia católica nunca estará con los verdugos. Siempre estará con las víctimas”.

Silvio José Báez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua

Si bien la Iglesia en general ha tratado de borrar el equilibrio entre mediador y defensor, fue Báez quien se convirtió en el rostro de la oposición, con una fuerte presencia en redes sociales. Ese papel le da la libertad de denunciar al gobierno sin reservas.

“Aquí lo que hay es un Estado armado contra una población desarmada”, dijo durante una entrevista en el seminario en el que vive en las afueras de Managua. “Esta no es guerra civil”.

En las calles, la Iglesia defiende a los miembros de la resistencia, incluidos los ciudadanos que resguardan barricadas hechas con adoquines para proteger sus vecindarios de la Policía Nacional de Nicaragua y su personal paramilitar.

Báez, de 60 años, argumentó que no hay contradicción entre una tarea y la otra.

“Pero una cosa que tiene que quedar clara es que ser mediadores en la mesa de diálogo no nos hace neutrales ante la injusticia, ante las violaciones a los derechos humanos, ante la muerte de inocentes”, dijo.

La campaña del gobierno contra los manifestantes se volvió más violenta en las últimas dos semanas, a medida que se acercaba el 19 de julio, aniversario de la Revolución sandinista de 1979 que llevó a Ortega al poder por primera vez. Casi cada día, convoyes de camionetas Toyota llenas de paramilitares enmascarados llegaban a comunidades rebeldes al sur de Managua para derribar las barricadas.

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Cargando un ataúd con el cuerpo de un manifestante durante un enfrentamiento con fuerzas leales al gobierno en Masaya, Nicaragua Credit Cristóbal Venegas/Associated Press
“Aquí lo que hay es un Estado armado contra una población desarmada”.

Silvio José Báez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua

Los manifestantes mueren cada día y muchos más han resultado heridos y han sido arrestados a medida que la resistencia endurece su postura ante el gobierno de Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo. La mayoría de los muertos eran civiles, algunos adolescentes, aunque también  han muerto policías.

Ahora los propios sacerdotes se han convertido en blancos. Ortega dedicó buena parte de su discurso el 19 de julio a señalar a la Iglesia: acusó a los obispos de tratar de derrocar su gobierno electo e incluso de usar algunas iglesias para esconder armas.

“Yo pensaba que eran mediadores, pero no”, dijo. “Estaban comprometidos con los golpistas, eran parte del plan de los golpistas”.

Ortega ha rechazado una propuesta de los obispos de adelantar las elecciones de 2021 al próximo año y ha calificado a los opositores como terroristas.

Los ataques a la Iglesia han ido creciendo desde que Ortega se refirió a ellos por primera vez hace una semanas como aquellos que “nos maldicen en nombre de instituciones religiosas“.

Dos días después, Báez, junto con el arzobispo de Managua, el cardenal Leopoldo Brenes, y el nuncio papal, Waldemar Sommertag, respondieron al llamado para rescatar a un grupo de misioneros franciscanos y paramédicos atrapados en la basílica en Diriamba, a una hora al sur de la capital, y se encontraron con la turba furiosa.

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El presidente Daniel Ortega, a la derecha, en Managua este mes. Denunció a aquellos que “nos maldicen en nombre de instituciones religiosas”. Credit Alfredo Zúñiga/Associated Press

Posteriormente, paramilitares asediaron una iglesia en el límite del principal campus universitario en Managua tras atacar y expulsar a los estudiantes que habían ocupado el predio durante dos meses. Los estudiantes que se refugiaron en la Parroquia de Jesús de la Divina Misericordia junto con sacerdotes y periodistas resistieron una noche de disparos con armas de fuego hasta que los obispos consiguieron su liberación al amanecer.

“Gobierno de Nicaragua atraviesa el límite de lo inhumano y de lo inmoral”, escribió Báez en su cuenta de Twitter en español, inglés e italiano y finalizó con una petición: “¡La comunidad internacional no puede ser indiferente!”.

En un mensaje pastoral publicado el mismo día, los obispos sumaron su frustración al enojo de Báez, al declarar que el gobierno había mostrado no tener voluntad política en las negociaciones porque se rehusaba a abordar cualquiera de las propuestas que pudieran hacer avanzar la democracia.

“Los representantes estatales”, escribieron los obispos, “han tergiversado el objetivo principal por el cual se instaló la mesa del diálogo nacional”.

No todos están convencidos de que las críticas de la Iglesia al gobierno de Ortega son lo mejor para las negociaciones hacia una transición pacífica.

La Iglesia tiene un doble papel, entre la mediación y la protección, lo que la pone en una posición delicada al colaborar en el diálogo entre el gobierno y la oposición con el objetivo de lograr una transición pacífica, dijo Jaime Wheelock, quien fue un comandante revolucionario junto a Ortega.

Wheelock apoya el papel de la Iglesia en el diálogo, pero advirtió que Ortega podría decidir que la Iglesia “no es un mediador constructivo”.

