Los pueblos originarios: nuestros maestros y doctores

Leonardo Boff

Hoy todos nos sentimos más o menos perdidos. La situación de nuestra civilización, así nos parece, ha llegado a su límite. Perdida en las contradicciones que ella misma creó, se da cuenta de que el cuerpo de conocimientos y el arsenal de técnicas que ella misma produjo no ofrecen soluciones capaces de sacarnos de los graves problemas que enfrentamos. Tenemos que cambiar o, en palabras de Zygmunt Bauman, “vamos a engrosar el cortejo de aquellos que están caminando hacia la fosa común”.

La civilización actual no nos presenta un futuro que resulte esperanzador. Como advirtió uno de los últimos grandes naturalistas franceses, Théodore Monod, en su libro-testamento “Si la humanidad llegara a desaparecer (París, 2000):“Sería el justo castigo por las agresiones que durante siglos hemos infligido a la Tierra”.

Aun así, seguimos esperando lo imponderable y lo imprevisible, pues la evolución no es lineal, sino que se da a saltos hacia órdenes más complejos y estructurados o también en una dirección destructiva. Nuestra esperanza es que el salto sea constructivo.

En momentos de impasse como estos, buscamos fuentes que nos inspiren y que señalen una alternativa posible. Así surgen en nuestra consideración los pueblos originarios. No son “indios”, pues estos no existen como categoría homogénea. Lo que existen son pueblos con sus culturas, tradiciones y religiones. Cuando Pedro Álvares Cabral llegó a nuestras tierras, había cerca de cinco millones de habitantes, agrupados en 1.400 pueblos, que hablaban unas 1.300 lenguas: la mayor proliferación lingüística conocida en la historia. Lamentablemente, debido a la devastación ocurrida a lo largo de más de 500 años, hoy solo permanecen unas 180 lenguas, una pérdida del orden del 85%, un daño irreparable para toda la humanidad.

Quienes sobrevivieron, según la ONU, son varios millones y se encuentran en casi todas partes del mundo. Conservan un tesoro de experiencias, de sabiduría ancestral y de modos de relacionarse con la comunidad de vida (la naturaleza) que nos permite afirmar aquello que los Padres de la Iglesia antigua decían de los pobres: ellos son nuestros maestros y doctores. Efectivamente, lo son, y su ancestralidad puede ser también nuestro futuro, como afirma Ailton Krenak.

Ellos enseñaron a los europeos cómo vivir en los trópicos, comenzando por algo tan simple como bañarse al menos una vez al día. Nuestro idioma portugués fue enriquecido con cientos de palabras, especialmente vinculadas a la geografía, como Anhanguera, Anhangabaú, Itu, Itaquatiara, Iguaçu, Itaorna, Piracicaba, Jundiaí o Itaipava, donde vivo. También con numerosos vocablos del lenguaje cotidiano como aipim, cipó, cuia, jaboticaba, girau, jururu, paçoca, mingau, farofa, beiju, tapioca, pirão, guaraná o tocaia, entre muchas otras.

Pero, más que nada, nos enseñaron una integración sinfónica con la naturaleza. Ellos se sienten parte de la naturaleza y no extraños dentro de ella. Por eso, en sus mitos, los seres humanos y otros seres vivos —como los animales— conviven e incluso se casan entre sí. Intuyeron lo que hoy sabemos por la ciencia empírica: que todos formamos una única y sagrada cadena de vida.  Ellos son auténticos ecologistas.

La Amazonía, por ejemplo, no es una tierra intocada. Durante miles de años, las decenas de naciones originarias que vivieron y aún viven allí interactuaron sabiamente con ella. Cerca del 12% de toda la selva amazónica de tierra firme fue manejada por ellos, creando verdaderas “islas de recursos”. Los Yanomami saben aprovechar el 78% de las especies de árboles de sus territorios, teniendo en cuenta la inmensa biodiversidad de la región, que alcanza alrededor de 1.200 especies en un área del tamaño de un campo de fútbol.

La lección para nosotros es clara: no podemos mantener una relación meramente utilitarista con la naturaleza, sintiéndonos fuera de ella y dueños de ella. Debemos vivir en convivencia con ella, sintiéndonos parte de ella, cuidándola y preservando su integridad y su capacidad de regeneración. Si no aprendemos esta lección de los pueblos originarios, difícilmente lograremos salvar nuestros biomas, base de nuestra propia subsistencia.

Los pueblos originarios revelan una actitud de respeto y veneración por todo lo que existe y vive, y que viene cargado de mensajes que ellos saben descifrar. El árbol no es solamente un árbol. Tiene brazos, que son sus ramas; tiene mil lenguas, que son sus hojas; une la Tierra con el Cielo por medio de sus raíces y de su copa. Cuando danzan y toman las bebidas rituales hacen una experiencia de encuentro con el mundo del Espíritu, con los ancianos y los sabios que están vivos y también en el otro lado de la vida. Para ellos, lo invisible forma parte de lo visible. Esta es una lección importante que debemos aprender de ellos, pues vivimos una radical cosificación de la naturaleza que nos vuelve sordos y ciegos a los mensajes que ella nos transmite. Para nuestra cultura, las cosas son solamente cosas, y no símbolos de una Energía de Fondo, poderosa y amorosa, que todo lo penetra y sostiene. Nosotros, hijos de la racionalidad, damos poco valor a otros saberes que provienen del corazón y de lo más profundo de nuestro ser. Su sabiduría se ha tejido a través de una sintonía fina con el universo y de una escucha atenta del latido de la Tierra. Saben mejor que nosotros cómo unir cielo y tierra, integrar vida y muerte, compatibilizar trabajo y diversión, y reconciliar al ser humano con la naturaleza. En ese sentido, son altamente civilizados, aunque tecnológicamente sean considerados primitivos.

Esta sabiduría necesita ser recuperada por nuestra civilización dominante, fundada en la voluntad de poder y de dominación. Sin esta comunión sapiencial con el lenguaje de la Tierra, quedaremos prisioneros de nuestra voluntad de dominarlo todo y de crecer indefinidamente en un planeta que es notoriamente finito. Si perseveramos en ese intento, podremos cavar el abismo en el que todos terminaremos precipitándonos.

Uno de nuestros mayores deseos es la vida en libertad. Pues esa libertad es vivida en plenitud por los pueblos originarios. Basta el testimonio de dos grandes conocedores de estos pueblos, los hermanos Orlando Villas-Bôas y Cláudio Villas-Bôas: “El indígena es totalmente libre, sin tener que dar cuenta de sus actos a nadie. Si una persona da un grito en el centro de São Paulo, una patrulla policial puede llevarlo preso. Si un indígena da un gran grito en medio de la aldea, nadie lo mirará ni le preguntará por qué gritó. El indígena es un hombre libre” (Xingu, los indígenas y sus mitos, 1970, p. 48).

Los caciques nunca tienen poder de mando sobre los demás. Su función es animar, articular los asuntos comunes y mantener las relaciones con otros pueblos originarios externos, considerados parientes, respetando siempre la libertad individual.

Como se desprende de todo esto, podemos reafirmar: los pueblos originarios deben ser revisitados. Podrán ser nuestros maestros y doctores, capaces de ofrecernos sabias lecciones que sugieran otro rumbo para nuestra civilización agónica.

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del (ICL): https://www.revistaliberta.com.br. Entre sus obras recientes se encuentra El matrimonio entre el Cielo y la Tierra: cuentos de los pueblos originarios de Brasil, Planeta, 2025.

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