Leonardo Boff
La frase del título no es mía; pertenece a Bertrand Russell y a Albert Einstein en su manifiesto del 9 de julio de 1955 contra los peligros de una guerra nuclear y a favor de la paz. Ese es el gran anhelo de la humanidad: siempre frustrado y siempre renovado. Sin esta utopía —por la cual luchamos para que sea viable— no podemos abandonarla nunca, pues hacerlo sería un acto de cinismo frente a las víctimas de las guerras y una renuncia a todo sentido ético.
Toda guerra sacrifica miles y hasta millones de personas. Ella perpetúa el gesto de Caín que mató a su hermano Abel.
Max Born, premio Nobel de Física en 1954, denunció el predominio de la matanza de civiles en la guerra moderna. En la Primera Guerra Mundial moría solo un 5% de civiles; en la Segunda Guerra Mundial, el 50%; en la guerra de Corea y en la de Vietnam, el 85%. Y datos más recientes indicaban que en las guerras contra Irak y en la ex Yugoslavia el 98% de las víctimas eran civiles. Algo semejante está ocurriendo hoy en la guerra conducida por Benjamin Netanyahu contra los palestinos de la Franja de Gaza: más de 18.000 eran niños que nada tenían que ver con la guerra y fueron sacrificados.En la guerra de Israel con Estados Unidos contra Iran y el Hamas los mas de tres mil muertos eran civiles.
No basta con estar a favor de la paz. Debemos estar contra la guerra.
Toda guerra, en sí misma, mata vidas de otros, nuestros semejantes. Caín no puede triunfar.
El fenómeno de la guerra se presenta como algo tan complejo que ninguna respuesta lo explica plenamente ni resulta suficiente. Eso no nos exime de reflexionar sobre el hecho de la guerra y sus perversas consecuencias humanas y materiales.
Por ejemplo, si un país es agredido por otro, ¿qué hacer? ¿Tiene derecho a defenderse con fuerzas defensivas? ¿Debe haber proporcionalidad? ¿Cómo deben comportarse los gobernantes de los pueblos que asisten a un genocidio a cielo abierto, como en la Franja de Gaza? O frente a la limpieza étnica de minorías aplicada en la ex Yugoslavia, en Kosovo y en Bosnia, por soldados sanguinarios que además violaban sistemáticamente derechos humanos básicos. ¿Vale alegar el principio de no intervención en los asuntos internos de Estados soberanos y asistir, pasivamente, a crímenes contra la humanidad? ¿Cuál es el límite de la soberanía? ¿Es absoluta? ¿Está por encima de lo humano, que puede ser sacrificado?
¿Cómo reaccionar frente al fenómeno difuso del terrorismo que, eventualmente, puede tener acceso a materiales atómicos, amenazar a toda una ciudad y ponerla de rodillas? Y si fuera lanzada una de esas armas, volvería inviable a toda la ciudad a causa de la radiactividad. ¿Frente a eso es legítima una guerra preventiva?
Son cuestiones éticas que ocupan mentes y corazones en nuestros días. Para no desesperar, tenemos que pensar. En el mundo entero, dada la estrategia del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien ha dicho —y está llevando a la práctica— que la paz se hará no por el diálogo sino por la fuerza. Eso jamás sería paz, sino una pacificación forzada e impuesta. Es un discurso recurrente en todos los presidentes, incluso en Barack Obama, afirmar que los Estados Unidos tienen intereses globales y pueden intervenir cuando estos se ven amenazados, utilizando incluso la fuerza.
Frente a estos problemas mencionados, se presentan varias opciones.
Un grupo numeroso sostiene la tesis de que, dada la capacidad devastadora de la guerra moderna con armas químicas, biológicas y nucleares, que podría comprometer el futuro de la especie y de toda la biosfera, ya no existe ninguna guerra justa (ius ad bellum). La vida, en sus diversas formas, está por encima de todo.
Otro grupo afirma que puede haber guerra justa, la “intervención humanitaria”, pero limitada para impedir el etnocidio y los crímenes de lesa humanidad.
Otro grupo, representando al establishment global, reafirma que hay que rescatar la guerra justa como autodefensa, como castigo a los países del “eje del mal” y como prevención de ataques con armas de destrucción masiva.
Hagamos un juicio ético sobre estas posiciones: en las condiciones actuales, toda guerra representa un riesgo altísimo, pues disponemos de una máquina de muerte capaz de destruir a la humanidad y a la biosfera. La guerra es un medio injusto, por ser globalmente letal.
Dentro de una política realista, una “intervención humanitaria” limitada es teóricamente justificable, bajo dos condiciones: no puede ser decidida por un país singular, sino por la comunidad de las naciones (la ONU), y debe respetar dos principios básicos (ius in bello, es decir, los derechos en el curso de la guerra): la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios (que no pueden causar más daños que beneficios).
La fuerza empleada como autodefensa no la convierte en algo bueno, pero puede justificarse dentro de una estricta adecuación de los medios.
La guerra de castigo, como la emprendida contra Afganistán o contra el sur del Líbano donde actúa Hamás, se basa en la venganza y no es defendible. Solo alimenta la ira y el resentimiento, caldo de cultivo de futuros conflictos.
La guerra preventiva, como la realizada contra Irak bajo la falsa suposición de que poseía armas de destrucción masiva, era ilegítima porque se basaba en análisis falsos y en algo que aún no existía y que podría no haber ocurrido. Ningún derecho, de cualquier naturaleza, le concede legitimidad, por ser subjetiva y arbitraria.
Todo esto vale teóricamente, pues importa clarificar posiciones. Sin embargo, en la práctica se ha demostrado quetodas las guerras, incluso las llamadas de “intervención humanitaria”, no observan los dos criterios fundamentales: la inmunidad de la población civil y la adecuación de los medios. No se hace distinción entre combatientes y no combatientes.
Para debilitar al enemigo se destruye su infraestructura, con numerosas muertes de inocentes y civiles. Las consecuencias de la guerra perduran durante años, como en el caso del uranio empobrecido utilizado por el ejército norteamericano, que ha causado enfermedades en poblaciones afectadas.
La guerra no es solución para ningún problema. Debemos buscar un nuevo paradigma, a la luz de Francisco de Asís, León Tolstoy, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., si no queremos destruirnos: la paz como meta y como método.
Si quieres la paz, prepara la paz.
Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTAa (ICL): https://www.revistaliberta.com.br. También es autor de Cuidar de la Tierra – Proteger la vida, Record, 2010 (https://www.leonardoboff.org).