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Estudiantes que protestaron son recibidos por familiares y amigos después de salir de un sitio de varias horas realizado por fuerzas que apoyan al gobierno. Credit Jorge Torres/EPA, vía Shutterstock

No obstante, María López Vigil, una exmonja que escribe frecuentemente sobre la Iglesia nicaragüense, dijo que ha crecido el reconocimiento al hecho de que los sacerdotes —muchos de los cuales han recibido amenazas de muerte— están arriesgando sus vidas en nombre de la democracia.

“Ellos oran por nosotros, interceden por nosotros”, dijo María José Téllez Flores, de 34 años, después de que Báez y Brenes hablaran el mes pasado en el pueblo de Masaya. “Tenemos la seguridad de que ellos van a estar siempre apoyándonos”.

El involucramiento de la Iglesia en la política nicaragüense es una historia intrincada con décadas de antecedentes. La jerarquía de la Iglesia conservadora condenó la dictadura de Somoza, pero al principio se rehusó a aceptar a los sandinistas.

Para la primavera de 1979, los obispos emitieron una carta pastoral en la que denunciaban a la dictadura de Somoza como una tiranía y en julio, cuando los sandinistas llegaron a Managua, el arzobispo Miguel Obando y Bravo realizó una misa para darles la bienvenida.

No obstante, el arzobispo y la jerarquía de la Iglesia se pusieron en contra del nuevo gobierno sandinista cuando sus políticas marxistas se endurecieron. El papa Juan Pablo II suspendió a cuatro sacerdotes que tenían puestos en el gobierno sandinista después de que se negaran a dejar el cargo.

Durante los ochenta, el gobierno de Ortega fue conocido por extorsionar y poner a sacerdotes católicos en posiciones comprometedoras. El arzobispo Obando y Bravo se convirtió en el rostro de la oposición política civil de Nicaragua mientras Estados Unidos apoyó a una fuerza militar contra los sandinistas

Miembros de las fuerzas especiales de Nicaragua en Masaya Credit Oswaldo Rivas/Reuters

Después de perder la elección presidencial en 1990 —y mientras planeaba su camino de regreso al poder—, Ortega se acercó a la Iglesia católica.

En 2004, Ortega pidió perdón por los ataques sandinistas contra la Iglesia durante la década de los ochenta. El año siguiente, el cardenal Obando y Bravo casó a Ortega y Murillo.

Conforme la elección de 2006 se acercaba, Ortega dio su apoyo al llamado de la Iglesia para imponer una prohibición total del aborto. Con el apoyo sandinista, la prohibición se convirtió en ley diez días antes de que las elecciones volvieran a poner a Ortega en la presidencia.

Ya en el cargo, comenzó a desmantelar todos los candados y contrapesos a su poder: reconfiguró el poder judicial, el Congreso y el instituto electoral para mantener su control. La mayoría de los críticos lo vieron como una traición, pero el cardenal Obando y Bravo se mantuvo de su lado hasta que murió, el mes pasado.

“Tenían ellos su Iglesia que era el cardenal Obando y Bravo”, dijo José Alberto Idiáquez, rector de la Universidad Centroamericana en Managua. El cardenal “tuvo un papel importante durante la guerrilla sandinista y Somoza, pero luego él estaba como a servicio de ellos. Entonces, ellos no necesitaban mucho de los actuales obispos”, dijo Idiáquez.

El resto de la jerarquía de la Iglesia trazó su propio camino, explicó. En una carta dirigida a Ortega en 2014, los obispos advirtieron que la concentración de poder en sus manos era un peligro alarmante. “Era una carta que si la lees, tiene vigencia hoy”, dijo Idiáquez.

Báez, un estudioso de la Biblia que regresó a Nicaragua hace nueve años desde Roma tras vivir treinta años fuera del país, tenía otra forma más directa de comunicarse: las redes sociales. Lo que inicialmente fue una forma de “comunicar una interpretación de la realidad desde la vision cristiana”, ha adquirido una urgencia distinta desde el inicio de las protestas, al convertirse en una fuente de noticias y de consuelo. Las redes sociales también son el lugar donde Báez ha sido intensamente criticado por decenas de cuentas a favor del gobierno, creadas después del comienzo de la crisis.

Si un sacerdote le dice que una persona joven ha sido asesinada, “eso yo lo transmito y entonces va no solo la verdad sino que va el testimonio del sacerdote y al mismo tiempo va mi solidaridad humana”, señaló Báez.

“Mis redes sociales me han vuelto también un enemigo terrible del gobierno”, dijo.

Apoyo contra la violencia en Nicaragua-CDDH-L.Boff

 Apoyo contra la violencia en Nicaragua por el CDDH de Petrópolis/Leonardo Boff

Queridos compañeros y compañeras del Cenid y querido José Argüello Lacayo

Como Presidente de honor de nuestro Centro de Defensa de los Derechos Humanos de Petrópolis, Rio. me uno al Centro Nicaraguense de Derechos Humanos que con su Comunicado de apoyo a los Obispos, hace una justa critica al gobierno que está perseguiendo, secuestrando y asesinando sus propos compatriotas. Repito las palabras del Papa Juan Pablo Ii: no hay guerra santa, ni guerra justa, ni guerra humanitária por que toda guerra mata y ofende a Dios. Lo mismo vale para quien comanda semejantes práticas contra su pueblo.

