Leonardo Boff
El conocido historiador y pensador de la cultura Emmanuel Todd, en un tono fuerte, denunciaba ya en 2024 “La derrota de Occidente” (La défaite de l’Occident). Mostraba con argumentos cómo Occidente fue derrotado por sí mismo, al no poder recrearse a partir de sus propias raíces ya necrosadas.
Lo que Todd afirmó sobre Occidente podría decirse de toda la civilización planetaria, quizá con la excepción de China bajo Xi Jinping, que intenta rescatar las raíces éticas y espirituales de la ancestral tradición china. Pero el problema es la falta de libertad. La historia nos enseña que al ser humano le repugna verse privado de ese don mayor que es la libertad, con la cual puede moldear su destino y expresar su visión del mundo.
Si casi la totalidad de la civilización globalizada está a la deriva, no puede decirse lo mismo de los pueblos originarios de Abya Yala, nombre kuna para la Amerindia, que significa “tierra madura”. El nombre ya ha sido incorporado por casi todas las etnias. Ha sido un largo camino. En el Primer Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Pátzcuaro (México) en 1940, todavía se sostenía la tesis colonialista de la homogeneización y asimilación de los pueblos originarios a la cultura dominante, de carácter occidental.
Todo comenzó a cambiar a partir de los años sesenta, cuando surgió, especialmente entre los jóvenes, un espíritu libertario. En este contexto, en todos los países sudamericanos irrumpió también la conciencia indígena como indígena. Los pueblos originarios rechazaban ser llamados “naturales” para distinguirlos de los “civilizados”. Querían ser lo que son: verdaderos pueblos —mayas, incas, aztecas, olmecas, toltecas, tupí-guaraníes, pataxó, yanomami, y muchas otras decenas.
A partir de 1990 se realizaron varios encuentros de pueblos originarios del Gran Sur y también del Gran Norte. Se buscaba una identidad propia que tuviera algo en común. Pronto se dieron cuenta de que era en la resistencia y en la salvaguarda de la propia cultura donde podían encontrar ese elemento común. Pero, para tener fuerza, necesitaban forjar juntos una articulación que uniera a todos, a los del Norte con los del Sur. Unidos podrían enfrentar la aplamadora de la cultura dominante de orientación occidental, que siempre intentó asimilarlos sacrificando su propia identidad: su cultura, su religión, sus fiestas y sus mitos ancestrales. Y además robarles sus tierras.
En reacción a todo ello, en 2007 se creó la Cumbre de los Pueblos de Abya Yala. Muy importante fue el encuentro de Porto Alegre en 2012, cuando decenas de etnias y grupos de apoyo lanzaron el “Manifiesto de los Pueblos Indígenas de Abya Yala”. Venía acompañado de especificaciones:
“En defensa de la Madre Tierra, por el Buen Vivir, la Vida Plena y contra la mercantilización de la vida y de la Madre Naturaleza.”
El texto es explícito: “Nuestra relación con nuestras tierras y territorios es la base de nuestra existencia como pueblos, la base de nuestro Buen Vivir y de la Vida Plena, en armonía con la Madre Naturaleza.”
Comprendieron que el llamado “descubrimiento de América o de Brasil” fue en realidad una invasión y conquista de los europeos, que los colonizaron con una violencia inaudita, apropiándose de sus tierras y buscando, sobre todo, oro, plata y maderas nobles. Hoy todos se unen en torno a la resistencia y al rescate de sus identidades, lo que implica preservar las lenguas, las tradiciones, las religiones y la sabiduría de los ancianos y de los chamanes.
Una sombra los acompaña: el exterminio de sus antepasados, infligido por los invasores europeos. Ocurrió uno de los mayores genocidios de la historia. Fueron muertos por guerras de exterminio, por enfermedades traídas por los blancos contra las cuales no poseían inmunidad, o por trabajos forzados, cerca de 60 millones de representantes de estos pueblos originarios.
Los datos más recientes fueron recopilados por la educadora Moema Viezer y por el sociólogo e historiador canadiense radicado en Brasil Marcelo Grondin. El libro, con prólogo de Ailton Krenak, detalla región por región cómo ocurrió la matanza sistemática de indígenas e incluso de pueblos enteros, como sucedió en Haití. Lleva por título Abya Yala: genocidio, resistencia y supervivencia de los pueblos originarios de las Américas (Editora Bambual, Río de Janeiro, 2021).
Consciente de esta tragedia sufrida por sus hermanos, un sabio de la nación yanomami, el chamán Davi Kopenawa Yanomami, percibiendo la continuidad de ese proceso mortal, advirtió en el libro La caída del cielo lo que los chamanes de su pueblo están presintiendo: “La carrera de la humanidad está caminando en dirección a su fin”(Companhia das Letras, 2015).
Al final de uno de esos encuentros entre pueblos del Gran Sur y del Gran Norte, un chamán se levantó y dijo con voz fuerte y pausada: “Hermanos y hermanas, mis parientes. Escuchad esta profecía, dicha por un anciano de tiempos antiguos. Llegará un día en que el Águila del Norte, que había expulsado al Cóndor del Sur, volará hasta aquí. Encontrará al Cóndor. Ya no lo perseguirá. Lo invitará a volar juntos. Y así fue. Abriendo ambos sus grandes alas, los dos —el Cóndor y el Águila— comenzaron a volar juntos sobre aquellas tierras y valles. Y nunca más se separaron.”
(No hace falta aclarar que el Águila representaba a los Estados Unidos de América y el Cóndor a Abya Yala, la Amerindia).
Y concluyó el chamán: “Este día ha llegado: aquí estamos, venidos de todas partes, del Norte y del Sur. Somos todos parientes y tenemos a la Tierra como nuestra Gran Madre. Ayudemos a nuestros otros hermanos y hermanas, de diversas partes del mundo, a amar, respetar y revitalizar nuestra Gran Madre. Así podremos vivir todos juntos en la misma gran aldea común.”Y así habló.
Esta profecía se está realizando entre los pueblos originarios. Ojalá se realice también en nosotros mientras todavía tengamos tiempo.
Leonardo Boff escribe para la revista del ICL LIBERTA (www.revistaliberta.com.br). Es autor también de Cuidar la Casa común: cómo postergar el fin del mundo (Vozes, 2025).