Estoy perplejo por el fecho de que un gobierno que condujo la liberación de Nicaragua pueda imitar las praticas del antigo dictador . El poder existe no para imponerse a su pueblo, sino para servirlo en justicia y en paz.

Nicaragua necesita del diálogo pero antes de todo necesita que las fuerzas represivas cesen de matar, especialmente a jovens. Esto es innaceptable. Nicaragua necesita paz y de nuevo paz.

Cito la más bella definición de la paz, consignada en la Carta de la Tierra que reza:

“La paz es la plenitud que resulta de relaciones correctas consigo mismo, con otras personas,, otras culturas, otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del cual somos parte’ (n.16 f).

Es decir, la paz no existe en si misma. La paz es la conseqüência de relaciones correctas en todas las instancias personales, sociales, con la naturaleza y con el Todo mayor. Esta paz, fruto de tales relaciones, es lo que más deseamos al pueblo, al Gobierno y a toda Nicaragua.

Con la solidaridad del Centro de Defensa de los Derechos Humanos de Petróplis, Rio, y la mia personal nos sentimos unidos a todos Ustedes también en oración ante el Señor, príncipe de la paz.

Leonardo Boff, teólogo y presidente del CDDH de Petrópolis, Rio de Janeiro.

Petrópolis 21 de julio de 2018.

From: José Argüello Lacayo <teyocoya@gmail.com>
Date: sábado, 21 de julho de 2018 09:29
To: José Argüello Lacayo <teyocoya@gmail.com>
Subject: Silencios que matan

Silencios que matan

Respaldo a la Conferencia Espiscopal de Nicaragua0001-1_1425

THE PINNACLE OF EVOLUTION IS LIFE, NOT THE HUMAN BEING

In the understanding of the great cosmologists who study cosmo-genetics and bio-genetics, the culmination of this process is not the human being. The great event is life, in its immense diversity, and that which is essential to it: caring. Without the necessary care no form of life can exist (cf. Boff, Leonardo, The necessary caring, El cuidado necesario, 2012).

We must emphasize that the culmination of the cosmo-genetic process is not found through antrophocentism, as if human beings were the center of everything, and other beings are only significant to the extent they are valuable to human beings, for their use and enjoyment. The main event of evolution was the appearance of life, in all its forms, including human beings.
Biologists describe the conditions under which life arose, starting from a high level of complexity. When complexity loses its equilibrium, chaos ensues. But chaos is not only chaotic. Is also generative: chaos generates new orders and many other complexities.

Scientists do not know how to define life. Life is the most surprising and mysterious aspect of the cosmogenic process. Humanity is a sub-chapter of the life chapter. we cannot over-emphasize the centrality of life. To life is given the evolutionary physical, chemical and ecological infrastructure that allows for immense biodiversity. This includes human life: conscious, talking and caring.

Life is understood here as the self organization of matter to the highest degree of interaction with the universe and everything around it. Cosmologists and biologists maintain that life is the supreme expression of the “Original Source of All Beings.” That, for us, is another, very appropriate, name for God. Life does not come from outside but emerges from the nucleus of the cosmo-genetical process, on reaching a very high degree of complexity.

Christian de Duve, the 1974 Biology Nobel Prize Laureate, affirms that when that level of complexity occurs, anywhere in the universe, life emerges as a cosmic imperative (Vital Dust, 1996, Polvo vital, 1997). In that sense, the universe is filled with life.

Life shows a sacred unity in its diverse manifestations, because all living beings have the same basic genetic code, namely, the 20 amino acids and four basic phosphates, that make us all relatives and brothers and sisters unto each other. To care for life, to ensure that life expands, to enter in communion and synergy with the chain of life, and to celebrate life: that is the meaning of life of humans upon the Earth. This is also understood as Gaia, a living super-organism, and we, the humans, are a portion of Gaia that feels, thinks, loves, speaks and venerates.

The centrality of life implies concretely that we ensure the means for life, such as: nourishment, health care, work, housing, security, education and leisure. If we standardized humanity, with the techno-science advances already reached, we would have the means to enable everyone to enjoy the quality services that only the privileged and opulent sectors have at their disposal today.

Until now, knowledge has been understood as power at the service of accumulation by individuals or groups that create inequalities, consequently, at the service of the prevailing unjust and inhumane system. We can postulate a power at the service of life and the necessary changes that life demands. Why not to have a moratorium on research and invention, in favor of the democratization of the knowledge and inventions that civilization has already accumulated, to benefit the millions and millions of dispossessed humanity?

This is the great challenge for the XXI century. We can either self destruct, because we have already created the means to do so, or we could finally start to create a truly just and fraternal society, together with the whole community of life.

Leonardo Boff Eco-Theologian-Philosopher Earthcharter Commission

Free translation from the Spanish sent by
Melina Alfaro, alfaro_melina@yahoo.com.ar.
Done at REFUGIO DEL RIO GRANDE, Texas, EE.UU.

El peruano Gustavo Gutiérrez,padre de la Teología de la Liberación,cumple 90 años

Publicamos aquí este homenaje de Frei Betto, hecho de muchos recuerdos sobre Gustavo Gutiérrez, el padre de la Teología de la Liberación. El texto es bellísimo y conmovedor, justo homenaje a quien tanto se dedicó a los pobres, poniéndolos en el centro de la reflexión teológica, como los principales representantes de Cristo crucificado. Ellos están crucificados y su teología es un esfuerzo junto con ellos para bajarlos de la cruz y hacerlos plenamente humanos. El propio Papa Francisco le escribió una carta personal que publicamos en este blog, reconociendo sus méritos y la riqueza que ha traído a la Iglesia y a la humanidad, siempre a la luz de la fe liberadora. Nos unimos a las palabras de Frei Betto. Lboff

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Gustavo Gutiérrez cumplió 90 años el pasado 8 de junio. En los cinco continentes proliferan libros, tesis y artículos suyos, y críticas sobre su obra, así como de otros teólogos como Leonardo Boff, Hugo Assmann, Juan Bautista Libanio, Juan Luis Segundo, José Míguez Bonino, Elsa Támez y muchos otros, identificados con los principios y la metodología de la teología de la liberación.

La teología de la liberación ocupa una posición de prima donna en la teología actual. Gracias a las “ Instrucciones “ (1984) del Cardenal Ratzinger, se convirtió en asunto de interés hasta para nada menos que la Academia de Ciencias de la Unión Soviética, como lo pude comprobar al visitar el país integrando un grupo de teólogos brasileños en junio de 1987 .

Las dos “Instrucciones” emitidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, y los procedimientos contra el libro Iglesia, Carisma y Poder y su autor, Leonardo Boff, llevaron el debate teológico hacia los muros sagrados de las instituciones eclesiásticas, y le dieron un amplio espacio en los medios de comunicación, las universidades y los movimientos políticos.

Las obras de los teólogos provocan más interés que las personalidades de sus autores. Este sesgo epistemológico tiene sus ventajas: siempre que el trabajo sea riguroso, según los criterios de su campo específico, no hay necesidad de perturbar al autor, seguro en su privacidad conquistada. Sin embargo, el divorcio entre autor y obra no ha sido siempre un mero capricho de la razón moderna. Algunas veces ha servido como instrumento ideológico -en el sentido primitivo en que Marx usó la expresión “ideología” – precisamente para encubrir la contradicción entre autor y obra. Basta recordar el reciente impacto de las revelaciones de que Heidegger colaboró con el régimen nazi.

En el caso de autores muertos, las biografías son siempre de gran interés para aquellos que buscan un mejor entendimiento del texto dentro del contexto. ¿Quién lee hoy a Althusser con la misma atención que provocaron sus obras antes del 15 de noviembre de 1980, cuando el filósofo marxista estranguló a su esposa? En contraste, la muerte del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, en un campo de concentración nazi, dio a sus obras un nuevo carácter, así como el asesinato del arzobispo Oscar Romero garantizó una amplia distribución de sus sermones.

Aunque el objetivo principal sea siempre las obras que producen, la persona de los teólogos de la liberación siempre ha suscitado una polémica considerable. De todos modos, estamos acostumbrados a vivir en situaciones de conflicto, sea la ocupación de tierras que llevó a los hermanos Leonardo y Clodovis Boff a la cárcel, en Petrópolis, el 4 de marzo de 1988, sean las censuras y los castigos impuestos por los que gobiernan nuestras iglesias.

Una cierta incomodidad se crea en algunos sectores teológicos del Primer Mundo precisamente por ese criterio que confiere a la teología de la liberación un nuevo carácter: en ella el discurso teológico no puede separarse del compromiso pastoral. El teólogo de la liberación no es un intelectual de sillón, confinado en bibliotecas y salas de lectura, dedicado a un rigor académico, protegido de los conflictos actuales.

No se escribe teología de la liberación sin insertarse profundamente, porque el punto de partida del teólogo de la liberación no es su mente, supuestamente iluminada, sino la práctica pastoral de comunidades cristianas pobres, comprometidas con la causa de la liberación popular.

Por esa razón, la teología de la liberación no existe sin vínculo con su fuente, la práctica liberadora de comunidades cristianas oprimidas del Tercer Mundo. Gramsci nos ayuda a comprender ese nuevo status de la teología con su concepto de “intelectual orgánico”, que define la relación del teólogo con el movimiento popular. Esto explica por qué la teología de la liberación es representativa de grupos populares a través del apoyo que recibe de una inmensa red de Comunidades Eclesiales de Base y un número incontable de mártires y confesores cuya vida eclesial y profecía son fuentes para el pensamiento y la producción de los teólogos.

Una teología “ilegítima”

En América Latina, el hecho de ser “hijo ilegítimo” no afecta necesariamente a la imagen social de alguien. Todos somos hijos e hijas de las relaciones entre españoles y amerindios, portugueses y mestizos, blancos y negros, mestizos y mulatos. Nuestro racismo es sólo para efecto social: se diluye en el calor de los trópicos, en que la sexualidad es poder y fiesta, negociación y sumisión, fantasía y transgresión. En esta parte del mundo, la familia es un concepto tan reciente como su constitución. Para parafrasear a Santo Tomás de Aquino, aquí la vida extrapola el pensamiento. Ni siquiera la teología escapa de un árbol genealógico de raíces inciertas y ramas torcidas. Interrogar a la teología de la liberación sobre sus ancestros legítimos es como preguntar a un indígena mexicano o a un plantador de café colombiano sobre la verdad histórica detrás de su tradición familiar.

Gustavo Gutiérrez puede, con razón, ser considerado el padre de la teología de la liberación, pues fue el primero en publicar un libro con ese título, en 1971, por la editorial española Ediciones Sígueme. Pero él mismo no niega la importancia, para su trabajo, de la visita que hizo en 1969 a Brasil, cuando tuvo contacto con nuestras comunidades eclesiales de base y experimentó de cerca el drama del asesinato -aún hoy impune- del asesor de la juventud de dom Helder Camara, el padre Henrique Pereira Neto, estrangulado y baleado por la dictadura militar brasileña en Recife, el 26 de mayo de 1969. Gutiérrez dedicó su “Teología de la liberación” a él y al novelista peruano José María Arguedas. A pesar de ello, no es posible negar las raíces europeas provenientes del humanismo integral de Jacques Maritain, del personalismo comprometido de Mounier, del evolucionismo progresivo de Teilhard de Chardin, de la dogmática social de De Lubac, de la teología del laicado de Congar, de la teología del desarrollo de Lebret, de la teología de la revolución de Comblin, o de la teología política de Metz.

El Concilio Vaticano II alentó las condiciones para cortar el cordón umbilical que mantenía a la teología de América Latina dependiente del útero de la madre Europa. Al iniciarse la década de 1960, la revolución cubana, el fracaso de la Alianza para el Progreso, la crisis del modelo desarrollista y el crecimiento de movimientos de izquierda no ligados a los partidos comunistas tradicionales, fueron algunos de los factores que llevaron a los teólogos latinoamericanos a enraizar el pensamiento en el suelo que pisaban. No es que fuera una cuestión de buscar categorías que permitieran una reinterpretación de hechos sociales y políticos. El motor de la teoría era la práctica de las comunidades populares cristianas, arraigada en la lucha; conforme transformaban el mundo, también alteraban el modelo de la Iglesia. El cambio social y la eclesiogénesis están, en última instancia, ligadas.

La construcción de un proyecto político alternativo no deja a la Iglesia intacta, como si fuera una comunidad de ángeles situada por encima de las contradicciones que atraviesan la trama de la sociedad. El elemento nuevo era la conciencia, conseguida en la vida en común de las Comunidades Eclesiales de base, de que la Iglesia no es sólo el papa o los obispos, sino el pueblo de Dios en marcha en la historia. Y la presencia de este pueblo creyente y oprimido en los movimientos sociales de América Latina marcó la fe con un carácter crítico que hizo nacer la teología de la liberación.

Un teólogo indígena

En la séptima conferencia internacional de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo (ASETT), en Oaxtepec, México, en diciembre de 1986, el teólogo negro norteamericano James Cone se quejó de que la teología de la liberación latinoamericana era demasiado blanca. Lo extraño es que a su lado estaba Gustavo Gutiérrez, de apariencia típicamente indígena: piel marrón, rostro redondo, bajo y gordito, con ojos ligeramente almendrados, revelando su ascendencia quechua. En casa, su padre hablaba ese idioma del antiguo imperio inca. Pero, más que la lengua y la apariencia, Gutiérrez heredó el estilo de los amerindios andinos. Y eso es lo que sorprende a cualquier persona que lo conozca: él combina -no sin algunos conflictos- la mente dotada de inteligencia rápida y racional, magisterial, que se expresa en un lenguaje construido como las partes de un instrumento de precisión, y una sensibilidad que desmiente todos los modelos de la moderna racionalidad.

En él coexisten el intelectual entrenado en Lovaina -donde fue compañero de Camilo Torres y defendió una tesis basada en Freud- y el amerindio del altiplano peruano. Esto es lo que le permite entrar en un aula sin ser notado -como deslizándose sobre sus propios pies- o visitar a su amigo Miguel d’Escoto sin que nadie más perciba su presencia en Managua. Es como si pudiera viajar, no sólo por las carreteras accesibles a los viajeros urbanizados, sino también por los senderos y trochas que sólo los habitantes de la selva conocen. Este don ancestral le permite dominar una nueva lengua, un nuevo campo de conocimiento, o pasar a través de Nueva York, París o Bonn, como un amerindio que se escurre entre árboles y hojas, observando sin ser visto, rápido como un pájaro y discreto como una llama.

Esta característica permitió que trabajara en el borrador del famoso Documento de Medellín, aprobado por la Conferencia Episcopal Latinoamericana, en 1968, un texto que se volvería fundamental para la práctica y teoría de la Iglesia de los pobres en América Latina.

En cierta ocasión, Gutiérrez llegó a Roma justamente cuando los obispos peruanos estaban discutiendo sus trabajos con los más altos dignatarios de la Curia. ¿Quién podría jurar que el texto final, más favorable a él que el borrador original, no haya sido redactado por la propia pluma de Gutiérrez?

Discreto como un capuchino, se mueve en el dominio político de los conflictos teológicos con toda la sutileza de un jesuita. Aunque su expresión a veces revele aquella angustia metafísica característica de las personas para quienes la línea estrecha que separa la muerte de la vida es familiar, nunca entra en pánico, y su aguda intuición es capaz de presentar soluciones inmediatas a problemas complicados, como si hubiera meditado durante años sobre una cuestión que acaba de surgir. Puede estar sentado durante horas en un banco de aeropuerto, escribiendo un artículo o escuchando a alguien, mordiendo nervioso todo el tiempo un palillo con sus dientes fuertes, ligeramente separados. Sus respuestas son casi siempre irónicamente divertidas, como si estuviera proponiendo una adivinanza.

Al dar clases y conferencias sigue un patrón rígido tan cuidadosamente montado que da la impresión de haber adornado su texto. Sus bromas confieren a las palabras un sabor muy suyo, porque es siempre capaz de manifestar esa rara virtud que tanto lo encanta: el humor. Su sentido del humor le permite mantener cierta distancia crítica respecto de cualquier hecho. Es de él la observación de que los políticos normalmente piensan solamente en una sola intención, es decir, en la segunda. No se permite ser traicionado por la emoción, porque sabe que nada humano merece ser tomado demasiado en serio.

Conviví con Gustavo Gutiérrez en Puebla, en enero y febrero de 1979, durante la Tercera Conferencia Episcopal Latinoamericana. En aquella ocasión, su nombre, al igual que el de otros teólogos de la liberación, había sido excluido de la lista de asesores oficiales. No tenía acceso directo al lugar de encuentro de los obispos, pero muchos prelados venían a él en busca de ayuda, lo que le obligaba a pasar noches enteras elaborando borradores y propuestas.

Estábamos todos alojados precariamente en dos apartamentos sin muebles, que rara vez tenían agua y en cuyos baños faltaba luz. Sobrevivíamos con algún maná caído del cielo, porque no teníamos cocina, y en los restaurantes de la ciudad seríamos presas fáciles de la prensa internacional, siempre en busca de un teólogo para descifrar el lenguaje eclesiástico de los textos, o para dar una entrevista exclusiva que confirmara la naturaleza rebelde o herética de la teología de la liberación…

Después de esquivar a todos los corresponsales extranjeros durante días, la tarde del domingo 4 de febrero de 1979, Gutiérrez aceptó la sugerencia del Centro Mexicano de Comunicación Social (Cencos) de realizar una rueda de prensa en el hotel El Portal. En sus comentarios, él enfatizó que la teología de la liberación no había planeado comenzar por una reflexión sobre los pobres. Los propios pobres, agentes de la transformación histórica, iniciaron esa reflexión teológica. El objetivo de la teología de la liberación es dar a los pobres el derecho de pensar y expresarse teológicamente. Cuanto más lo presionaban los periodistas para dejar escapar algo que pudiera sonar como herejía, tanto más Gutiérrez se mostraba fiel a los pobres y a la Iglesia. Él es maestro en reconciliar (conciliando) los polos aparentemente opuestos, presentando síntesis que nos animan a reinterpretar la tradición y el mundo que nos rodea.

Me encontré con él en diferentes ocasiones en su oficina, la “torre” de Rimac, barrio pobre de Lima. Decididamente era una de las oficinas más desordenadas que jamás he visto. Esparcidas y mezcladas por el suelo había latas de Coca-Cola y libros del cardenal Ratzinger. También botellas encima de documentos papales, hilos eléctricos desgarrados deambulaban entre papeles polvorientos. No había el menor indicio de que un plumero hubiera estado allí desde la llegada de Francisco Pizarro a Perú.

A pesar de ello, esa confusión tenía lógica para él. Sabía exactamente dónde encontrar cada cosa. Y en medio de aquel montón de papeles, devoraba los libros que recibía. Cuando sentía hambre, comía alguna comida común indefinida, junto con desempleados y subempleados.

Gutiérrez siempre prefirió leer a escribir. Tiene su propio método de lectura dinámica, como si una antena le indicase la calidad del contenido de una obra. Escribir, para él, es un acto doloroso. Y cuando escribe, admitir que alcanzó la versión final es un sacrificio. Siempre considera provisional un texto, que puede ser revisado y mejorado. Por eso, casi todas sus obras comenzaron como conferencias mimeografiadas. Es muy probable que sea autor de más obras no publicadas, conocidas sólo por un pequeño círculo de lectores, que publicadas. En general, ni siquiera firma los textos mimeografiados, que incluyen una excelente introducción a las ideas de Marx y Engels y su relación con el cristianismo.

En enero de 1985, la víspera de la visita del Papa Juan Pablo II a Lima, lo encontré en la “torre” de Rimac, escribiendo una serie de artículos vinculados a ese importante evento eclesial. Mientras conversábamos, Gutiérrez intentaba desenredar un largo cable de teléfono, que más parecía una bola de lana en la boca de un gato juguetón. Él siempre mantiene las manos ocupadas cuando está nervioso, sea retorciendo un elástico o jugando con un bolígrafo. Y en aquel momento tenía razones más que suficientes para estar tenso, pues el cardenal Ratzinger había anunciado para septiembre una respuesta a la defensa que Leonardo Boff había hecho de su libro Iglesia, Carisma y Poder, contra las críticas de Roma. La Navidad había pasado y la Curia aún permanecía en silencio. La segunda “Instrucción” sobre la teología de la liberación, basada en una consulta a los obispos de América Latina, prometida para noviembre o diciembre, tampoco había aparecido.

Tal vez se hubiera decidido que el Papa hiciera una declaración más oficial sobre la teología de la liberación en el lugar. Nada podría ser más oportuno que un pronunciamiento durante una visita a la tierra natal del padre de la teología de la liberación. Gutiérrez temía que el Papa dijera algo que pudiera ser interpretado como una condena a su teología. Sería desastroso. A pesar de eso, estaba listo para dejar la “torre” que lo protegía del acoso de la prensa y aparecer en el encuentro del Papa con sacerdotes y laicos en la plaza. Una vez más parecía seguro de que, debido a sus raíces indígenas, como persona capaz de caminar por la noche en la selva sin despertar la naturaleza de su sueño, su presencia sería discreta como la llovizna que cubre los tejados de Lima antes del amanecer.

Admiradores e inspiradores

Camino de Cuba, los hermanos Leonardo y Clodovis Boff y yo pasamos por Lima, al final de la tarde del 4 de septiembre de 1985. Encontramos a Gutiérrez en la parroquia obrera donde el teólogo, junto con el padre Jorge, director de la Pastoral Obrera de Lima, ejercía su ministerio sacerdotal. Insistimos en que fuera con nosotros a La Habana, porque Fidel Castro había demostrado gran deseo de encontrarse con él. Gutiérrez fue evasivo, objetando que, en ese mismo momento, un grupo de obispos peruanos, encabezados por don Durán Enríquez, estaba preparando un libro didáctico criticando sus escritos, lo que significaba que tendría que concentrarse en producir una especie de defensa anticipada.

Algún tiempo después, Gutiérrez confirmó que no había ido a Cuba atendiendo una petición del padre Carlos Manuel de Céspedes, entonces secretario general de la Conferencia Episcopal Cubana, que fuera su colega en Roma. El sacerdote cubano tenía miedo de que la presencia del teólogo peruano en Cuba fuera explotada políticamente.
La noche siguiente a nuestro encuentro en Lima, los hermanos Leonardo y Clodovis Boff, y yo, nos encontramos con Fidel Castro en La Habana. Le entregamos la carta que el teólogo le había mandado. Al terminar, Fidel comentó que acababa de leer “Teología de la Liberación” y se dijo impresionado por su base científica y su impacto ético. Mencionó especialmente la honestidad con que Gutiérrez trata la cuestión de la lucha de clases y la dimensión de la pobreza. Y añadió, con énfasis: “Necesitamos distribuir libros como éste al movimiento comunista. Nuestro pueblo no sabe nada al respecto”. “Para vosotros es más difícil escribir un libro como éste, que para nosotros producir un texto sobre marxismo”. Algunos días después, Fidel declaró, en presencia de don Pedro Casaldáliga, de Brasil, en visita a Cuba, que “la teología de la liberación es más importante que el marxismo para la revolución en América Latina”.

Pero quien piensa que la política habla más alto en el corazón de Gustavo Gutiérrez está engañado. Él es por encima de todo un místico. Sus libros más conocidos, El Dios de la Vida, sobre Job: Hablar de Dios, desde el sufrimiento del Inocente y Beber de nuestro propio pozo, son fundamentalmente espirituales, con el fin de alimentar la vida de fe y oración de cristianos comprometidos con la lucha popular.

Para Gutiérrez, la teología es secundaria. Lo esencial es hacer la voluntad de Dios en la acción liberadora. Y su aguda visión teológica capta la presencia del Señor, solidario allí donde Él parece estar más ausente, en el sufrimiento de los pobres. Este sufrimiento impregna la vida del propio Gustavo Gutiérrez, pues su salud delicada exige cuidados constantes. Pero él no se queja. Prefiere gritar por los pobres. En un gran encuentro de teólogos progresistas en Lovaina en 1985 él tenía una de las conferencias principales. Se produjo una grave enfermedad entre los pobres de su barrio y él escribió una pequeña carta explicando por qué no podía presentarse. Termina diciendo: hay momentos en que el teólogo debe entender que vale mil veces más quedarse con los pobres sufrientes que pronunciar una conferencia entre doctos.

En una ocasión, pasé un día entero con él en el Curso de Verano, en Lima, al que acudían miles de militantes de comunidades cristianas de base en busca de fundamentación teológica. Me di cuenta de que estaba triste, aunque había presentado su curso con la habitual vivacidad había una sombra en aquel rostro que se ilumina, feliz, cuando está rodeado de personas sencillas, pobres, dedicadas a la utopía del Reino. Conversamos, y ni una palabra de autopiedad salió de sus labios. Sólo más tarde me enteré de que su madre había muerto ese día.

El libro sobre Job es una autobiografía disfrazada de Gustavo Gutiérrez. De sus páginas surge la profunda convicción de que toda la teología de la liberación deriva del esfuerzo de dar sentido al sufrimiento humano. En la búsqueda de ese sentido, el teólogo sabe que, como dice Clodovis Boff, todo es político, pero la política no lo es todo. La solidaridad con el pobre no se agota en la causa de la justicia; nos conduce a la esfera de la gratuidad, donde el despojamiento espiritual abre el camino para la comunión con Dios

Así como en América Latina la vida de fe no puede ser separada de las exigencias de la política, también el proyecto revolucionario debería encontrar en la mística cristiana el modelo para la formación de mujeres y hombres nuevos. En consecuencia, la teología de la liberación sólo puede ser acusada de despreciar la dimensión espiritual por alguien que no conozca la larga lista de obras que nacieron de la contemplación y de las manos de Segundo Galilea, Juan Bautista Libanio, Elsa Támez, Carlos Mesters, Arturo Paoli, Raúl Vidales, Pablo Richard o Leonardo Boff.

Los estigmas divinos queman las entrañas de Gustavo Gutiérrez. Es imposible aprehender la profundidad total de su inspiración intelectual, su papel profético y su alma mística sin conocer a los tres peruanos que están en la raíz de su genialidad: José Carlos Mariátegui, César Vallejo y, sobre todo, José María Arguedas.

Del comunista Mariátegui, autor del clásico Siete Ensayos Peruanos, Gutiérrez aprendió la técnica de canibalismo cultural necesaria para latinoamericanizar todo el bagaje teórico de sus años de estudios en Roma, Bélgica, Francia y Alemania. Del poeta César Vallejo, autor de Trilce, poesía tan importante para la literatura moderna como el Ulises, heredó el lamento nostálgico de la criatura sufriente ante el silencio del Creador: “Dios mío, si hubieras sido humano hoy, tú serías capaz de ser Dios” (Los datos eternos). “Nací en un día en que Dios estaba enfermo” (Espergesia).

Sin embargo, la influencia mayor fue del novelista José María Arguedas, de quien Gutiérrez era amigo, y a quien rinde tributo en muchas de sus conferencias y escritos. Es interesante que él haya escogido, como epígrafe de su obra Teología de la Liberación, una página del libro Todas las Sangres de este autor quechua, específicamente aquella en que el sacristán indígena de Lahuaymarca le dice al sacerdote: “Su Dios no es lo mismo. Él hace que las personas sufran sin consuelo …”

“¿Puede Dios estar en el corazón de aquellos que desgarran el cuerpo del inocente Maestro Bellido? ¿Puede Dios estar en el cuerpo de los ingenieros que están matando La Esmeralda? ¿En el corazón de las autoridades que quitaron a sus dueños aquel campo de maíz donde, en cada cosecha, una virgen acostumbraba a jugar con su pequeño hijito?”

En noviembre de 1981 encontré a Gustavo Gutiérrez en Managua. Allí, entre discusiones teológicas con los dirigentes sandinistas, en un intento de ayudarles a entender las diferentes posiciones de los cristianos en cuanto a la revolución, nació lo que más tarde se convertiría en su libro sobre Job. En él plantea la cuestión fundamental y se pregunta a sí mismo: ¿Cómo podemos hablar de Dios en medio de tanta opresión? Si queremos hacer teología, hablar de Dios, dijo, necesitamos primero permanecer en silencio ante Dios. De ese silencio, que envuelve los corazones de los pobres, nace la sabiduría. Y necesitamos repetir con Job, en medio de tantas cruces latinoamericanas y profunda sed de amor: “Antes yo te conocía sólo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos”. Todo en Gustavo Gutiérrez, su obra y su vida, converge hacia esa visión.

Hoy, Gustavo Gutiérrez es cofrade mío en la Orden Dominicana.

*Frei Betto es asesor de movimientos pastorales y sociales, autor de “Fidel y la Religión”, entre otros libros.

Traducción de Mª José Gavito Milano